Literatura: Ariel Magnus: «Me gusta el delirio contenido»
Lleva una camisa de marca, azul clara, recién planchada, es delgado y de ademanes delicados; sin embargo, a partir del cuello toda esa coherencia se distorsiona: rapado al cero, ojos plomizos y el pelo del rostro a medio camino entre la barba y la perilla. Quizá sea en la cara donde se hace visible su rebeldía. Está algo desbordado por el interés que despierta su obra. No compra novedades editoriales, prefiere los libros de segunda mano y se manifiesta como un escritor que nunca había pensado publicar.
Su novela puede considerarse de aprendizaje. Un libro de aventuras y desventuras de un argentino en el barrio chino de Buenos Aires. Si tuviera que definirlo, ¿cómo lo haría? Se lo digo porque lo han bautizado como la nueva «comitragedia» argentina.
Me gusta la literatura pero no me siento capaz de definir mi libro. Prefiero escribir un libro que tratar de determinar qué tipo de libro es. Me divertí mucho escribiéndolo y espero que la gente lo pase bien.
¿Desde qué sentimiento está escrita su novela?
Diría que desde el amor hacia lo chino, desde la curiosidad. Cuando fui a China, no lo pasé muy bien. Me gustan más los chinos fuera de China que los chinos en China. Es la fascinación por ellos lo que me llevó a escribir este libro.
El «Diccionario panhispánico de dudas» me ha ayudado a conocer el significado de algunas palabras. Aún así, hay frases que he sido incapaz de descifrar, ya que todavía no han inventado el diccionario «argenchino» de dudas.
Es una buena idea la del diccionario. Lo cierto es que la escritura del argenchino fue uno de los mayores problemas técnicos a los que me enfrenté. Si tú haces una película, coges la cámara y no hace falta demostrar que un chino es un chino; en cambio, en un libro es muy complicado.
Su protagonista, Ramiro Valestra, ¿es inocente o utiliza el ingenio para sobrevivir a la realidad?
Sus preguntas me hacen pensar, algo que no hice cuando escribí el libro. Necesitaba un personaje que entrara en el barrio chino de Buenos Aires y que no supiera absolutamente nada. Que entrara con un grado cero de chinitud. No quería mirar a los chinos desde arriba. En ese sentido, puede considerarse una novela de aprendizaje. Sí, el protagonista es bastante inocente, pero también tiene sentido del humor; es un personaje vivo, irónico.
El ritmo es frenético. Entiendo que era la única forma que tuvo para concebir la escritura de esta historia delirante «argenchina». ¿Considera que hay alguna separación entre lo que se cuenta y cómo se cuenta, entre el fondo y la forma?
Quería escribir algo ágil. Por eso el inicio es como una película de Quentin Tarantino. Intenté agilizar la novela precisamente a través de la sintaxis. Por eso los capítulos son como ideogramas; un capítulo corto que tiene sentido por sí mismo, pero sumado a los otros produce un significado total. Me gusta el delirio contenido que está en el límite.
El protagonista ha sido engañado por su novia con su mejor amigo, su madre bebe y su padre se está muriendo de cáncer. Para colmo, es secuestrado por un pirómano chino que le lleva al chocante mundo del «Chinatown» porteño. ¿Lo más grave es mejor contarlo con humor?
Es posible. Creo que si no lo hubiera escrito con humor, habría caído en el patetismo, y el patetismo es algo insoportable. El principio era como «chistosín», pero después se convirtió en algo hilarante. Me reí muchísimo escribiéndolo.
Me han sorprendido las explicaciones «arqueológicas» que da Yintai, la novia chino-cubana del protagonista. Por ejemplo, la idea de que los ideogramas chinos provienen de un código del «Kamasutra». Y que cuando los chinos conquistaron México, mucho antes que Colón, los mayas adoptaron aquella lengua milenaria. De hecho, la palabra maya es de origen chino y significa «segundo caballo».
Es verdad que hay teorías basadas en la idea de que los primeros que estuvieron en el llamado Nuevo Mundo fueron los chinos. Los ideogramas son todos cuerpos humanos metidos en cuadraditos. Me pareció una buena idea y lo escribí; más tarde supe que podía ser verdad. A veces me ocurre que creo que he tenido una magnífica idea, y luego resulta que lo he leído en algún sitio o lo he visto o existe ya. Lo del lenguaje maya es una forma de invertir el orden lógico. Mi libro es en el fondo una reflexión sobre cómo va modificándose el lenguaje por el uso.
En su novela aparece un plantel de personajes que no tiene desperdicio. No sé si este repertorio de seres sorprendentes y chocantes está más cerca del surrealismo o del esperpento.
Surrealista no llega a ser, aunque en Sudamérica las cosas son medio surrealistas de por sí. El término surrealista a nuestra sociedad le quedó un poco corto. Esperpéntico me gusta más, quizá porque tiene ese aspecto caricaturesco y un poco más trágico. Yo lo que hago es deformar la realidad para que se vea mejor.


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