cultura: La encrucijada americana

Por Ricardo García Cárcel

El Imperio español duró tres siglos pero se disolvió rápido, como azucarillo en el agua, ante un proceso revolucionario de efectos inmediatos. En 1808 el Imperio español se extendía desde California hasta el Cabo de Hornos, desde la desembocadura del Orinoco hasta las orillas del Pacífico, todo un espacio político de cuatro virreinatos y diecisiete millones de americanos súbditos del rey de España. Veinte años más tarde, España solo mantenía en su poder Cuba y Puerto Rico. Pero la caída del Imperio español está llena de paradojas y aparentes contradicciones.
La primera es que el proceso revolucionario se gestó cuando España había llevado a cabo, con Carlos III, un importante esfuerzo modernizador de su régimen colonial. John Lynch habló de la «segunda conquista de América» en el siglo XVIII: abolición de los viejos repartimientos, aplicación del sistema de intendencias, debilitación del papel del clero, libre comercio desde 1778? Una inyección de modernidad en un modelo colonial caduco. Pero lejos de ser positiva la reforma para el mantenimiento del régimen, supuso la ruptura de los mecanismos tradicionales de intermediación y el descubrimiento de sus potencialidades por parte de los americanos.
Ilustrados europeos. La segunda paradoja es que el movimiento insurgente estuvo liderado por hombres que, en muchos casos, habían leído a los ilustrados europeos e incluso viajado por Europa (Belgrano, Nariño, Miranda, Bolívar?). Lo curioso del caso es que los ilustrados europeos como Buffon, Raynal, De Paw, Voltaire, eran profundamente despectivos hacia América, continente que no conocían. Los viajeros americanos por Europa se impregnaron de las ideas revolucionarias francesas y sublimaron, por reacción al racismo europeo, una América virtual.
La tercera paradoja es que los insurgentes americanos eran criollos, descendientes de los españoles que habían protagonizado la conquista y la colonización en América, los presuntos explotadores de América. Fue una rebelión contra sus ascendientes y para su legitimación tuvieron que inventar o recrear el discurso indigenista. Los criollos, según Lynch, se rebelaron por la pérdida de confianza en el gobierno borbónico que ni les daba mayor autonomía ni les proporcionaba defensa suficiente. Según Pérez, lo hicieron por miedo a la revolución popular, por temor a perder sus privilegios. Lo cierto es que los criollos insurgentes se empaparon de la abundante literatura de la leyenda negra española y construyeron mitos fundacionales en torno a las culturas precolombinas. La invención del indigenismo no era nueva. En la primera revuelta del virreinato de Perú (1780-83), el sublevado José Gabriel Condorcanqui se había hecho llamar Tupac Amaru. Pero el indigenismo fue pura ficción. El fracaso en la utilización de líderes indígenas fue total.
Coartada básica. La cuarta paradoja es que el movimiento insurgente estalla al hilo de la guerra española contra Napoleón. Ya no es la debilidad española su mejor fuente oxigenadora, sino el propio discurso legitimador de la revuelta contra Napoleón, su coartada básica. De 1806 es la aventura de Francisco Miranda, que, apoyado por los ingleses, intentó tomar Ocumare (Venezuela). Pero no fue hasta 1808 cuando América tomó conciencia de sus posibilidades revolucionarias. Caracas, Buenos Aires, Santa Fe, Santiago y Quito constituyeron Juntas como en España. Los liberales españoles incluyeron a americanos en la Junta Central.
La confusión entre fernandismo y soberanismo nacional, los dos proyectos ideológicos de la guerra en España, fue todavía mayor en América y caldo de cultivo para los levantamientos. Las Cortes de Cádiz de 1810 y sus debates sobre unionismo y federalismo fueron la gran lanzadera de la insurgencia americana. Hasta 1816 hubo múltiples intentonas muy descoordinadas entre sí. Solo en Argentina triunfó la revolución desde 1812. La aparición en escena de José de San Martín consiguió la proclamación de la independencia en Argentina en 1816. Los demás países tuvieron que esperar un poco más. El mismo San Martín logró la independencia de Chile en 1818 y Bolívar fue proclamado presidente de la Gran Colombia en 1819, pero hasta Ayacucho (1824) la catarata de independencias nacionales no se produce. Los enfrentamientos entre los líderes insurgentes fueron constantes y el modelo Bolívar nada tenía que ver con el sanmartiano, ni las revoluciones del sur con las del norte.
La última paradoja es la que reflejan las percepciones que en España se tienen del movimiento independentista y que se ponen en evidencia en la propia Constitución de 1812. Actitudes a favor de la causa americana adoptaron desde liberales como Quintana a conservadores como Borrull, pasando por Blanco White. Actitudes de resistencia las representaron liberales jacobinos como Flórez Estrada o Argüelles, o los conservadores centralistas, que consideraban que América formaba parte de la conquista del rey. Los propios diputados latinoamericanos en Cádiz pensaban de modo diferente entre sí. Pese a la pomposa proclamación de la soberanía nacional de la Constitución que incluía pormenorizadamente los territorios americanos en la nación española, la opción independentista era ya irreversible.
Contra los franceses. La Guerra de la Independencia americana sería la aplicación a América del modelo liberal de guerra nacional que en España se hacía contra los franceses. Pero también la insurgencia americana nació de la propia conciencia de una España plural de Estado plurinacional, que había estado presente en el juntismo federalista, el resistencialismo guerrillero, desmigajado y localista de la guerra contra los franceses, cuyo modelo se trasladaría a América con el caudillismo y el insurreccionalismo por bandera. Al tiempo que se fustigaba a España resucitando todos los tópicos de la leyenda negra, se la copió en sus dos caras, la liberal-jacobina revolucionaria y la conservadora foralista. Nunca América fue tan española como en el proceso de la construcción de sus identidades nacionales frente a la metrópoli española.

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