Cine: Eric Rohmer «La belleza ha sobrevivido a muchas guerras»
Cine Por Juan Pedro Quiñonero.
Es cierto. Quizá mi película sea un intento, no sé si heroico, pero bien real, en cualquier caso, de «reencantamiento» del mundo, de «repoblación» del desierto actual con viejos misterios universales. Fotografiar ninfas como si fueran mujeres, y fotografiar mujeres tan bellas como ninfas, también es una manera de volver a visitar viejos textos clásicos donde ya se planteaban esos problemas, que afloran en nuestra civilización cuando empieza el ocaso de las cosas sagradas, convirtiendo el mundo en algo puramente mecánico, desalmado.
Va usted a contracorriente.
Ya. No sé si hablo de un mundo perdido. Pero la belleza, las ninfas, los héroes, la rectitud moral, han conseguido sobrevivir a muchas otras batallas, a muchas guerras, desde hace muchos siglos.
Incluso en su realización hay una cierta modestia de recursos técnicos. Usted se ha privado voluntariamente de las «maravillas» de la técnica.
Lo esencial para mí era contemplar con una mirada muy limpia la belleza de las cosas de la naturaleza, sin falsos artificios. De ahí que tardé bastante en encontrar el paisaje ideal, un poco «salvaje», sin excesos. Un paisaje donde lo bello más natural y más sencillo permita evocar los misterios y los genios de la tierra.
Los diálogos de Honoré d? Urfé, que usted ha preferido no tocar, hablan siempre de la belleza del alma y la belleza del cuerpo como indisociables.
¿Cómo podía ser de otra manera? Me parece esencial respetar la obra de un artista, que, al mismo tiempo, también habla de mi manera de ver el arte y el mundo. Ese paralelismo entre las cosas bellas del alma y las cosas bellas del cuerpo habla de la armonía de las cosas humanas y la armonía celeste del universo.
¿No se trata de un combate fallido? La historia siempre acaba imponiendo la derrota cruel de las cosas humanas.
No lo sé. En esa batalla, yo tomo partido por la defensa de las cuestiones del espíritu.
En otra película suya, «La inglesa y el duque», también se plantea ese eterno combate. La historia del terror (1793), durante la Revolución francesa, es contada a través de la óptica de una mujer inglesa perdida en el río ensangrentado del horror revolucionario.
Me pareció un enfoque original. Se ha hablado y se ha escrito muchísimo acerca de la «épica» revolucionaria, pero yo intentaba contar la historia de los hombres devorados por otros hombres, endemoniados por las furias de la Revolución, del Terror.. una orgía dramática.
La arquitectura moral de «Astrea y «La Inglesa» choca con el nihilismo de un mundo sin fe ni principios, donde se impone el relativismo moral de la selva.
En Astrea, la armonía moral de los personajes coincide con la armonía de la naturaleza. Y el amor y los asuntos espirituales terminan triunfando en el abrazo final, que también es un abrazo carnal.
Ese abrazo tiene algo muy equívoco. Celadón tendrá que disfrazarse de mujer para volver a conquistar a Astrea, que se había entregado a una señorita tan encantadora como ella.
Ese tema del travestido, no lo olvide usted, es un tema clásico. Está muy presente en Shakespeare. En toda la literatura de los siglos XVI y XVII son muy frecuentes las relaciones, que no son forzosamente homosexuales, entre hombres y hombres, o mujeres y mujeres.
En su caso, el tema del travesti es indisociable de su tema capital: la fidelidad, el amor fiel.
El amor fiel, la fidelidad, incluso la épica de ambos temas, ocupan un puesto muy importante en toda mi filmografía, y desde siempre. Es un tema clásico. También lo tocaron, por ejemplo, Stendhal y Balzac. Yo lo hago a mi manera. Mi héroe se impone él mismo esa disciplina. Yo intento perpetuar ese tema, que no sé si está muy de moda, mucho me temo que no.
Esa fidelidad tan heroica del héroe a sus propios valores me recuerda la ética de algunos personajes de otro cineasta, Jean-Pierre Melville.
¿Usted cree? ¿Está pensando en alguna película en concreto?
En «Le samurai» («El silencio de un hombre»), por ejemplo. El samurái de Melville (Alain Delon) se abre con una cita falsa que lo dice todo: «La profunda soledad del samurái sólo es comparable a la de un tigre en la selva».
No sé, no sé?
El silencio mortal del samurái de Melville es el silencio último del hombre acorralado y siempre fiel, hasta la muerte, a una ética individual, solitaria, por la que está dispuesto a dar la vida.
No está mal visto? en verdad, no lo sé. Es el espectador quien tiene la última palabra, en algunos casos. Melville, sabe usted, era un tipo muy raro. Debía sufrir mucho, siempre encerrado en el personaje que él mismo se había creado. Se inventó un mundo de gánsteres que no se si llegó a conocer realmente, salvo en su época de resistente próximo a De Gaulle. Creo que no es mi mundo.
¿Cuál es su mundo?
En este caso, el mundo de una pastoral del siglo XVII, que plantea problemas morales, le ética, la belleza, la fidelidad, el amor, que me parecen esenciales.
¿No cree que hay un cierto anacronismo en su gran fidelidad a esos temas clásicos?
No lo sé. Me gustaría pensar que no. ¿Es anacrónico Don Quijote?
Usted filmó un «Don Quijote», incluso cita a Don Quijote en algunas de sus películas.
Sí. En La rodilla de Claire. Me encontré unos mosaicos de origen español, junto al lago de Annecy. Ilustran ese pasaje de Don Quijote y Sancho con los ojos vendados, sobre un caballo de cartón. Es el heroísmo último, que sólo se encuentra en Miguel de Cervantes o en Joseph Conrad.
¿No cree que ese pasaje de Miguel de Cervantes también es una burla del heroísmo?
¿Usted cree? Yo lo recuerdo como un modelo de heroísmo absoluto.
¿Cuáles son sus relaciones con sus antiguos compañeros de «Cahiers de cinema»? Godard, Chabrol, Truffaut?
La vida nos llevó a todos por distintos caminos. Escribí con Chabrol un libro sobre Hitchcock, que sigue reeditándose. Recuerdo con cariño a Truffaut. Sobre Godard? vivió muchos años en este mismo edificio. Nos veíamos casi a diario. Nos saludábamos. Nunca me invitó a entrar en su casa. Ni yo a él en la mía. Somos dos «originales».
-¿Qué le parece el cine de hoy?
Voy mucho menos que antes? hay muchas cosas que no conozco. Por el contrario, tengo la impresión de que ha crecido una cierta incultura cinematográfica, incluso entre los cinéfilos más inquietos.
¿Es usted un tanto hostil a las nuevas tecnologías?
¡En absoluto...! En ese sentido, creo tener algo de «revolucionario». En La inglesa y el duque, que usted citó antes, utilicé técnicas totalmente nuevas. La técnica me atrae y no la rechazo, pero siempre que sea el hombre, el artista, el que la utiliza en beneficio de su creación.
¿Como percibe usted su propio puesto en la historia del cine?
No puedo ni debo contestar a esa pregunta. Sí puedo recordar a los grandes maestros de los que tanto intenté aprender. Griffith, Murnau, Hitchcock, Rossellini, y tantos, tantos otros.
¿En qué está trabajando?
¿Es que volveré a hacer una nueva película? Tengo ochenta y siete años. Y la dirección de cine, tal como yo la concibo, exige mucho esfuerzo físico, del que cada día soy menos capaz. Dicho esto, el cine, para mí, no es un trabajo. Es una pasión, y ¿cómo liberarse de una pasión? Veremos.
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