Arte: Entre diamantes y basura
Hace unos meses, Christie's y Sotheby's (Christoby's llaman en el mundillo a la alianza de las dos casas de subastas más potentes del mundo, supervivientes del anterior pinchazo que barrió del mapa a otras como Phillips) vivieron lo que ese mismo mundillo de revistas especializadas llamó el «Frenesí de Febrero»: durante los 28 días del mes, anunciaron ventas que sumaban los quinientos millones de dólares. Y confirmaban la tendencia: los precios de la pintura clásica del Renacimiento italiano, francés, español o flamenco, la pintura del XIX inglés y hasta los pre-impresionistas franceses se han congelado o están a la baja. La marabunta de compradores se dirige hacia el arte del siglo XX. Y más, de finales del siglo XX. Y más aún, producido por artistas vivos. Y coleando: muchos de ellos ni siquiera han cumplido los cincuenta.
Reglas violadas. Esto rompe una de las antiguas reglas de oro del mercado del arte tradicional. Lo recordaba Richard Feigen en The Art Newspaper al analizar la supuesta burbuja. Y hacía tomar nota de otra regla inviolable violada: hace unos años, ninguna casa seria de subastas aceptaba tomar en consideración piezas que hubiesen salido al mercado en los cinco años previos: por un tiempo, la obra estaba «quemada» y se consideraba invendible. Ahora, como demuestra la Taylor de Warhol (¿o de Hugh Grant?), las obras salen a flote con su precio multiplicado casi instantáneamente después de su venta, sin que eso parezca importar demasiado a compradores (Feigen los llama, directamente, «especuladores»), ni a intermediarios. No conocen el pasado comercial de la obra, o no les importa. Por lego que sea uno en estos asuntos, ya se ve que es fácil que una situación así degenere hacia el famoso «efecto pirámide» (un timo que, junto al castizo de la estampita, se viene a la memoria en estos asuntos) en el que las obras de arte pasan de mano en mano a toda velocidad, a precios cada vez más exorbitados y al grito de «tonto el último».
A partir de cierto punto, las cifras marean. En noviembre de 2006, el cuadro Woman III, de De Kooning, se vendía por 137 millones y medio de dólares, batiendo el récord de precios para el arte de posguerra. No duró mas que unos días: ese mismo mes, el Number 50, de Pollock, se vendía por 140 millones de dólares. Y el tontísimo cráneo de Damien Hirst incrustado de diamantes alcanzaba los 100 millones, batiendo el récord pagado por obra de artistas vivos y robando titulares en periódicos y telediarios de todo el mundo por un valor similar en publicidad gratuita. Quizá dentro de un par de temporadas su comprador, si no sabe mover el esqueleto (nunca mejor dicho) con agilidad, se vea obligado a amortizar su inversión vendiéndola «al peso»: el consenso en torno a lo que está de moda es, por naturaleza, lábil. Y a estas alturas ya es difícil decir si un diamante o un hirst son para siempre.
Los mejores jueces. Porque si de la noche a la mañana, como en los cuentos, los diamantes se pueden volver basura, tal como están las cosas, bien puede pasar a la inversa: en marzo de este año unas pilas de basura del estudio de Bacon se subastaron en Londres por casi un millón de libras, convenientemente catalogadas y divididas en lotes: chequeras sin usar, trapos sucios, lienzos rajados y periódicos viejos que sirven muy bien como emblema del morbo fetichista (y con un toque de histeria) que acompaña a la especulación en el mercado del arte (inevitable: hace cien años o más que se viene explicando que todo arte es mercancía privilegiada y epítome del fetiche).
The Guardian retrataba feliz al electricista que tuvo la feliz idea de pedirle a Bacon que le dejara hacer una limpieza en su estudio. Y recogía las muy astutas palabras del representante de la casa de subastas que se llevó sus buenas comisiones en la venta de esa ultra-literal merda d'artista: «Los mejores jueces del valor de su arte no son los propios artistas (...). El hecho de que fueran lienzos rajados no quiere decir que carezcan de valor. Y Bacon decía a menudo que lamentaba haber destruido gran parte de su trabajo». Con vendedores así y los nuevos supermillonarios de Rusia y el Medio y Lejano Oriente con prisa por gastarse sus no siempre impolutas fortunas, no extraña que el centro del mercado mundial se esté desplazando de Estados Unidos hacia Londres: sigue siendo la ciudad de referencia para las elites de muchas de sus antiguas colonias, y, por otro lado, muchos de los grandes récords de las últimas temporadas venían de América: los vendedores huyen del dólar y buscan la fortaleza de una divisa fuerte (y la libra lo es).
Gloria efímera. Y, en realidad, hasta el comprador de a pie puede hacerse un hueco en el proceloso mundo de las subastas. Internet es su terreno: desde páginas especializadas en fotografía como photoAuctions.info al universal eBay, del que desconfían los grandes inversores y peces gordos, pero que ha permitido entrar en el mercado a muchos artistas menos cotizados y a muchos compradores con los dientes largos. Un par de fraudes famosos no desaniman y se toman en estos casos como peaje inevitable y gajes del juego. Cada uno, por lo visto, puede ser un Hugh Grant durante quince minutos. Algo así decía Warhol.
20071123-724123.jpg)

Comentarios