Arte: El valor de la imagen

Por Anna Maria Guasch
De estar vivo, a Ernesto Guevara, que la Historia conoce como el Che (Guevara), le faltarían pocos meses para cumplir los ochenta. Nació en 1928, en Rosario (Argentina), en el seno de una familia de clase media alta, aunque de alcurnia aristocrática. Su tatarabuelo paterno era tenido en su época por el hombre más rico de Sudamérica, y, por el lado de su madre, entre sus antepasados se encuentra don José de la Serna e Hinojosa, último virrey de la Corona Española en Lima. Vivió su adolescencia sin penurias en los años de la postguerra mundial, acompañado por un persistente asma que le hizo sumergirse intensamente en la lectura y, probablemente, también en el juego pausado del ajedrez. Estudió medicina y, en Guatemala, donde pretendía ejercer la cura de cuerpos, se forjó su voluntad de cambiar el mundo que se asentaba en un cada vez más interiorizado anticapitalismo y antiimperialismo norteamericano de ideología comunista.

De Guatemala, el Che saltó a México, y allí se unió al círculo de cubanos exiliados encabezado por Fidel Castro. Éste, Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara constituyeron el triunvirato militar que acabó con el régimen de Batista y que conformó el nuevo gobierno revolucionario en el que el Che participaría como director del Instituto Nacional de la Reforma Agraria y como presidente del Banco Nacional de Cuba, encabezando además el gobierno en la sombra de La Cabaña, encargado, en los primeros meses, de la eliminación de los criminales de guerra.

Hasta la victoria, siempre. En 1965, Ernesto Guevara renunció a sus cargos gubernamentales en Cuba para encabezar la lucha revolucionaria del Congo y, posteriormente, en varios países americanos. Capturado por el ejército boliviano y con la colaboración de la CIA, fue fusilado en La Higuera hace ahora 40 años. El mismo año de su muerte, en 1967, el editor italiano Giangiacomo Feltrinelli editó un póster con la imagen de su rostro que había sacado el fotógrafo cubano Alberto Díaz Gutiérrez, más conocido como Alberto Korda (1928-2001), mientras el Che miraba el cortejo fúnebre de 75 cubanos asesinados en el sabotaje del barco Le Coubre el 5 de marzo de 1960. En 1968, el editor Feltrinelli insistió en la imagen, utilizándola como portada de los diarios de Bolivia: los revolucionarios del 68 ya tenían su icono, y, con ellos, todos los revolucionarios que, a largo de cuatro décadas, se han sentido reconocidos en sus ideales.

Primero fueron los revolucionarios filocomunistas, pero, con el pasar de los años, el rostro en blanco y negro de eterno rebelde con causa que borró la edulcorada imagen de James Dean pasó a ser, fuera de cualquier connotación política tácita, icono de todo soñador inaceptado e incomprendido que denunciase las injusticias de un mundo a la deriva.

A través de fotografías, carteles, películas, sonidos, ropa, objetos publicitarios e imágenes de netbook, y estructurada en diversos apartados -«Transformación», «Revolución», «Pop», «Fetiche», «Mercado», y «Chesucristo»-, la exposición que se presenta en el Palau de la Virreina -lugar ahora de multiculturales incomprensiones e injusticias-, comisariada por la crítica inglesa Trisha Ziff, analiza la utilización, la deriva y la manipulación de la imagen del rostro del Che y el fagocitismo de la sociedad perdida que el argentino-cubano quiso cambiar. Pero, tal y como se manifiesta en el muy adecuado catálogo de la exposición, citando palabras de Sean O?Hagan: «Hoy, el Che vive. De acuerdo, pero no como él o sus camaradas revolucionarios pudieron imaginarse jamás ni en sus peores pesadillas. Se ha convertido en una marca comercial mundial».

Icono de una época. El que para muchos fue un temible revolucionario de espíritu incorruptible, símbolo de las luchas contra las injusticias sociales, y, para sus detractores, un asesino criminal y en masa, ha quedado reducido -como señala la cita de David Kunzle en el catálogo- a un icono de una época más que de una ideología o, como afirma Iván de la Nuez, en un «producto cultural a caballo entre la utopía moderna de un mundo que no pudo ser y la realidad posmoderna de un mundo que, por imposible, no ha quedado otro remedio que esterilizarlo».

Como si fuera el becerro de oro bíblico -Marilyn es icono, pero no tanto- el rostro del Che quiere ser poseído por revolucionarios y por estrellas de Hollywood, por nostálgicos del comunismo y por ultras de fútbol, por artistas afamados y por graffiteros anónimos... Y todo, como afirma el poderoso publicista Nick Bell, por ser una imagen barata y muy rápida de copiar. Si el Che hubiese sido fusilado en otra década con otros métodos de reproducción gráfica que los propios de los sesenta, hoy sería uno más de los socialistas utópicos muertos por sus ideas. Seguramente, no conoceríamos su intenso rostro de serigrafía.

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=8579&num=826&sec=36

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