Arte: Bienales, más de lo mismo
Tras aquella sobredosis de discursitos post-coloniales se produce un contra-balanceo que nos llevó hasta el retorno instintivo de la belleza. Storr, con una Bienal de Venecia ultra-académica, ha tocado también fondo. Y, aunque haya sido enormemente decepcionante entregarse este verano al «Grand Tour», lo cierto es que estamos en la mejor de las situaciones posibles: no se puede ir a peor. He repetido no pocas veces esta consideración, heredera, no lo niego, de la confianza delirante de Baudrillard en la implosión potencial de los sistemas culturales.
dioses compinchados. A mediados de los noventa se produce la aceleración del arte contemporáneo, que ha llevado a que los no-lugares -término acuñado por Marc Augé- de las Ferias de Arte y las Bienales sean los focos de legitimación. Las galerías van a rebufo de lo que los comisarios endiosados presentan, produciéndose situaciones de compinchamiento lamentables. Slavoj Zizek ha señalado que, en el negocio del arte contemporáneo, el conservador de museo o el comisario de exposiciones parece desempeñar un papel inquietantemente parecido al de Cristo: «¿acaso no es también él una suerte de ??mediador evanescente?? entre el artista-creador (??Dios??) y la comunidad del público (??los creyentes??)?». Hay una delegación explícita de la responsabilidad (como en la democracia) interpretativa en el Otro que, a fin de cuentas, no tiene ningún interés en que la teoría entorpezca el espectáculo. No cabe duda de que era totalmente innecesario aquel fárrago pseudo-filosófico que sustituyó a la historia del arte descriptiva. Pero eso no justifica que la posición dominante sea hoy la de la selección arbitraria, la deriva hacia la decoración o el mero dejar que el espectador, abrumado por el maremagnum, se las arregle como pueda. La última Documenta es el ejemplo de cómo se pasa de la grandilocuencia a la estupidez sin moverse del sitio. Algunos encuentran virtudes críticas en ese tipo de «archivo» de apariencia caótica. Hal Foster apunta que lo más extraordinario del arte archivístico contemporáneo es su deseo de convertir visiones fallidas del pasado «en guiones de futuros alternativos; de convertir el no-lugar de los restos del archivo en el no-lugar de la posibilidad utópica». No tengo nada claro qué significa esa frase, salvo que sea una forma de enmascarar lo que podría decirse con un solo término: decepción. En el final del siglo XX me dejé llevar por una confianza en las bienales periféricas, prestando especial atención a la de La Habana, que tuvo algunas ediciones muy dignas, la de Sao Paulo que, aunque ya clásica, dotaba de visibilidad a magníficos artistas latinoamericanos y a la de Estambul, que arrancó con ímpetu. Sin embargo, su desarrollo reciente no permite albergar grandes esperanzas; al contrario, se ha producido una suerte de clonación con los grandes eventos que, de suyo, están de capa caída. No hay lugar del mundo que no monte, de la noche a la mañana, una bienal, intentando ajustar el paso de acuerdo con el Baile de San Vito global. Figurones como Szeeman y Enwezor han mostrado, en la Bienal de Sevilla, una falta de vergüenza considerable. Rosina Gómez Baeza y el tristemente fallecido Antonio Zaya han sido criticados, con razón, por la falta completa de criterio. Puede que el fondo de la cuestión del bienalismo no sea el arte, sino el turismo, esa movilización general que tiene que ofrecer nuevos alicientes más allá del vertiginoso consumo. Afortunadamente, algunas de las citas del «calendario internacional» superan el estándard del «más de lo mismo». El proyecto de Tijuana ha permitido la materialización de obras excelentes. En la Bienal de Berlín se detectaba un afán de salir del impasse digno de elogio y en Lyon los aciertos eran mucho más numerosos que los fallos. Las bienales que florecen en Asia han suscitado un enorme interés, sin que se haya producido otra cosa que una eclosión comercial increíble. Tal vez esté entrando en una lamentable fase nostálgica, pero me parece que la Documenta X, comisariada por Catherine David, y las dos primeras ediciones de la de Johannesburgo no han sido superadas; es más, su espíritu, a su vez insurgente y revisionista, se ha perdido.
Hoy domina una estrategia descarnada de gestión, revestida de glamour y pseudo-radicalismo, en la que no importan ni el espectador ni el contexto socio-cultural ni, por supuesto, el artista y sus obras. Parece que solo interesa intercambiar tarjetas y trepar un poco más en la jerarquía curatorial. Un artista español, seleccionado en una macro-exposición por unos neo-comisarios-estelares, me contaba que los conoció en la rueda de prensa, esto es, que no habían mostrado el mínimo deseo de conocer lo que iba a presentar. Era una mercancía como otra cualquiera. Ésa es la triste conclusión de la economía política del estadio bienalístico del arte. Todo tiene que parecer que cambia y se mueve para que los mismos permanezcan en su parcela estetizada del Poder.
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