Literatura: entrevista a Michel Houellebecq
"Cuando un país fue literariamente grande como la Argentina, ese impulso no se detiene"
El novelista francés, hombre controvertido entre sus pares, vino al país a hablar sobre el dominio mundial de la literatura de los Estados Unidos y dialogó con los periodistas
Por Susana Reinoso
De la redacción de La Nacion
"La narrativa no cambia el mundo. Sólo puede describirlo. Lo que cambia el mundo son textos como el Corán, las Epístolas de San Pablo o el Manifiesto Comunista, pero no lo hacen las novelas". Con semejante declaración de principios, Michel Houellebecq hizo ayer su entrada triunfal en el auditorio de la Alianza Francesa para presentarse ante la prensa.
Y continuó: "Cuando uno lee una descripción del mundo sabe cuáles son las fuerzas que operan. Da la impresión de que el mundo es más vivible cuando a uno le parece entenderlo mejor". Contradictorio en su esencia, agregó: "Pero si todo va bien, es mejor no entender demasiado".
Pesimista, xenófobo, misántropo, misógino, controvertido, son algunos de los adjetivos que sus detractores le cuelgan como pesado sayo al enfant terrible de la literatura francesa, que disertó en la Alianza Francesa sobre el dominio mundial de la cultura norteamericana. El rechaza algunos de esos conceptos pero acepta, por caso, ser misógino y maltratar a sus personajes femeninos. Casado dos veces, sus ex mujeres lo abandonaron.
Pese a su dispar relación con los medios, ayer se mostró cordial y expresivo. Ponderó, incluso, "el nivel de las preguntas que supera a las de otros países". El autor de La posibilidad de una isla (Alfaguara) llegó puntualmente vestido de colores claros y respondió con aire cansino. De inmediato, tuvo palabras elogiosas para la Argentina: "A diferencia de Colombia o Brasil, la Argentina no tiene muchos clichés asociados. Para un europeo promedio es bastante misteriosa".
En cuanto a literatura argentina, admitió que leyó bastante poco. "Sólo a Borges y, aparte de él, leí La invención de Morel (de Adolfo Bioy Casares) que me impresionó bastante. Borges es realmente muy importante. La muerte y la brújula es el cuento que más recuerdo. Cuando un país ha sido literariamente tan importante como la Argentina, ese impulso no se detiene".
¿Por qué vino Houellebecq a Buenos Aires? Porque los correos electrónicos de sus lectores argentinos lo alentaron a venir. "No recibo muchos, con excepción de la Argentina y Rusia", dijo.
La definición que el autor de Ampliación del campo de batalla (Anagrama) da de sí es bastante curiosa: "No soy casi nada en la vida, pero tengo bastante potencial. No soy una persona muy afirmada. Más bien soy vago y contradictorio. No creo ser racista, pero sí misogino. Trato bastante mal a los personajes femeninos. Incluso las mujeres encantadoras me molestan un poco. Creo que hombres y mujeres somos iguales. El discurso feminista es fastante falso. Hay mujeres que sueñan con ser amas de casa y ninguna otra cosa. Hay cierta deshonestidad en los planteos feministas".
Para seguir conociendo a este autor brillante, escéptico y notablemente lúcido, que vende millones de ejemplares de sus libros y ecandaliza a políticos e intelectuales cuando abre la boca, Houellebecq arremetió: "No soy un humanista. Soy bastante maniqueo. Creo que existen el bien y el mal pero con independencia de lo humano. Tampoco creo que la humanidad pueda cambiar. Desde lo cultural habría que producir un cambio genético".
Alguien le preguntó, entonces, si de verdad cree que la falta de amor nos hace libres. Y Houellebeq reiteró su punto de vista: "Cuando uno ama pierde libertad, eso es evidente. Nietzsche decía que un filósofo casado pertenece al registro de la comedia. Amar nos hace menos libres. Uno lo es más, cuando está solo".
Sobre el periodismo reflexionó que "es insuficiente para contar el mundo. Hoy, los periodistas están confrontados a un mundo muy difícil de entender. Hoy, la tecnología juega un rol eminente. Nadie puede explicar lo que pasa, porque nadie entiende gran cosa. Cuando la Argentina vivió aquella crisis, se entendió como un país rico que de pronto devino pobre. Leí 40 artículos y no entendi nada. Da la impresión de que lo que se juega siempre está en otra parte".
Como ya lo hizo en su obra, Houellebecq se mostró crítico con la generación de los años 60. "El error de aquella generación fue sobrevalorar sus propios objetivos. Después del rock y la pildora, nada hubiera cambiado sin Mayo del 68. La mayoría de aquella generación desarrolló una actitud de consumidores cínicos e indiferentes frente a los otros". Y concluyó: "La verdadera revolución del siglo XX fue el capitalismo que ha destruido incluso a la familia y la pareja".
La Nacion puso el dedo en la llaga al consultarlo sobre la última portada de la revista Time, en la que se augura la muerte de la cultura francesa. "No es del todo falsa. Esa tapa es, además, una muestra de un odio particular por la cultura francesa".
Reflexionó que no es el dinero ni el proteccionismo lo que da poder a la cultura norteamericana, sino "que ellos se creen su propia superioridad. Mientras que los franceses gustan contemplar su propia decadencia y eso puede durar mucho tiempo".
Como un misil directo a la línea de flotación de un barco, Houellebeq disparó: "Francia es un país extraño, de gente rara que se preocupa por el futuro de Europa, pero que --a diferencia de lo que ocurre con los españoles o los alemanes--, todavía se sigue reproduciendo".
De la redacción de La Nacion
"La narrativa no cambia el mundo. Sólo puede describirlo. Lo que cambia el mundo son textos como el Corán, las Epístolas de San Pablo o el Manifiesto Comunista, pero no lo hacen las novelas". Con semejante declaración de principios, Michel Houellebecq hizo ayer su entrada triunfal en el auditorio de la Alianza Francesa para presentarse ante la prensa.
Y continuó: "Cuando uno lee una descripción del mundo sabe cuáles son las fuerzas que operan. Da la impresión de que el mundo es más vivible cuando a uno le parece entenderlo mejor". Contradictorio en su esencia, agregó: "Pero si todo va bien, es mejor no entender demasiado".
Pesimista, xenófobo, misántropo, misógino, controvertido, son algunos de los adjetivos que sus detractores le cuelgan como pesado sayo al enfant terrible de la literatura francesa, que disertó en la Alianza Francesa sobre el dominio mundial de la cultura norteamericana. El rechaza algunos de esos conceptos pero acepta, por caso, ser misógino y maltratar a sus personajes femeninos. Casado dos veces, sus ex mujeres lo abandonaron.
Pese a su dispar relación con los medios, ayer se mostró cordial y expresivo. Ponderó, incluso, "el nivel de las preguntas que supera a las de otros países". El autor de La posibilidad de una isla (Alfaguara) llegó puntualmente vestido de colores claros y respondió con aire cansino. De inmediato, tuvo palabras elogiosas para la Argentina: "A diferencia de Colombia o Brasil, la Argentina no tiene muchos clichés asociados. Para un europeo promedio es bastante misteriosa".
En cuanto a literatura argentina, admitió que leyó bastante poco. "Sólo a Borges y, aparte de él, leí La invención de Morel (de Adolfo Bioy Casares) que me impresionó bastante. Borges es realmente muy importante. La muerte y la brújula es el cuento que más recuerdo. Cuando un país ha sido literariamente tan importante como la Argentina, ese impulso no se detiene".
¿Por qué vino Houellebecq a Buenos Aires? Porque los correos electrónicos de sus lectores argentinos lo alentaron a venir. "No recibo muchos, con excepción de la Argentina y Rusia", dijo.
La definición que el autor de Ampliación del campo de batalla (Anagrama) da de sí es bastante curiosa: "No soy casi nada en la vida, pero tengo bastante potencial. No soy una persona muy afirmada. Más bien soy vago y contradictorio. No creo ser racista, pero sí misogino. Trato bastante mal a los personajes femeninos. Incluso las mujeres encantadoras me molestan un poco. Creo que hombres y mujeres somos iguales. El discurso feminista es fastante falso. Hay mujeres que sueñan con ser amas de casa y ninguna otra cosa. Hay cierta deshonestidad en los planteos feministas".
Para seguir conociendo a este autor brillante, escéptico y notablemente lúcido, que vende millones de ejemplares de sus libros y ecandaliza a políticos e intelectuales cuando abre la boca, Houellebecq arremetió: "No soy un humanista. Soy bastante maniqueo. Creo que existen el bien y el mal pero con independencia de lo humano. Tampoco creo que la humanidad pueda cambiar. Desde lo cultural habría que producir un cambio genético".
Alguien le preguntó, entonces, si de verdad cree que la falta de amor nos hace libres. Y Houellebeq reiteró su punto de vista: "Cuando uno ama pierde libertad, eso es evidente. Nietzsche decía que un filósofo casado pertenece al registro de la comedia. Amar nos hace menos libres. Uno lo es más, cuando está solo".
Sobre el periodismo reflexionó que "es insuficiente para contar el mundo. Hoy, los periodistas están confrontados a un mundo muy difícil de entender. Hoy, la tecnología juega un rol eminente. Nadie puede explicar lo que pasa, porque nadie entiende gran cosa. Cuando la Argentina vivió aquella crisis, se entendió como un país rico que de pronto devino pobre. Leí 40 artículos y no entendi nada. Da la impresión de que lo que se juega siempre está en otra parte".
Como ya lo hizo en su obra, Houellebecq se mostró crítico con la generación de los años 60. "El error de aquella generación fue sobrevalorar sus propios objetivos. Después del rock y la pildora, nada hubiera cambiado sin Mayo del 68. La mayoría de aquella generación desarrolló una actitud de consumidores cínicos e indiferentes frente a los otros". Y concluyó: "La verdadera revolución del siglo XX fue el capitalismo que ha destruido incluso a la familia y la pareja".
La Nacion puso el dedo en la llaga al consultarlo sobre la última portada de la revista Time, en la que se augura la muerte de la cultura francesa. "No es del todo falsa. Esa tapa es, además, una muestra de un odio particular por la cultura francesa".
Reflexionó que no es el dinero ni el proteccionismo lo que da poder a la cultura norteamericana, sino "que ellos se creen su propia superioridad. Mientras que los franceses gustan contemplar su propia decadencia y eso puede durar mucho tiempo".
Como un misil directo a la línea de flotación de un barco, Houellebeq disparó: "Francia es un país extraño, de gente rara que se preocupa por el futuro de Europa, pero que --a diferencia de lo que ocurre con los españoles o los alemanes--, todavía se sigue reproduciendo".


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