Música: Bernard Coutaz: «Para vender hace falta paciencia»

Por Juan Antonio LLorente
Las noticias que llegan estos días desde el Midem, la feria referencial del disco, reflejan la dificultad para sortear la crisis del mercado fonográfico, que acusa un dramático declive en ventas, mientras cierran los comercios especializados. De la catástrofe se salva Harmonia Mundi, proyecto puesto en pie hace medio siglo por Bernard Coutaz que, con 85 años, sigue a su frente compartiendo responsabilidad con su esposa Eva. La receta para el éxito -en contra de la adoptada por su competidores, recortando costes y lavando la cara de antiguos catálogos- pasa por la inversión en nuevas aventuras. Como el Don Giovanni mozartiano dirigido por René Jacobs que, al poco de salir al mercado, vendía 40.000 copias. El mismo número que las cajas con las treinta obras más destacadas de este medio siglo de vida del sello. A la vista de los resultados, y aunque se declare hombre sin fe, creerá en los milagros. No creo en ellos, ni en nada de aquello en lo que, aparentemente, falten explicaciones. En un momento como éste, con batacazos espectaculares en el sector, ustedes continúan apuntándose beneficios año tras año. ¿La crisis no les afecta? No hay crisis en la música, ni tampoco podemos hablar de crisis de público. La música existe, y hay muchas músicas y muchos músicos en el terreno del clásico que pueden ofrecer nuevas interpretaciones de obras que conocemos. El repertorio es conocido, pero la sensibilidad de los intérpretes que van a tocarlo puede ser distinta. Y quedan muchas obras en las bibliotecas que esperan a ser descubiertas. ¿Y la sensibilidad colectiva del público? Evoluciona también de generación en generación como consecuencia del ruido que nos rodea. Incluso de ciertas músicas que escuchamos, que cambian nuestra sensibilidad. Eso hace que no sólo un intérprete pueda aportar un color nuevo a la música conocida, sino que el público esté ávido por acoger más interpretaciones de acuerdo con su sensibilidad actual. Por ejemplo, hay obras del repertorio camerístico que hace cincuenta años tuvieron mucho éxito en el sello Erato con una orquesta dirigida por Jean François Paillard. Estaban muy bien, y se vendieron muchas copias. Cuando escuchas hoy aquellas grabaciones, te das cuenta de que las cosas no van ya por ahí. No digo que lo de ahora sea mejor, pero el gusto actual no tiene nada que ver con aquello. ¿Quiere decir que se puede renovar la oferta indefinidamente? Cuando Alexandre Tharaud nos sugirió grabar un disco, nos propuso las piezas de Couperin con un piano Steinway. Nosotros, que durante mucho tiempo hemos funcionado como embajadores de la música barroca con instrumentos de época, dimos un salto y dijimos que sí. Porque también nuestra estrategia es la de acompañar a los artistas que admiramos en los proyectos de sus respectivas carreras. ¿Que quiere tocar Couperin con piano? Que lo haga. El resultado fue una auténtica revelación, porque aquel Couperin que todo el mundo conocía ha ido evolucionando por otros caminos para convertirse en algo distinto en las manos de Tharaud. Hay que vencer miedos, y ahí está: un gran éxito. En resumen: valentía a la hora de aceptar proposiciones. Hay muchos músicos y hay mucho público. Si lo pensamos, la crisis del disco viene ocasionada porque el público no tiene la ocasión de ver los discos, tenerlos en sus manos, poderlos escuchar en una tienda, hablar con el vendedor y, finalmente, comprarlos. Por eso, cuando vimos que en Francia desaparecían los comercios discográficos, abrimos nuestras propias tiendas, y ahora tenemos 44. En España, donde estamos comenzando a implantar este sistema, contamos con tres: en Gerona, Santander y Madrid. En diciembre, en Francia, en plena crisis, conseguimos anotarnos cifras históricas. Entonces el público existe. Claro que existe: lo vemos cuando acude a los conciertos, a los festivales. Ahí está la Folle Journée, que se celebra en muchas ciudades, incluyendo Bilbao. En Francia, le corresponde a Nantes, donde se han vendido 130.000 entradas para cada día. Pues bien, en el descanso de los conciertos y al final de los mismos, la gente compra discos en los puestos de música que allí se instalan. El año pasado vendimos 22.000 discos en tres días, porque a los asistentes les apetece volver a escuchar en casa lo que han descubierto allí. Si hay crisis es de establecimientos y de producción, no de público. ¿Tampoco del soporte físico, otro de los argumentos esgrimidos? Tampoco. En 1995, en unos artículos aparecidos en la prensa francesa e inglesa se vaticinaba que en 2006 el soporte físico desaparecería para dar paso únicamente a las descargas por internet. Estamos en 2008, y no sólo no ha desaparecido, sino que las descargas no representan más que el 5 por ciento de las ventas. El 95 restante se lo anotan los soportes físicos. ¿Por qué han bajado tanto las ventas? Por una parte por la desaparición de las tiendas, por otra, porque la filosofía de las multinacionales se basa únicamente en la obtención de beneficios abaratando precios, con lo cual no tienen medios para financiar nuevas grabaciones. Si se saben establecer relaciones entre el público y el soporte físico, mientras tengamos oídos, ojos y manos, tendremos ganas de mirar el disco, leer el texto del libreto y tocar el disco como objeto a poseer y llevarte a casa. Así se deduce en la actitud de toda la gente que viene a nuestros stands cuando terminan los conciertos. Se han emocionado con un intérprete y quieren un objeto suyo, un disco, para llevarlo a sus casas. De todos los suyos, ¿hay alguno especialmente distinguido con reconocimientos? Muchos. Cada trimestre, unas estadísticas nos muestran las ventas de cada título y la recuperación de las inversiones en todos ellos. Desde 1996, que es cuando las empezamos a manejar, el retorno sobre inversiones es del 132 por ciento. Es decir, que la producción cubre los gastos generales y además proporciona un margen positivo. El primer disco que grabé, antes de iniciar la serie de música de órgano, fue uno de liturgia eslava que, con unas 180.000 copias de venta acumulada en total, sigue en catálogo y vende unos 2.000 ejemplares por año. Lo mismo ocurre con el King Arthur que hice con Deller cuando aún contábamos con pocos medios económicos. También continúa reeditándose, y ya va por las 220.000 unidades vendidas. Con la venta de la música clásica hace falta paciencia, tiempo. También para escucharla. Atravesamos un momento en que la gente vive bajo presión y tiene necesidad del zapeo. Pero hay que buscar tiempo para sentarse y escuchar música, en un concierto o en casa. De ahí que esté en contra de todas las compilaciones, que no significan nada. ¿Qué es eso de tres minutos de una cosa, tres de otra y así sucesivamente? La música es paz, placer. ¿Qué tipo de relación establecen con sus artistas? Establecemos relaciones de amistad. Al no hacerles firmar contratos de exclusividad, se sienten libres y se quedan. Además, ningún director artístico o de marketing les va a hacer grabar Las cuatro estaciones como imposición. Si no quieren, no lo hacen. ¿Quién elige el repertorio? Los artistas. Son ellos los que nos dirigen y los que nos hacen evolucionar. ¿Cuántos discos ha vendido en este medio siglo? No tengo la cifra en la memoria. Puedo decir que, en estos momentos, podemos estar vendiendo unos cinco o seis millones de copias al año. Pero yo no pienso en el pasado, porque no me preocupa. Incluso en este momento, cuando celebramos cincuenta años de vida de Harmonia Mundi, me siento muy orgulloso de no mirar a través del retrovisor. Prefiero dirigir la vista hacia el futuro y pensar qué haremos este año y el próximo. ¿Puede saberse qué harán en ese tiempo? Más discos... Y abrir nuevas tiendas, porque esto sigue adelante.

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