Cine: Archipiélago Bergman
Al comienzo de La isla de Bergman (2004), le vemos andar con pasos largos pero un tanto vacilantes: podría ser un vigoroso jubilado cualquiera -tenía entonces 85 años- dando su terapéutico paseo, pero entonces oímos su voz en off : «A los demonios no les gusta el aire fresco». Imposible no recordar que muchos años atrás había declarado que «tener un padre pastor hace que uno llegue a conocer pronto al diablo y es necesario darle una forma concreta».
Conjuro. Desde muy pronto lo conjuró con la linterna mágica y su versión adulta, el cinematógrafo; pero su gran demonio no es el que presentó en El séptimo sello jugando al ajedrez con un caballero. Nadie se ha preguntado mejor que Bergman, pública y artísticamente, si Dios tiene acidez de estómago, según la frase con que resumió su obra su actor fetiche Erland Josephson: el silencio de Dios nunca ha sido tan atronador como en el mundo absurdo de El silencio o en el cura sin fe de Los comulgantes. Pero en Confesiones privadas (1996, dirigida por Liv Ullman a partir de un guión suyo), Bergman hace que otro actor fetiche, Max von Sydow, en el papel de un obispo, responda así a una pregunta de Pernilla August: «No me preguntes por Dios, pregúntame por lo sagrado que hay dentro de los hombres». En La isla de Bergman, el cineasta revela que ésa es exactamente su postura sobre la cuestión y lamenta el daño que puede haber hecho a sus seres queridos, a alguna de sus cinco esposas y a los muchos hijos tenidos con ellas y de los que nunca se ha ocupado.
Pero el remordimiento, que Bergman desdeña por parecerle un acto inane y vano en comparación con el sufrimiento causado, no es la razón por la que ha vivido solo en la isla de Faro, condenándose al olvido de la forma más inolvidable (de nuevo, según expresión de Josephson). No considera su vida solitaria, pese a que sólo recibe la visita de una asistenta por la tarde; le gusta hablar pero deja pasar días enteros sin hacerlo, porque considera que el silencio (humano) es algo gratificante y maravilloso. Sólo lo rompe la música, el arte capaz de acercarse a lo inefable, a ese elemento sagrado de las personas cuya compañía rechaza
Incisiones. En cuanto al arte de Bergman, parece necesitar de la insularidad de su remota isla báltica para trazar sus agudas incisiones en el alma humana. Se enamoró de Faro un lluvioso día de primavera de 1960 cuando buscaba localizaciones para rodar una película cuya imagen inicial había visualizado en la forma de cuatro personas que emergen de un mar crepuscular (así comienza Como en un espejo) y tuvo un flechazo: más exactamente, tuvo la sensación extraña de haber encontrado su casa.
En su autobiografía, Linterna mágica, enumera las causas de su ligazón con Faro: «Primero fueron las señales de mi intuición: éste es tu paisaje, Bergman. Responde a tus ideas más profundas en lo tocante a formas, proporciones, colores, horizontes, sonidos, silencios, luz y reflejos. Aquí hay seguridad. No pregunten por qué? En tu profesión buscas simplificación, proporción, tensión, respiración. El paisaje de Faro te proporciona todo eso en gran medida».
Bergman se instaló en la isla de la municipalidad de Gotland en 1966, construyó una casa para él y para Liv (que tardó pocos años en marcharse), y luego se construyó un cine privado en donde rodó los interiores de Secretos de un matrimonio, en donde hizo la première mundial de La flauta mágica y en donde se hace proyectar películas que le presta la cinemateca sueca (un Chaplin el día de su cumpleaños). Y en 2004, vendió sus demás casas y permaneció hasta su muerte en un lugar cuyos habitantes naturales siempre respetaron sus deseos de intimidad, y al que dedicó dos piezas documentales de escueto título, Farodokument 1969 y Farodokument 1979.
Encierro. Por supuesto, los guiones de sus filmes reflejan su decisión personal: a Bergman le ha gustado encerrarse con sus personajes en el escenario a la vez abierto y cerrado de una isla, incluso antes de residir en Faro. Los protagonistas de Un verano con Monika se embarcan rumbo a una isla en la que viven un verano edénico, como la primera pareja, lejos del mundanal ruido. Y el propio Bergman se contagia de ese espíritu, se libera de las convenciones del rodaje en estudio y descubre esa noción de adaptarse a las condiciones de rodaje, propia del cine de la modernidad.
Pero luego la isla le servirá no para rodar cómo se viaja sino para aislar a sus parejas en escenarios que son como prisiones del alma: el realismo naturalista de su primer cine, aunque frecuentemente atravesado por incursiones oníricas y teñido de expresionismo, sufre un proceso de despojamiento que le lleva por una senda de abstracción en decorados, escenarios y conflictos, redescubriendo la estilización y la concentración dramática con las que suele trabajar en el teatro, su otra y según él principal vocación.
Películas como la citada Como en un espejo, Persona, La vergüenza, La hora del lobo y Pasión son las piezas maestras de este proceso de insularización que es también el de la conversión de un cineasta «clásico» en otro modernista que aisla a sus personajes al vacío. De ahí provienen las acusaciones que Bergman recibió regularmente de aislarse del mundo real y no tratar cuestiones contemporáneas. Y es cierto que, en los politizados años 60, sus alusiones son casi abstractas: el bonzo inmolado que contempla por televisión Liv Ullman en Persona o los anónimos militares y tanques de El silencio y Vergüenza. Pero el fuerte de Bergman no es el mundo histórico, como lo demuestra alguna incursión del estilo de El huevo de la serpiente. A cambio, una de sus grandes aportaciones fue la de arrancar al drama psicológico de su condición de «arte burgués», dándose la paradoja de que su cine más moderno es el más cercano a su admirado Strindberg.
Conclusiones. Y para ello, para desprenderse de todo lo que le crea mala conciencia y poder trazar las impúdicas confesiones del más autobiográfico de los cineastas de ficción, para emprender ese viaje enciclopédico por la condición humana, para mejor observar y redondear a sus incompletos personajes, debió primero recluirse él y luego recluir a sus criaturas de ficción, aislarlas de la sociedad civil, para mandarnos sus conclusiones, ya públicamente y de forma excelsamente artística, desde el confín de su isla remota. Igual que un viejo solitario que recapitula su vida, como el personaje tan parecido a Ingmar Bergman que encarna Erland Josephson en Infiel, bajo la sabia dirección de su ex-esposa Liv Ullman, mientras pasea por una playa que podría ser la de Faro.


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