Música: Stockhausen, el punto y el infinito




Por Alberto González Lapuente



Hace ahora cinco años, recien cumplidos los 75, Stockhausen explicaba que su «música requiere un esfuerzo de adaptación que se va cogiendo con el tiempo». Su reciente muerte acaba de convertir cualquiera de los plazos en tiempo histórico. Hoy, sus casi 300 obras, forman un corpus cerrado que, partiendo de la experiencia sobre lo mínimo tal y como procuraba el rigor serial de las primeras obras («Todo ha de plegarse hacia el punto», 1952), concluye en consideraciones macroscópicas de carácter místico-cósmico («La obra de arte representa nuestra conciencia trascendental... Somos los átomos del Señor», 1985). De todo ello da cuenta este ramillete de obras, instantes en la trayectoria de un compositor de insaciable inventiva.

«Gruppen» (1955-1957). Tres orquestas y tres directores rodean al público. En realidad, son tres continuidades formales simultáneas. Combinación de músicas independientes, encuentro de grupos diferenciados, cada cual con su propio volumen sonoro, instrumentación, pauta rítmica, tesitura, dinámica... Al final, la protagonista es la textura, las contradicciones y las características comunes de un todo que se funde en un efecto global lleno de sonidos admirables. Es la primera gran obra sinfónica. Un hito.

«Gesang der Jünglinge» (1955-1956). Stockhausen ratifica el principio de la música electrónica. En él, se sintetiza la grabación de la voz de un adolescente, su reproducción electrónica a modo de coro y los sonidos electrónicos genuinos. Y aún importa el espacio como parámetro de la obra, la dirección del sonido y el recorrido que realiza. Cinco grupos de altavoces se distribuyen alrededor de los oyentes. Stravinski dirá que «manifiesta una marcada personalidad, una percepción innata del medio. Me gusta la forma en la que el sonido desciende, como si procediera de emanaciones».

«Momente» (1962-1964). Surge el sincretismo religioso. Una soprano, cuatro grupos vocales y trece instrumentistas son responsables de una secuencia de momentos autónomos. La mezcla incluye versículos del Cantar de los cantares, fragmentos del antropólogo Bronislaw Malinowski, sobre La vida sexual de los salvajes, nombres y trozos de cartas, onomatopeyas y ejemplos grabados de la reacción del público. El fin es abolir cualquier diferencia entre lo vocal y lo instrumental, entre sonido y silencio, entre tono y ruido.

«Hymnen» (1966-1967). Se percibe lo ecuménico. Casi dos horas de duración para representar la voluntad de entendimiento entre todos los pueblos de la Tierra. Al comienzo se oye el caos formado por diversas emisiones de radio en onda corta y las palabras que se desprenden de La Internacional. Luego vendrán las citas musicales procedentes de diferentes himnos nacionales. Apabullan sus dos horas de duración. Electrónica con o sin solistas tocando en vivo. Es una de las obras más poderosas.

«Stimmung» (1968). Seis solistas vocales adoptan un único acorde, y a partir de él despliegan más de una hora de música. Sin aparentes cambios, se sucede un caleidoscopio de matices tornasolados, de mixturas, una especie de sesión espiritista de carácter musical, en cuya tranquila envoltura se hacen escuchar, de vez en cuando, nombres de dioses de las más diversas religiones. Hay algo de experiencia mística en su contemplación.

«Mantra» (1970). Stockhausen ya no propone: él es el maestro, el gurú predestinado a transmitir las enseñanzas. En apariencia, hay una vuelta a métodos compositivos tradicionales: dos pianistas y una escritura convencional. Mantra es una meditación, la entrada al mundo esotérico a través de la transformación del sonido. El uso de cajas chinas y címbalos antiguos confirma el ceremonial de culto.

«Licht» (1977-2003). La búsqueda de lejanos mundos cósmicos, la formulación cada vez más clara de una particular mitología de carácter universal desemboca en Licht, un colosal proyecto de teatro musical pensado para siete noches consecutivas, en siete auditorios, durante los siete días de la semana. Un cuarto de siglo de trabajo se acumula detrás de un mastodonte que incluye curiosidades como el Cuarteto de los helicópteros. El joven y radical Stockhausen sólo aspira, ahora, a recibir a los convencidos. El riesgo de lo trivial está presente, todo depende de la complicidad del adepto. En el Festival de Canarias de 2003, se estrenó la última escena, Hoch-Zeiten.


http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=8742&num=828&sec=33

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