Arte: Rosario Contemporáneo

Ciudad prodigiosa
Territorio abonado por una sólida tradición plástica, desde Fontana a Berni, dobló la apuesta por las nuevas tendencias con la apertura del Macro
Territorio abonado por una sólida tradición plástica, desde Fontana a Berni, dobló la apuesta por las nuevas tendencias con la apertura del Macro
En el mundo globalizado, el arte contemporáneo hace la diferencia. Hay ciudades que se destacan, casi exclusivamente, por las fortísimas apuestas que realizan a favor de las nuevas tendencias. Bilbao o Kassel no serían nombres familiares para el público culto si en la primera no se hubiera levantado la sede del museo Guggenheim, que diseñó Frank Gehry, o si en la segunda no se alojara Documenta, la mayor de las megamuestras del arte actual. En una escala menor, Rosario vive un proceso similar que la está convirtiendo en un potente centro argentino contemporáneo. Esta movida se apoya en un terreno abonado por una sólida tradición plástica, que incluye a algunos de los nombres más destacados de la primera mitad del siglo pasado: desde Leónidas Gambartes y Augusto Schiavoni hasta Antonio Berni o Lucio Fontana. Abundan también los artistas rosarinos entre los innovadores de la década del 60, que realizaron experiencias vanguardistas tan memorables como Tucumán Arde , una de las primeras manifestaciones del arte político. Entre los más interesantes artistas actuales se encuentran muchos rosarinos, como Román Vitali, Daniel García, Nicola Costantino, Max Cachimba, Fabiana Imola o Leo Battistelli. Rosario cuenta con una importante oferta de espacios dedicados al arte: desde el tradicional Museo Castagnino hasta el más nuevo de los museos de arte contemporáneo (el Macro), pasando por el Centro Cultural Parque España (CCPE), uno de los principales foros para el debate y la difusión de las nuevas tendencias en la ciudad. La actual movida surgió hacia fines de la década del 90, cuando el crítico y curador Fernando Farina (director del Castagnino) comenzó a formar una importante colección, centrada en el arte argentino producido a partir de la década del 60. Hacia comienzos de este siglo, la colección había alcanzado tal envergadura que se hizo necesario crear una institución capaz de contenerla y, a partir de ella, difundir y reflexionar sobre las nuevas tendencias. Así surgió el Macro, dirigido también por Farina, en unos silos reciclados que se levantan a orillas del Paraná. También en los 90, la creación del CCPE generó uno de los faros culturales más dinámicos de la ciudad. La actual gestión de ese centro, a cargo del poeta y crítico Martín Prieto, impulsa un claro perfil innovador. Estos museos y centros (sostenidos por el Estado y por organizaciones culturales ligadas a embajadas), se nutren de un público sofisticado que está en proceso de ampliación. Las nuevas camadas de artistas y críticos son los puntales que sostienen el proyecto de transformar a Rosario en una capital del arte contemporáneo. El déficit, por ahora, es la ausencia casi total de coleccionistas actualizados y el muy pequeño espacio que dedican los medios locales a difundir las nuevas tendencias. Una recorrida por el presente En las imponentes galerías del CCPE se desarrolla Me importas tú , una muestra curada por Eduardo Stupía, que presenta el trabajo de cinco jóvenes pintores rosarinos: Juan Balaguer, Mario Godoy, Pedro Iacomuzzi, Jorgelina Toya y Fernando Rossia. En el conjunto se destacan las obras de Iacomuzzi y de Balaguer. A pesar de pertenecer a universos conceptuales y plásticos muy diferentes, la obra de ambos presenta una compleja y poética relectura de la tradición realista (sin renunciar ni someterse a ella). Por su parte, el Macro exhibe varias muestras a la vez, que suelen apoyarse en ideas, tradiciones y miradas muy diferentes, incluso enfrentadas. De esa manera, permite observar, de un solo pantallazo, la diversidad conflictiva que caracteriza al arte de nuestra época. Durante octubre convivieron cuatro muestras valiosas: el pop tropical de José Franco; la poética exquisita de esa artista tan fuera de toda corriente que es Elba Bairon; una instalación lumínica de Xil Bufone y una muestra de fotografías en las que se vuelven problemáticos los límites entre lo real y lo imaginado. Tradicional por su acervo, el Castagnino también se ha renovado apostando cada vez más a lo contemporáneo. Incluso se muestra su colección histórica en diálogo con las nuevas tendencias. Esa confrontación a veces roza el caos semántico y produce impactos visuales que no son recomendables para ojos más conservadores. Pero es justamente en esos diálogos inesperados entre estéticas muy diversas donde surgen las lecturas vivificantes de la tradición, una vibración vital y actualizada para que las colecciones existentes no queden congeladas como el mero registro de un tiempo muerto. Esa relación entre el patrimonio cultural que han acumulado las generaciones y la producción más innovadora que promueven los jóvenes talentosos -cuya producción se multiplica en cantidad y calidad- resulta el signo más evidente de que en esa ciudad el arte contemporáneo encontró su morada.
Daniel Molina
Para LA NACION

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