Arte: 30 Aniversario Peine del Viento de Eduardo Chillida


"En un extremo de la bahía donostiarra, a los pies del monte Igeldo. Allí instaló en 1977 Eduardo Chillida su obra preferida, el Peine del Viento, con tres espectaculares piezas de acero aferradas a las rocas y rodeadas del mar. Treinta años después, Donostia-San Sebastián celebra el aniversario de este espacio mágico, ejemplo único de armonía entre arte y paisaje”.

El Museo Chillida-Leku , las principales instituciones de Euskadi (Ayuntamiento de Hernani, Ayuntamiento de Donostia-San Sebastián, Diputación Foral de Gipuzkoa y Gobierno Vasco) y distintas entidades culturales vascas, están cerrando la programación de actividades en torno al peine del Viento que se desarrollarán durante 2007 y que contarán con exposiciones, confere
ncias, conciertos y espectáculos, rutas guiadas y actividades educativas.


Septiembre - Octubre 07
Crónica de 1977

A finales de los sesenta, Eduardo Chillida hermanado con Luis Peña Ganchegui, autor de la plaza escalonada que antecede al Peine del Viento, intentó infructuosamente que el entonces alcalde de la ciudad, Nicolás Lasarte, se interesara por el proyecto.

Tal como describe la prensa local, por aquel entonces, “...la ciudad era mucho más provinciana y pacata de lo que ella misma se creía, y la opinión pública estaba en manos de sectores conservadores, enemigos de todo lo que supusiera modernismo, arte contemporáneo o abstracto. Por toda alternativa a la no intervención -"no tocar nada", era la principal divisa del momento”.

En 1974, con la llegada del alcalde Lasa, el último del franquismo, Chillida y Peña Ganchegui volvieron a la carga y encontraron una actitud más receptiva. Para irritación de aquellos sectores que pensaban que el extremo del litoral de Ondarreta era el sitio idóneo para un aparcamiento, y tras años de negociaciones con el Ayuntamiento de San Sebastián, el alcalde dio el visto bueno al proyecto, no sin antes efectuar algunas concesiones a la permanente propuesta ciudadana de construir nuevas fuentes, tal como recuerda el propio Eduardo Chillida, “...Hace ya algún tiempo que la ofrecí y ha sido aceptada, se ha formado una comisión municipal; pero entre una cosa y otra se está retrasando”.

El retraso en la aceptación del proyecto no causó intranquilidad en el escultor: “Total que tanto retraso fue favorable para mí, porque me di cuenta de que era capaz de mucho más que colocar una escultura sobre una roca, que era la idea primitiva. Me di cuenta de que podía llegar a realizar la obra completa del paseo y de todo su entorno...”.

Con el proyecto encargado y el presupuesto establecido, 22 millones para las esculturas, uno menos para la plaza que sirve de antesala y mirador a la obra, Peña Ganchegui y Eduardo Chillida se pusieron manos a la obra. El 3 de septiembre de 1977 fueron instaladas en San Sebastián las tres esculturas que conforman el Peine del viento.

Según indica la prensa local de la época, la obra es ya plenamente aceptada y esperada por la ciudadanía donostiarra. Su colocación, en un contexto histórico de cambio y de libertad recientemente adquirida, supuso una aportación de renovación y modernidad a la ciudad. “.... ese Peine de los Vientos de Chillida, polémico y desafiante, puede constituir la radiografía más estricta de un año pro-amnistía, pro-autonomía, trágico en lo económico y en la convivencia, pero en definitiva y a pesar de todo, también esperanzador a pesar de la penumbra. Soplan vientos de libertad, y peinarlos, además de arte, encierra una gran dosis de optimismo y firmeza”.

Fue probablemente, el único caso en el que todos los estamentos ciudadanos, desde los más oficiales (ayuntamiento) hasta las representaciones más genuinamente populares (asociaciones de vecinos y partidos políticos) prestaron su decidida colaboración. Evidentemente, surgieron voces, discrepantes, cartas aisladas al director en cualquiera de los diarios de la ciudad, en las que protestaban acerca del gasto que suponía la escultura. Sin embargo, Eduardo Chillida lo explicó de una manera muy simple: «Cuando pienso que un avión Phantom, que sólo sirve para matar y destruir cuesta mil millones de pesetas, a mí, todo esto me parece tirado». El propio escultor solicitó expresamente, al Ayuntamiento donostiarra publicar los gastos totales del monumento.

Eduardo Chillida recuerda “... que en los primeros momentos, causó bastante controversia. Sin embargo, ahora es el momento en que la gente me para por la calle para darme las gracias por esa obra. Uno siente muy adentro esas expresiones espontáneas de gente de toda condición social”.

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