literatura: Entrevista a Germán Marín

"En Chile no hay buenos escritores"

Envuelto en su propia leyenda -tiene fama de provocador-, el chileno Germán Marín habla de su libro reciente "Basuras de Shanghai", del exilio y de los escritores. Desmitifica a Bolaño, tilda de comercial a Allende y opina que Neruda pertenece al pasado.
por Alberto González Toro
Se lo ha tildado de "escritor maldito". Tiene fama de irascible, de provocador. Pero a simple vista, parece sólo fama. A sus 73 años, el escritor chileno Germán Marín es un hombre tranquilo, muy educado, que luce un grueso bigote canoso, que habla en voz muy grave pero baja, producto de los interminables cigarrillos que aún fuma con delectación. La editorial Sudamericana acaba de editar en la Argentina su último libro, Basuras de Shanghai, en el que mezcla el cuento, el relato breve, la crónica y el ensayo. Es un libro escrito con un estilo terso, casi transparente, que radiografía a un hombre que elabora sus obras con la paciencia de un orfebre. Entre sus relatos se destaca el cuento La princesa del Babilonia, un notable homenaje al habla popular chilena en la voz de una prostituta de un burdel del puerto de San Antonio en los inicios de la dictadura pinochetista.

- "Basuras de Shanghai" habla sobre la memoria, y un aire entre melancólico y triste campea en todas sus líneas. Hasta en sus "Agradecimientos", aunque aquí hay un tono esperanzador.

- Se trata de una memoria personal, subjetiva. Aparentemente, la melancolía puede resultar una elección individualista y hasta egoísta, pero también la melancolía puede tener una visión totalizante de la realidad, mucho más fuerte que otros sentimientos. Al decir melancolía uno está apretando una serie de teclas que podrían ser, qué sé yo, la cultura popular, el yo en sus tribulaciones, las canciones, los políticos, las frases de la época, la vestimenta, los olores. Porque las épocas también tienen olores propios. Yo echo de menos ciertos olores que tenía Buenos Aires. En un viaje que hice dos meses atrás, tenía unas enormes ganas de andar en subte. Echaba de menos un olor, y entré al que está en Corrientes y Florida. Quería llegar hasta Chacarita, y desde allí tomar el 111, que era el colectivo que yo tomaba antiguamente para ir hasta el barrio de Villa Urquiza. Ese era el trayecto un poco proustiano del viaje, melancólico, que yo quería hacer. Me extrañó muchísimo: el subte había cambiado de olor. Ahí está la verdadera identidad que tiene la memoria.

- Usted es un autor tardío. ¿Recuerda sus comienzos en la literatura?

- Unos pocos meses antes del golpe de Pinochet, publiqué mi primer libro, Fuegos artificiales. Era una novela sobre un adolescente. Pero el régimen la prohibió enseguida. No creo que haya sido por el contenido: a los militares les molestaba el hombre que la había escrito. Yo resultaba para la dictadura una especie de agente ideológico de la subversión. Había colaborado en la revista Punto Final, órgano del Movimiento Izquierda Revolucionario, y en otra revista, Chile Hoy, que defendía a la Unidad Popular de Salvador Allende. No fui perseguido en primera instancia, pero yo sabía que no podía quedarme en Chile. Así que partí al exilio a los tres meses del golpe.

- ¿Qué edad tenía cuando publicó "Fuegos artificiales"?

- Treinta y tantos años, era un nene. Entonces yo tenía algunos antecedentes culturales: había hecho una revista junto con Enrique Lihn, que fue editada por la Editorial Universitaria, e hice crítica literaria en Punto Final. Pero como narrador era un desconocido. Ya le dije que tres meses después del golpe partí al exilio. Junto a mi mujer y mis dos hijos, nos fuimos a México, después a Cuba, y finalmente a Buenos Aires, pero con mal ojo pues en esos momentos estaba la María Estela y la Triple A comenzaba sus asesinatos, entre ellos el del general Carlos Prats y su esposa. Entonces volvimos a México. Y allí nos quedamos cerca de dos años. Entonces miramos para España. Ya había muerto Franco, estaba Adolfo Suárez, y se abría un camino democrático. Nos fuimos directamente a Barcelona. Tuve la suerte de entrar rápidamente a trabajar en la editorial Labor; allí estuve alrededor de 14 años.

- ¿En Barcelona volvió a escribir ficción?

- No, el trabajo me absorbía muchas horas y aún no sabía para dónde iba mi vida. Hasta que hubo un momento de revelación: me di cuenta que quería escribir una historia que partía de mi familia. Mi abuelo había sido obrero de la construcción en Génova, y mi abuela era hija de campesinos. Ellos se conocieron acá, en Buenos Aires, donde se casaron. Ahí me empecé a dar cuenta de que estaba el origen de algo: el origen mío. Por el lado paterno, en cambio, mis ancestros eran de extracción aristocrática. Coincidió este momento con que la editorial Labor, en la que trabajaba, cambió de dueños. Los nuevos dijeron: "Qué hace este chilenito acá: fuera". Me indemnizaron y estuve como tres años sin trabajar. Y ahí empecé a darle a la literatura. Después escribí una trilogía. La novela Círculo vicioso, que tuvo mucho éxito de crítica. Después vino otra, Las cien águilas, y la tercera es La ola muerta, que publiqué hace dos años. Me lleva mucho tiempo escribir. Soy lento e inseguro, pero esto al final me da una cierta seguridad sobre lo que estoy haciendo. No tengo ningún proyecto de hacer literatura como un ejercicio mercantil.

- ¿Está trabajando en una nueva novela?

- Estoy preparando una sobre Patria y Libertad (N. de la R: una organización fascista que inició la desestabilización del gobierno de la Unidad Popular), que para mí es muy importante. Tiene origen en el cuento, Mi primo Miguel, que apareció en mi libro, Conversaciones para solitarios.

- ¿En el Chile de hoy, hay memoria del pasado? ¿Se tiene conciencia de lo terrible que fue la dictadura de Pinochet?

- Yo diría que sí, pero no sé hasta qué punto esta memoria ya empieza a ser una memoria institucional que poco tiene que ver con la memoria fidedigna y personal de mucha gente. Esta memoria se está convirtiendo en un elemento retórico. Hay militares presos, pero presos en hoteles de cinco estrellas, con canchas de tenis y piscinas. Parece un chiste.

-¿Hay buenos escritores en Chile?

- No tengo buena impresión de la mayoría de ellos.

- ¿Y de Roberto Bolaño?

- El peligro de Bolaño es que, entre los escritores chilenos y los medios, lo conviertan en una figura casi religiosa. Bolaño es menos que eso y mucho más. A los escritores no hay que sacralizarlos. En Chile existe un culto a Bolaño, lo digo sin desmerecer sus valores.

- ¿Isabel Allende?

- Es un producto comercial. La culpa no es de ella. La culpa es de esa masa de lectores que la consumen, que con eso cumplen con la cuota de literatura que quieren consumir.

- ¿Cuál es la vigencia de Pablo Neruda en Chile? ¿El también ha sido sacralizado?

- Neruda ya empieza a ser una figura del pasado. Desde el punto de vista de su propia literatura, y desde el punto de vista de la retórica poética.Y quizás el que le pegó un tremendo empujón para enterrarlo ya definitivamente sea Nicanor Parra. Pero siento que Parra también va a ser del panteón. La poesía es muy rica en Chile, muy trascendente, y lo que hoy es, mañana deja de serlo porque es trascendido por nuevas figuras, nuevas retóricas.

- ¿Por qué Chile ha tenido mejores poetas que la Argentina?

- Para mí es un misterio. Pero la Argentina ha tenido grandes poetas también. Fijate en Carlos Mastronardi, un poco hundido por la presencia de Borges, que hundió a muchos. El propio Alberto Aguirre es un gran poeta. Yo recuerdo a uno muy bueno, nacido en Mendoza, del que siempre hablábamos en Santiago hace años, Jorge Enrique Ramponi, autor de un libro excelente, La piedra infinita. Tuvo una influencia muy fuerte sobre Neruda.

- ¿Puede nombrar a tres narradores argentinos que le gusten mucho?

- Si te digo que me gusta Piglia, estoy repitiendo un lugar común. A mí me gustaría rescatar a algunos jóvenes del pasado, como Germán Rozenmacher, un escritor totalmente olvidado. Bueno como cuentista, bueno como dramaturgo, un tipo inteligente. Siento, además, una profunda admiración por David Viñas, con ese realismo crítico que inaugura en las letras argentinas con novelas como Cayó sobre su rostro, Hombres de a caballo...

- ¿No lo nombra a Borges?

- Desde luego. Pero si nos ponemos a hablar de Borges, por qué no hacerlo de sus antecesores. La propia prosa de Lugones nos ayuda un poco para entender a Borges y sus temas.

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