Cultura: Entrevista a José Luis Pardo
"Hemos pasado del Estado de bienestar al del malestar"
"Se está produciendo un divorcio cada vez más marcado entre política y poder y se genera el estado des malestar". "Se abandona la cultura del esfuerzo por lo poco rentable que resulta esforzarse".
por Josep Massot
José Luis Pardo acaba de publicar 'Esto no es música' (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), un libro sorprendente que confirma a su autor como el cabeza de fila de la nueva filosofía española. A partir de la carátula del 'Sgt Peppers' de los Beatles, Pardo piensa su propio tiempo con una amenidad e inteligencia desacostumbrada, con hilos (un yo narrativo ficticio) que unen "diferentes registros y niveles que el texto comporta, de la metafísica de Platón a la zarzuela, de Nietzsche a Mae West o del Correcaminos a Hegel".
"Lo vivido" es una expresión equívoca. Que algo haya sido "vivido" no lo hace cierto o verdadero (uno puede "vivir" los acontecimientos de una manera completamente errónea con respecto a su objetividad, lo cual es lo que sucede más a menudo). La creación de un personaje-narrador que dice "yo" y aparentemente habla de algunas de sus experiencias es más bien, en mi libro, un recurso de escritura para intentar facilitarle al lector la transición -a veces muy difícil- entre los diferentes registros y niveles que el texto comporta, de la metafísica de Platón a la zarzuela, de Nietzsche a Mae West o del Correcaminos a Hegel.
Parte de un cuadro mosaico, la portada del 'Sgt Peppers', donde se mezcla el pop y la cultura de ceja alta, Stockhausen y Dylan. Habla de que hoy hay una crisis de la representación. Lo compara con Las meninas y dice que si en Velázquez lo preside el rey ausente, aquí el lugar es para la soberanía popular. Pero también están Oliver & Hardy, los pequeños y los bufones pueden hacer grandes cosas, y los poderosos, el ridiculo. ¿Una ilusión de igualdad?. Muestra a Bing Crosby desplazado por la riada de los tiempos que cambian de Dylan. Había, dice, un futuro por conquistar, ¿cuál?
Yo creo que la "crisis de la representación", es decir, de una cierta idea de representación, es la consecuencia de los regímenes de soberanía popular. Pues, en estos regímenes, los "representantes" no lo son de una clase o de un pueblo pre-existentes que delegasen en ellos su mandato: el "pueblo" de la "soberanía popular" no precede a las constituciones modernas, sino que justamente nace de ellas. Al convertir el Estado social de derecho en una suerte de nuevo pacto constitucional, después de la segunda guerra mundial, nació de ese acuerdo todo un "pueblo" antes invisible, o experimentable únicamente en aquellos términos espectrales de los que hablaba el Manifiesto de Marx y Engels. La idea de que hay "un futuro por conquistar" es la idea que preside la filosofía moderna de la historia; yo diría que, sea cómo sea que entendamos la portada del disco de los Beatles, significa más bien un descanso en esa tarea inacabable de conquistar el futuro y de "llegar a ser alguien".
"La abultada presencia de cómicos en esa foto nos avisa de que quizá toda la presunta seriedad que atribuimos a esas tareas como "conquistar el futuro" o "llegar a ser alguien" es como para mondarse de risa (y los que se mondan de risa lo hacen con el peso de una experiencia de siglos: la de una clase que sabe perfectamente los "éxitos" que se cosechan en esa tarea infinita de conquista y cuánto sufrimiento inútil comporta esa filosofía de la historia). Que la igualdad se haya convertido en una broma es más bien la sospecha que se apodera de nosotros desde el momento en que las instituciones políticas dejan de tener como prioridad la reducción de las desigualdades sociales.
¿Qué pasó para que años después el punk devolviera a los jóvenes a la melancolía?
El elemento melancólico siempre estuvo presente en la cultura popular, basta escuchar algunos de los números del Music Hall o incluso de las zarzuelas para darse cuenta de hasta qué punto los personajes miran con distancia irónica sus propias aventuras disparatadas. Con todo, si se puede tomar como emblema del punk aquel eslogan de los Sex Pistols: "no hay futuro, nosotros somos el futuro", creo que aún se puede percibir en él esa ruptura con la filosofía de la historia que nos ordena -en nombre de fuerzas lejanas, sobrehumanas y desconocidas- subordinar el presente a un futuro ignorado y someter nuestra aspiración a la felicidad a las grandes hazañas que exigen el aplazamiento de esas aspiraciones y cuyo sentido último y su carácter inapelable nadie ha sido capaz hasta ahora de presentar en términos racionales.
Dice que los protestantes crearon el estado del bienestar cuando Europa se quedó sin territorios coloniales para deshacerse de su población excedente y tuvo entonces que sanear ese segmento de población, según la teoría de que el bienestar era a cambio del esfuerzo previo. Los jóvenes, afirma, se escapaban de casa porque no les atraía esa moneda de cambio, buscaban otras cosas que no se compran por dinero, diversión, por ejemplo. ¿cuáles eran los fallos?
Yo no lo describiría como "fallos", sino todo lo contrario. La adolescente que se va de casa en She's leaving home en busca de diversión puede hacer eso -es decir, puede permitirse el lujo de salir de casa no para buscar el éxito profesional, económico o matrimonial, sino únicamente en busca de la felicidad (que, como dice Hegel con pleno conocimiento de causa, en la Historia sólo escribe páginas en blanco)- precisamente gracias al esfuerzo que sus padres han invertido en la construcción del Estado social de Derecho, que por primera vez admite para los hijos de las clases trabajadoras un porvenir distinto de la subordinación a un destino cuyo guión está escrito por los dioses de la guerra y del comercio.
"La preocupación de los padres se debe a que saben por experiencia cómo suelen terminar esas "salidas de casa" de los hijos: con su regreso, en el mejor de los casos, con las esperanzas rotas y la salud minada por la fábrica o, en el peor, con su cadáver en un féretro cubierto por la bandera nacional. Los padres saben que los respiros que da la Historia Universal son escasos y breves, pero en todo caso la hija se va de casa no contra sus padres o para denunciar sus fallos, sino precisamente gracias a sus padres y a sus "éxitos" (colectivos). Hoy solemos decir que nuestros adolescentes sólo buscan "diversión" y han olvidado la cultura del esfuerzo, pero las razones son completamente distintas. Que el esfuerzo denodado tuviese una compensación proporcional no es, a diferencia de lo que pensaban los darvinistas sociales, una ley natural: toda la evidencia histórica nos muestra que quienes más se han sacrificado históricamente son quienes menos compensaciones han tenido. El único minuto durante el cual se tuvo la impresión de que quizá, con un poco de suerte, un esfuerzo genuino pudiese tener una compensación proporcionada fue aquel en el cual existía la gran maquinaria -económica, militar, sanitaria, burocrática, financiera, política, etc.- del estado del bienestar, lo que prueba que esa "compensación" no es en absoluto una ley natural sino un complejo y difícil artificio sociopolítico.
"De manera que el actual "abandono" de la llamada "cultura del esfuerzo" no se debe a los excesos intelectuales de algunos pensadores sesentayochistas más o menos extravagantes, sino a la experiencia, que cualquiera puede realizar, de lo poco rentable que es el esfuerzo, como vemos cuando abandonamos a nuestros hijos en las aulas de la educación pública, a nuestros padres en los hacinados pasillos de los hospitales de la seguridad social, o cuando percibimos que en los tribunales ganan a menudo los tunantes y pierden los justos. Esto, y no las ideologías izquierdistas, es lo que mina la confianza social y crea rencor y malestar.
¿Da por muerto el proyecto del estado del bienestar?
Ningún político en ejercicio declarará abandonado este proyecto, por miedo a perder su clientela, pero lo cierto es que tenemos la bien fundada impresión de que ese proyecto ha quedado cuando menos en suspenso cuando vemos descreer de él y actuar contra su lógica, no ya a los políticos de la derecha, sino también a los de la izquierda (lo cual no deja de sorprendernos). Seguramente esto no es solamente culpa de los políticos, sino del hecho más general de que se está produciendo un divorcio cada vez más marcado entre política y poder, es decir, de que el poder está emigrando a otras esferas (el llamado orden de "lo global") sobre las cuales la política tiene poca influencia. Pero como ningún político declara abiertamente esta situación (lo cual sería el primer paso para buscarle remedio), los ciudadanos experimentan cotidianamente la decadencia de sus instituciones y la degradación de sus espacios públicos, así como la evacuación de todo proyecto político compartido y su sustitución por el espectáculo de las identidades enfrentadas. Eso es el "estado del malestar". En la peor de las perspectivas -que realmente hubiera que abandonar por imposible el proyecto del estado social de derecho, cosa que desde luego estoy lejos de pensar-, lo último que a mi modo de ver debe hacer un pensador de hoy es acompañar ese abandono con entusiasmo y alborozo, como si fuera el ingreso en un nuevo futuro prometedor de satisfacción, cuando en realidad se trata de la defenestración del proyecto político más digno que Europa ha construido en los últimos cien años.
A la vieja Europa la sustituyó la joven América. Un imperio desterritorializado, aéreo, fantasmal, ¿puede levantar su mapa?
América se constituyó como nación admitiendo, por así decirlo, diferentes "pulsos" identitarios: los inmigrantes italianos no tenían que "desitalianizarse" para hacerse estadounidenses, sino que de alguna manera "italianizaban" los EE.UU. (creando una Little Italy desterritorializada), etc. Todas las identidades cabían en este tren nacional que constituía aquella "unidad de destino" de la que alguno hablaba a propósito de este asunto. Todas menos una: la no-identidad, esa laguna de inamericanidad en pleno corazón de América constituida por los esclavos liberados que no tenían un pasado que añorar (como los inmigrantes europeos) ni tampoco podían esperar un futuro en un tren para el cual no tenían billete, y al que sólo podían subir clandestinamente y viajando de incógnito.
Hace una analogía del 'off-beat' del 'be bop' como el sonido que vuela inasible por las estructuras. ¿puede explicarlo?
Precisamente por lo que acabamos de explicar a propósito de los afroamericanos, no es nada extraño que su música crease inmediatamente esa estructura coloquialmente llamada 'off-beat': es decir, una colección de notas que suenan fuera del pulso fundamental marcado por los golpes de la batería, fuera de la identidad nacional, por muy multicultural que esta sea, como una melodía sin latido, sin pulso explícito, pero que encierra una temporalidad implícita irreductible a la del tiempo histórico marcado por los golpes del tambor de guerra que primero tocó Napoleón, luego el Big Ben y después las dos super-potencias que hacían latir el mortífero corazón termonuclear de un reloj cuyo tic sonaba en Washington y cuyo tac lo hacía en Moscú. Dar expresión a esa temporalidad que escapa del ritmo febril del tambor de guerra y de la sirena de la fábrica es una de las funciones de la música popular de mediados del siglo XX.
¿Cómo ha elegido a sus personajes?
En principio, empecé a extraer elementos narrativos de las figuras que aparecen en la portada del disco, pero a medida que la cosa se fue complicando empezaron a colarse otros retratos indispensables: como el de Luigi Lucheni y la princesa Sissi (sin cuyo relato me había sido difícil explicar toda la complejidad que encierra el término "nihilismo", tan importante en el pensamiento de Nietzsche) y algunos más. Después de todo, se trata de un libro de filosofía -pero de una filosofía que, por así decirlo, es de este mundo, aunque su estancia en él sea siempre un poco incómoda y a menudo algo ridícula-, y los personajes son lo que Gilles Deleuze llamaba "personajes conceptuales", es decir, intentos de ponerles a los conceptos ojos, manos, tacto y sabor, porque sin esos elementos ni siquiera podríamos llegar a pensarlos.
Del Superman y los rascacielos de 'Metrópolis' a la lluvia de meteroritos de 'Smallville'. La globalización ha empequeñecido el mundo y -ya lo señalaba en su anterior libro, 'Las reglas del juego'-, no se sabe dónde están ni hay control democrático sobre los superpoderes que sobrevuelan como fantasmas el cielo que ni viven en las ciudades ni se comprometen con sus gobiernos. Señala la paradoja de que una época en la cual la subjetividad se ha vuelto inestable y modulable es también la era en la cual la identidad se ha vuelto la más tiránica y rígida de las exigencias individuales, una eterna adolescencia que no asume responsabilidades ¿Qué quiere decir?
Es como mínimo muy significativo que, en el mismo terreno de la cultura popular, se haya pasado del super héroe que vive en una gran ciudad ('Metrópolis') de cuyo gobierno quieren apoderarse las fuerzas del mal, al héroe permanentemente adolescente que vive en una pequeña aldea ('Smallville') en la cual los malos ya no tienen el menor interés en apropiarse del gobierno de las ciudades, porque no quieren ocupar ningún terreno sino dominar desde la distancia. Y no es menos curioso que en 'Smallville' todo el mundo, como en una perpetua adolescencia, esté preocupadísimo por su identidad y la considere incompatible con la de sus vecinos, y el gran rotativo para el cual trabajaba como periodista Clark Kent se haya convertido en un boletín del Instituto de Secundaria. Probablemente esto traduce una coyuntura en la cual, entre otras muchas cosas, los ciudadanos experimentan que la desigualdad social ya no tiene soluciones sociales, y por ello la viven como un problema individual (o grupal), casi "psicológico" o biográfico, y entonces se transforma en esa identidad cuya proyección desaforada y afrentosa llena con su espectáculo un espacio público vacante de todo proyecto politico compartido.
En su libro hay una reflexión sobre el tiempo y su sentido.
Creo que la filosofía tiene que ver, desde sus orígenes, con esta cuestión. En este libro la presento a partir de la distinción "antigua" entre Poesía (es decir, nuestras aspiraciones a poder contar un relato pleno de sentido con un final concluyente y justo) e Historia (es decir, la constatación de que las cosas suceden sin la menos compasión hacia nuestras aspiraciones al sentido, y de que el sentido que atribuimos a nuestras acciones tiene generalmente poco que ver con las que acaban siendo sus consecuencias factuales). En mi libro menciono dos grandes intentos de terminar con esta dolorosa escisión entre el tiempo (en este caso la Historia) y el sentido: el primero es el de Hegel, que consiste en convertir la Poesía en Historia, leyendo esta última como un relato cuyo final justificará todos los descalabros y despropósitos acaecidos, incluyendo el sufrimiento de los inocentes y las penalidades de los justos. El otro intento es el de Nietzsche, literalmente inverso: Nietzsche se opone a esa justificación filosófica del sufrimiento y a la idea de que el dolor puede ser rentable, y declara la Historia interrumpida y sustituida por la Poesía, pero ya no considerada como "ficción" que debe realizarse en la Historia, sino como producción cabal de realidad que debe sustituir a la Historia y frenarla o detenerla. Y es a este intento a lo que Nietzsche, con más o menos razón por lo que se refiere a Platón, llama "platonismo invertido", tema que constituye el eje más propiamente filosófico del libro.

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