Cine: El valor del miedo
Público joven. Sortearemos las muchas diferencias entre El orfanato y REC (algunas de ellas muy interesantes y dignas de análisis, como por ejemplo el lugar antípoda en el que cada una sitúa «el engaño» o el antagonismo ético y estético en el trazo de la cámara) para instalarnos en la extrañeza de su coincidencia: ¿qué puede significar que dos películas pertenecientes a este género sean las únicas que hayan mantenido una buena relación con el público? La respuesta es que esta predilección por el género fantástico revela en primer lugar que el público joven es, en efecto, el que marca con más claridad la pauta de la taquilla, pues es esta franja de espectadores la que consume preferentemente este tipo de cine. La segunda conclusión no hay que atribuírsela a ningún azar o agente externo, sino a la propia calidad de estas dos películas, cada una modélica en su estilo y en su aportación al género (aunque quizá resulte más innovadora y fresca la firmada por Balagueró y Plaza). Y la tercera ha de buscarse en el equilibrio y buen trabajo en todas las áreas de la industria, desde la producción hasta la promoción: sabían a dónde debían dirigirse estas películas y han ido allí directamente.
Dos nombres, dos tendencias. Por más que queramos sorprendernos por este supuesto desembarco del cine fantástico en el gusto del público, lo cierto es que ya venía avisado, pues desde hace varios años se advierte la predilección y el avance del género (recuérdese el ejemplo, el año anterior, de El laberinto del Fauno, del habilísimo y talentoso Guillermo del Toro, quien por cierto es también el productor de El orfanato) en títulos, en nombres, en estilos? Lo que sí podría considerarse este año como eclosión o revelación es que se hayan dado, a la vez y con notable éxito, los dos estilos de cine fantástico que venían apuntándose desde hace más de una década, desde que surgieron los dos nombres o tendencias que los alientan: Alejandro Amenábar y Álex de la Iglesia.
Con un pequeño esfuerzo de la imaginación, podría establecerse que El orfanato, de Juan Antonio Bayona, responde a un estilo muy próximo al Amenábar de Los Otros o incluso de Abre los ojos, mientras que REC sigue un camino opuesto, más dinámico, más apresurado (más «gamberro», si se quiere) y más próximo al Álex de la Iglesia de El día de la bestia y más certeramente de La comunidad? Y cualquier análisis severo sobre las causas y efectos de esta eclosión del cine español nos obligará a darnos de bruces con la siguiente cuestión: ¿ha cambiado el pulso y la mirada de los directores españoles o lo que cambia es el pulso y la mirada de los espectadores españoles?
La comedia, el drama, la tragicomedia, el naturalismo?, todo ello mezclado y untado de brochazos de nostalgia, costumbrismo o de sorna y cinismo. Ahí se ha encontrado, hasta ahora, el alimento espiritual del mejor cine español, o de su mejor público. El cambio no ha sido radical, sino paulatino, pero se nos ha mostrado en este 2007 con toda su radicalidad: no hubo público para el cine, salvo para estas dos películas alejadas por completo del rutinario acostumbrado. Con un impertinente añadido: además de ser las películas más taquilleras, compiten en calidad con las otras, digamos, de «prestigio», como por ejemplo La soledad, de Jaime Rosales, o En la ciudad de Sylvia, de José Luis Guerín.
¿Repetir la hazaña? Es un hecho: el cine de fantasmas ha salvado el año del espectro del cine español. Lo incuestionable de la frase no impide que surjan algunas dudas sobre la importancia del suceso y, por decirlo en términos de curso veraniego, su sostenibilidad: ¿puede el cine español repetir este año la misma hazaña?, ¿hay fondo de armario para vestir igual de bien otras dos o tres películas?, y en tal caso, ¿podría el público aceptarlo? La lógica nos empuja a pensar lo contrario, pues en 2008 estrenará película Pedro Almodóvar y tal vez también Alejandro Amenábar, lo que hará probablemente que las aguas vuelvan violentamente a su cauce, el cine español a sus modelos habituales y los espectadores a su rutina? Y todo ello empuje a estos directores amantes del fantástico a buscarse otras cinematografías y otros públicos, tal y como hizo Juan Carlos Fresnadillo, una de las grandes sorpresas del año pasado con su película 28 semanas después, cuya primera media hora pasará a las antologías del cine de terror.
Conclusión: el cine español quiere perderle definitivamente el miedo al cine de miedo, pero, a pesar de ello y dadas las circunstancias, lo mejor que pueden ir haciendo muchos de los directores en este año 2008 es ponerse a temblar. El misterio, el terror, la intriga, el susto o el golpe de adrenalina parece que este año estarán más fuera que dentro de la pantalla.

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