Arte: Un cuento de brujas, Francesca Bellini Joseph
Un cuento de brujas
Bajo el signo del arte se desarrollan experiencias religiosamente carnales, el deleite a lo sublime y la sexualidad semejante a los cultos paganos que se originaron en el Neolítico y que se expandieron por Europa hace más de dos mil años
Por Francesca Bellini Joseph
De origen indoeuropeo, el pueblo eslavo como los demás del grupo, tuvieron religiones politeístas de origen neolítico, que hacían culto a los muertos, sacrificios humanos, viajes alucinógenos y promovían los encuentros sexuales; posteriormente en la Edad Media y la modernidad la Iglesia fortaleció la creencia de brujos y brujas por estas prácticas rituales. De la investigación de esa herencia sale Balkan Erotic Epic, una serie de imágenes donde la pornografía le da lugar a escenas eróticamente místicas y otro video donde Abramovic les enseña a sus "alumnos" estos rituales paganos.
Ya que la semana pasada fue Halloween valdría la pena saber que la famosa noche de las brujas, que en su concepción contemporánea nos lega la cultura norteamericana, es fruto del proceso de transformación de una entidad cultural en un producto comercial que se inició en el siglo XIX (período que se especializó en "inventar" el pasado), cuando desde Inglaterra llegó a Norteamérica la experiencia del All Hallow's Eve, que a su vez era la acomodación cristiana de una festividad pagana muy anterior.
Desde el siglo I a.C, los celtas comenzaron a entrar a Europa expandiéndose durante los siguientes siglos por la actual Escocia, parte de Inglaterra, Irlanda, la Península Ibérica y Alemania, Suiza y Austria donde se encontraron, específicamente en Hallstatt, miles de tumbas y otras evidencias de los orígenes y migraciones de los pueblos celtas por el territorio europeo.
En estos pueblos hay que buscar el origen del Halloween moderno, inspirado en la antigua festividad del Samain, uno de los cuatro aquelarres anuales que correspondían a los cambios de estaciones que por supuesto, como en toda cultura, celebraban la productividad de la naturaleza en tiempos veraniegos o promovían el abastecimiento para enfrentar los tiempos invernales. Tal fiesta sucedía precisamente el 31 de octubre, víspera que anunciaba el final del año celta y que se desarrollaba en torno a la creencia de que esa noche se establecía una comunicación entre los vivos y los muertos, quienes habitaban por unos pocos momentos sus hogares y compartían con sus familias.
Con fundamento en el Neolítico, los aquelarres eran lugares de reunión donde se llevaban a cabo sacrificios humanos, ritos mágicos e intensa actividad sexual; las brujas se reunían en las noches para invocar a los muertos y practicar una magia que por lo general era erótica; el relato bíblico también demoniza la figura femenina en virtud de sus cualidades sensuales y la responsabilidad del pecado original o como la mujer pecaminosa y promiscua representada en Lilith.
Cuando los muertos salían del cementerio, los vivos les tenían regalos para evitar su enojo convirtiéndose, luego de más de 2000 años, en el argumento publicitario del exitoso slogan "trick or treat". En el transcurso de la modernidad se había fortalecido la representación de la bruja que volaba sobre una escoba, que aunque fuera fea conocía los hechizos para parecer una mujer hermosa y seducir a los hombres, y que tenía relaciones sexuales con demonios.
Dentro del mismo universo liderado por los muertos y festejado por las brujas, se multiplicaron las maneras que lo terrorífico tiene para manifestarse; los vampiros, seres deformados y fantasmas son los personajes que se sumarían a una generación más reciente de nuevas invenciones como Drácula de Bram Stoker y Frankenstein de Mary Shelley, entre otros personajes de novelas góticas que se ambientaban en escenarios lúgubres y decadentes del siglo XVIII.
Entrada la siguiente centuria, el culto al terror se oficializaba compitiendo por las emociones que hasta el momento le pertenecían, con exclusividad, a la belleza. Friedrich Schiller en Del arte trágico de 1792 dice "Es un fenómeno general en nuestra naturaleza que lo que es triste, terrible y hasta horrendo nos atrae con unas fascinación irresistible. Todos se aprietan expectantes en torno al que cuenta una historia de asesinato; devoramos con avidez el más osado cuento de fantasmas y la avidez es tanto mayor cuanto más nos hace poner los pelos de punta (…) ¡Y cuán numeroso es el séquito que acompaña a un delincuente al lugar del suplicio! Ni el placer de un satisfecho amor a la justicia, ni el innoble gusto del deseo de venganza pueden explicar este fenómeno".
Es como, en la plenitud del siglo XX, el Accionismo Vienes cuyos artistas participantes realizaban orgías y prácticas sadomasoquistas para romper los prejuicios morales y religiosos trabajados en los performances del norteamericano Mike Kelley y la austriaca Elke Krustufek quien utilizaba el cuerpo como vehículo de exploración del deseo y confrontación de tabúes; el dolor y la flagelación eran las condiciones de un ritual sobre el horror pero un horror deleitoso cuya referencia se encuentra en los rituales o " happenings" paganos que también tuvieron lugar en Austria antes del calendario común.
Durante la década de los ochenta y noventas Cindy Sherman, artista reconocida por trabajar violentamente el cuerpo, utiliza fragmentos de maniquíes, objetos, líquidos y comidas para crear escenas de violencia sexual e imágenes terroríficas. Los ingleses Jake & Dinos Chapman están fascinados por el horror de tipo apocalíptico y los cuerpos lacerados; Arbeit Mafries es un trabajo escultórico donde los cuerpos están desmembrados por el espacio a la vez que muchos son violentados sexualmente. Monica Bonvicini en 1995 realizó un video en el cual una mujer se frotaba desnuda contra las paredes de un museo que empezaban a agrietarse, en 1998 eran mujeres que frotaban sus cuerpos desnudos contra las paredes de sus casas.
Lo sublime, que sería bastante popular en el siglo XVIII, fue planteado por Pseudo –Longino en el siglo I quien por primera vez habló sobre dicha noción que según él conllevaba al éxtasis; una profunda relación como tal habría de tener sus raíces en el ritual tanto del terror como la lascivia que se mantiene cultivada en el arte contemporáneo, por un lado cómo decía Jean FranÇoise Lyotard "Lo posmoderno sería aquello que defiende lo impresentable en lo moderno y en la presentación misma; aquello que se niega a las consolación de las formas bellas, al consenso de un gusto que permitiría experimentar en común la nostalgia de lo imposible", y por el otro sería la acumulación de pequeños éxtasis que son estímulos transitorios y lucidez fugaz que perturba por momentos la percepción de cotidianidad.
En la últimas décadas del siglo XX y lo que va del siguiente se ha hecho notorio la semejanza entre la experiencia artística contemporánea y la ceremonia ritual de antiguos cultos místicos que se remontan al Neolítico; pensar que a su luz coincide una suerte de estética extática con tantas corrientes del arte contemporáneo como el body art que desde los setentas se convirtió en una forma muy controvertida si tenemos en cuenta que hubo artistas como Dennis Oppenheim que se auto agredieron física y sexualmente, Marina Abramovic quien en repetidas ocasiones se auto infringía dolor, se hacía heridas y cortadas todo dentro de un escenario ritual o el artista norteamericano Bob Flanagan quien utilizó el dolor ritualizado para canalizar el sufrimiento de la fibrosis que padecía.
Son este tipo de happenings (acción ante un público que por lo general participa), donde se enjuician los paradigmas sexuales y se pone a prueba la resistencia corporal mientras un público fascinado asiste estupefacto a la manifestación plena de un terror que Edmund Burke entendió: " si el dolor no llega a la violencia y el terror no tiene relación con el peligro real de destrucción de la persona…son capaces de producir deleite".
En los aquelarres se hacían reuniones clandestinas porque la religión dominante de la época las desautorizaba y los participantes se untaban alucinógenos por vía vaginal y rectal para entrar en un trance mientras la agonía del sacrificado les servía para adivinar el futuro; la Iglesia la convirtió en la Fiesta de Todos los Santos y la modernidad en una diversión de niños. Bajo el signo del arte se desarrollan cultos semejantes, experiencias religiosamente carnales, el deleite a lo sublime y a la sexualidad que a la luz del XVIII podría considerarse como un erotismo mortuorio; un afán contemporáneo de mantener el éxtasis a lo Woody Allen, provocando por un lado y consumiendo por el otro.

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