Arquitectura: La otra mirada Zoom
Buenos Aires sin patrimonio
El marketing "desarrollador" reemplaza a la poética edilicia y sólo van quedando retazos del esplendor arquitectónico
Por Fabio Grementieri *
Para LA NACION - Buenos Aires, 2008
Pasa el tiempo y Buenos Aires va perdiendo carácter e interés, se vuelve hace cada vez más insulsa. Ocurre así porque predomina la construcción en lugar de la arquitectura, los nuevos edificios son en general burdos e inconsistentes, el marketing "desarrollador" reemplaza a la poética edilicia y sólo van quedando retazos del patrimonio que la ciudad supo conseguir.
Lo construido en los últimos treinta años rara vez conmueve a alguien, pero en cambio sí sigue conmoviendo lo que queda de lo edificado en las décadas anteriores. Porque a no engañarse: el charme de Buenos Aires está dado por todo lo construido hasta mediados del siglo XX, patrimonio entre fabuloso e insólito y de atractivos encantos.
Edificios, sitios y espacios en tal cantidad y con tanta imponencia que, más allá de cuantiosas demoliciones y desfiguraciones, siguen aún hoy cualificando el paisaje urbano, la memoria y la singularidad de la capital del país, que es sofisticado reflejo de una sociedad pujante y, sobre todo, ecléctica como pocas.
Caminar por muchos barrios es como ver cine catástrofe o desvanes de cambalache. Las avenidas son regueros de carteles abrumadores; y los frentes, generalmente reparados o pintados de manera payasesca.
Las veredas, cuando no llenas de baches, están reparadas o rehechas como patchwork de baldosas, salpicado de ridículos canteritos que asfixian a los árboles.
Las fachadas de la mayoría de los edificios nobles se intervienen con cirugías y tratamientos cosméticos que las dejan irreconocibles, como caras rejuvenecidas de algo que nunca fueron. Y buena parte de los edificios más valiosos, abandonados o maltratados, algo que no se ve en casi ningún lugar del mundo. La sensación es ambigua, tensada entre la decadencia y el despilfarro, entre la desolación y el progreso espurio.
El patrimonio está a la deriva y, además, escorado, por no decir a los tumbos. En su tutela no hay pilotos, ni en la ciudad ni en la Nación. Un complejo cóctel (falta de memoria, desprecio por lo propio, por lo común y por lo ajeno, perversión de valores y criterios, incultura de dirigentes e intelectuales, contubernios entre empresarios y gremios de profesionales de la construcción) está devastando el patrimonio arquitectónico y ambiental de Buenos Aires.
El gran riesgo es que todo ese desbarajuste sedimente, también por indiferencia, como una falsa "cultura del patrimonio", mientras que otros países llevan adelante estrategias y políticas de preservación más protectoras y más sustentables que las que se practican localmente.
La ciudadanía y la opinión pública también son partícipes de este estado de situación. En general, apenas se preocupan por la degradación del patrimonio cultural inmueble; sólo lo hacen cuando la demolición de una casona antigua vecina puede dar lugar a la construcción de una torre que les arruine la luz, la vista o la tranquilidad.
Pero hay algunas señales de esperanza, tales como un puñado de asociaciones vecinales o el grupo Basta de Demoler. En el último año y mediante un activismo intenso han logrado hacerse escuchar en los medios y, en consecuencia, sacudir un poco la modorra de los políticos.
Algunos de estos, comandados por la Comisión de Patrimonio Arquitectónico y Paisajístico de la Legislatura, han reaccionado e impulsado una Ley de Emergencia Patrimonial que pretende poner freno a las demoliciones indiscriminadas. Es apenas una aspirina para el mal crónico de depredación de la ciudad. Hace falta una nueva política para proteger lo viejo, objetivo difícil de lograr con dirigentes y técnicos gatopardistas y faroleros que, en lugar de poner manos a la conservación, gastan energías y fondos en proyectos disparatados e insustentables como la candidatura del sector costero de Buenos Aires a la Lista de Patrimonio Mundial, que acaba de ser rechazada por la Unesco.
Las expectativas respecto de una nueva política de preservación patrimonial que había generado el cambio de gobierno de la Ciudad fueron lamentablemente defraudadas.
El jefe de Gobierno electo, durante la campaña había estampado su firma en una plataforma cultural preparada por Ignacio Liprandi, que incluía un capítulo -firmado por el autor de estas líneas- para revertir el desamparo en que se encuentra el patrimonio arquitectónico de la ciudad.
Es vox populi que el macrismo, que se proclamó renovador de la vieja política, dejó de lado dicha plataforma para designar funcionarios que actuaron entre 1996 y 2001. El destino incierto de la restauración del Teatro Colón (sin cronograma de reapertura hasta hoy) y la continuidad del mismo equipo técnico de los tiempos de Ibarra-Telerman, a cargo del pretencioso Masterplan, parece confirmar que el Gobierno de la Ciudad asumido hace poco más de un mes tiene una actitud continuista de la vieja política en materia de preservación.
Para LA NACION - Buenos Aires, 2008
Pasa el tiempo y Buenos Aires va perdiendo carácter e interés, se vuelve hace cada vez más insulsa. Ocurre así porque predomina la construcción en lugar de la arquitectura, los nuevos edificios son en general burdos e inconsistentes, el marketing "desarrollador" reemplaza a la poética edilicia y sólo van quedando retazos del patrimonio que la ciudad supo conseguir.
Lo construido en los últimos treinta años rara vez conmueve a alguien, pero en cambio sí sigue conmoviendo lo que queda de lo edificado en las décadas anteriores. Porque a no engañarse: el charme de Buenos Aires está dado por todo lo construido hasta mediados del siglo XX, patrimonio entre fabuloso e insólito y de atractivos encantos.
Edificios, sitios y espacios en tal cantidad y con tanta imponencia que, más allá de cuantiosas demoliciones y desfiguraciones, siguen aún hoy cualificando el paisaje urbano, la memoria y la singularidad de la capital del país, que es sofisticado reflejo de una sociedad pujante y, sobre todo, ecléctica como pocas.
Caminar por muchos barrios es como ver cine catástrofe o desvanes de cambalache. Las avenidas son regueros de carteles abrumadores; y los frentes, generalmente reparados o pintados de manera payasesca.
Las veredas, cuando no llenas de baches, están reparadas o rehechas como patchwork de baldosas, salpicado de ridículos canteritos que asfixian a los árboles.
Las fachadas de la mayoría de los edificios nobles se intervienen con cirugías y tratamientos cosméticos que las dejan irreconocibles, como caras rejuvenecidas de algo que nunca fueron. Y buena parte de los edificios más valiosos, abandonados o maltratados, algo que no se ve en casi ningún lugar del mundo. La sensación es ambigua, tensada entre la decadencia y el despilfarro, entre la desolación y el progreso espurio.
El patrimonio está a la deriva y, además, escorado, por no decir a los tumbos. En su tutela no hay pilotos, ni en la ciudad ni en la Nación. Un complejo cóctel (falta de memoria, desprecio por lo propio, por lo común y por lo ajeno, perversión de valores y criterios, incultura de dirigentes e intelectuales, contubernios entre empresarios y gremios de profesionales de la construcción) está devastando el patrimonio arquitectónico y ambiental de Buenos Aires.
El gran riesgo es que todo ese desbarajuste sedimente, también por indiferencia, como una falsa "cultura del patrimonio", mientras que otros países llevan adelante estrategias y políticas de preservación más protectoras y más sustentables que las que se practican localmente.
La ciudadanía y la opinión pública también son partícipes de este estado de situación. En general, apenas se preocupan por la degradación del patrimonio cultural inmueble; sólo lo hacen cuando la demolición de una casona antigua vecina puede dar lugar a la construcción de una torre que les arruine la luz, la vista o la tranquilidad.
Pero hay algunas señales de esperanza, tales como un puñado de asociaciones vecinales o el grupo Basta de Demoler. En el último año y mediante un activismo intenso han logrado hacerse escuchar en los medios y, en consecuencia, sacudir un poco la modorra de los políticos.
Algunos de estos, comandados por la Comisión de Patrimonio Arquitectónico y Paisajístico de la Legislatura, han reaccionado e impulsado una Ley de Emergencia Patrimonial que pretende poner freno a las demoliciones indiscriminadas. Es apenas una aspirina para el mal crónico de depredación de la ciudad. Hace falta una nueva política para proteger lo viejo, objetivo difícil de lograr con dirigentes y técnicos gatopardistas y faroleros que, en lugar de poner manos a la conservación, gastan energías y fondos en proyectos disparatados e insustentables como la candidatura del sector costero de Buenos Aires a la Lista de Patrimonio Mundial, que acaba de ser rechazada por la Unesco.
Las expectativas respecto de una nueva política de preservación patrimonial que había generado el cambio de gobierno de la Ciudad fueron lamentablemente defraudadas.
El jefe de Gobierno electo, durante la campaña había estampado su firma en una plataforma cultural preparada por Ignacio Liprandi, que incluía un capítulo -firmado por el autor de estas líneas- para revertir el desamparo en que se encuentra el patrimonio arquitectónico de la ciudad.
Es vox populi que el macrismo, que se proclamó renovador de la vieja política, dejó de lado dicha plataforma para designar funcionarios que actuaron entre 1996 y 2001. El destino incierto de la restauración del Teatro Colón (sin cronograma de reapertura hasta hoy) y la continuidad del mismo equipo técnico de los tiempos de Ibarra-Telerman, a cargo del pretencioso Masterplan, parece confirmar que el Gobierno de la Ciudad asumido hace poco más de un mes tiene una actitud continuista de la vieja política en materia de preservación.
* (El autor es arquitecto, especialista en tema de patrimonio y autor de numerosos libros sobre la arquitecura de Buenos Aires y sus influencias).



Comentarios