Arte: Visiones perturbadoras
Desde hace más de dos décadas existe una estética, de la que Goya fue un precursor, fundada en el trauma, lo obsceno y la abyección
Por Jorge López Anaya
Para LA NACION - BUENOS AIRES, 2008
Hacia 1819-1823, Francisco de Goya realizó el famoso conjunto de catorce pinturas sobre el muro, en dos salas de la Quinta del Sordo, próxima al río Manzanares, que había adquirido poco tiempo antes. En la planta baja, entre otras, ubicó la escena de Saturno devorando a un hijo (Museo del Prado), una de las obras más inquietantes de la historia del arte del siglo XIX.
Saturno, una divinidad itálica y romana, identificada con el Cronos griego, devoraba a los hijos que había tenido con Rea para impedir que se sublevaran en su contra (Júpiter, que fue salvado por su madre, logró destronarlo). Goya pintó el perturbador mural en el momento en que el dios del tiempo, un horrible viejo caníbal, deformado, con ojos dilatados, chorreando sangre por la boca y la mandíbula, desgarra el cuerpo de su hijo, al que ya le había arrancado la cabeza de un mordisco, mientras clava las uñas en su espalda. "La carne humana -escribió René Huyghe- se ha convertido en carne animal, comestible."
La pintura, que carece de los atributos mitológicos de la iconografía propia de la época, acentúa el éxtasis de la acción demencial. Pero Goya se aleja aún más de la mitología porque la figura devorada no es la de un niño de corta edad, sino de un joven -o una joven-, según se puede deducir por la configuración del cuerpo. Al prescindir de las fuentes literarias y de las notas anecdóticas, el pintor destaca la acción y las emociones. De este modo, retoma un motivo reiterado en su obra: la obsesión por la crueldad y la bestialidad. El hombre, parece decir, es siempre el monstruo devorador.
Desde hace algún tiempo abunda un tipo específico de arte que trabaja, como el Saturno de Goya, sobre la base del trauma, lo obsceno y la abyección. Lucy Lippard, crítica y activista estadounidense, argumentó que las imágenes perturbadoras de Andrés Serrano, un neoyorquino hijo de un hondureño y de una afrocubana, siguen ese rumbo. Una de las obras más polémicas de este artista es Piss Christ (1987), fotografía en color que muestra la imagen de un crucifijo sumergido en la orina del propio Serrano. Un lustro más tarde realizó la serie, no menos cuestionada, titulada La Morgue , retratos fotográficos de muertos anónimos catalogados por la causa precisa del deceso: ahogo, meningitis, sida.
Con otros presupuestos teóricos, Hal Foster agrupó toda una corriente del arte contemporáneo bajo la idea de un "realismo traumático", uno de cuyos ejemplos es el mismo Serrano. Podría agregarse en la lista la obra de la argentina Nicola Costantino, que gira de manera constante alrededor de la muerte y de los mundos del deseo, la moda y el placer. Sus trabajos, como las vestimentas de falsa piel humana y los calcos de silicona de cadáveres de nonatos de terneras, siempre aluden al asco y a lo abyecto.
No está alejado de las obras de esos artistas el cine gore , caracterizado por las escenas macabras y sangrientas, los desmembramientos, los despanzurramientos, las torturas y las mutilaciones humanas. Para comprobarlo basta ver Blood Feast ("Festín de sangre", 1963), del director Herschell Gordon Lewis, considerada por muchos críticos el primer film de este subgénero.
Un artista español de las últimas generaciones que se basa en una estética sórdida, cercana al cine gore así como a lo perverso, lo abyecto y lo traumático, es Enrique Marty. Sus esculturas, pinturas, dibujos, instalaciones, films y fotografías son un auténtico desfile de patologías psíquicas cotidianas. Abundan en ellas la sordidez, la sangre, el asco, el feísmo y lo degradado.
En una de sus grandes instalaciones, titulada Lebensborg (basada en el caso de un proyecto nazi en el que jóvenes arias eran educadas para engendrar hijos de oficiales de las SS), se puede ver una pequeña criatura, mitad cerdo, mitad mujer, que parece haber sido víctima de una violación, yacente sobre un gran charco de sangre. De manera similar, se suceden otros personajes espeluznantes. Marty recurre, con exceso, a la trasgresión de los límites de la sensibilidad de los espectadores. Todo es conmoción.
Es evidente que el arte dejó de tener interés en la belleza. Para muchos creadores contemporáneos, quedó atrás la experiencia positiva y gratificante de lo bello; se abandonaron, asimismo, los mensajes de elevación moral. Lo que interesa es la idea de un mundo sin sentido, caótico, fragmentario, con un contenido negativo. Artistas y espectadores, según parece, se sienten reconocidos en esa concepción estética.
Para LA NACION - BUENOS AIRES, 2008
Hacia 1819-1823, Francisco de Goya realizó el famoso conjunto de catorce pinturas sobre el muro, en dos salas de la Quinta del Sordo, próxima al río Manzanares, que había adquirido poco tiempo antes. En la planta baja, entre otras, ubicó la escena de Saturno devorando a un hijo (Museo del Prado), una de las obras más inquietantes de la historia del arte del siglo XIX.
Saturno, una divinidad itálica y romana, identificada con el Cronos griego, devoraba a los hijos que había tenido con Rea para impedir que se sublevaran en su contra (Júpiter, que fue salvado por su madre, logró destronarlo). Goya pintó el perturbador mural en el momento en que el dios del tiempo, un horrible viejo caníbal, deformado, con ojos dilatados, chorreando sangre por la boca y la mandíbula, desgarra el cuerpo de su hijo, al que ya le había arrancado la cabeza de un mordisco, mientras clava las uñas en su espalda. "La carne humana -escribió René Huyghe- se ha convertido en carne animal, comestible."
La pintura, que carece de los atributos mitológicos de la iconografía propia de la época, acentúa el éxtasis de la acción demencial. Pero Goya se aleja aún más de la mitología porque la figura devorada no es la de un niño de corta edad, sino de un joven -o una joven-, según se puede deducir por la configuración del cuerpo. Al prescindir de las fuentes literarias y de las notas anecdóticas, el pintor destaca la acción y las emociones. De este modo, retoma un motivo reiterado en su obra: la obsesión por la crueldad y la bestialidad. El hombre, parece decir, es siempre el monstruo devorador.
Desde hace algún tiempo abunda un tipo específico de arte que trabaja, como el Saturno de Goya, sobre la base del trauma, lo obsceno y la abyección. Lucy Lippard, crítica y activista estadounidense, argumentó que las imágenes perturbadoras de Andrés Serrano, un neoyorquino hijo de un hondureño y de una afrocubana, siguen ese rumbo. Una de las obras más polémicas de este artista es Piss Christ (1987), fotografía en color que muestra la imagen de un crucifijo sumergido en la orina del propio Serrano. Un lustro más tarde realizó la serie, no menos cuestionada, titulada La Morgue , retratos fotográficos de muertos anónimos catalogados por la causa precisa del deceso: ahogo, meningitis, sida.
Con otros presupuestos teóricos, Hal Foster agrupó toda una corriente del arte contemporáneo bajo la idea de un "realismo traumático", uno de cuyos ejemplos es el mismo Serrano. Podría agregarse en la lista la obra de la argentina Nicola Costantino, que gira de manera constante alrededor de la muerte y de los mundos del deseo, la moda y el placer. Sus trabajos, como las vestimentas de falsa piel humana y los calcos de silicona de cadáveres de nonatos de terneras, siempre aluden al asco y a lo abyecto.
No está alejado de las obras de esos artistas el cine gore , caracterizado por las escenas macabras y sangrientas, los desmembramientos, los despanzurramientos, las torturas y las mutilaciones humanas. Para comprobarlo basta ver Blood Feast ("Festín de sangre", 1963), del director Herschell Gordon Lewis, considerada por muchos críticos el primer film de este subgénero.
Un artista español de las últimas generaciones que se basa en una estética sórdida, cercana al cine gore así como a lo perverso, lo abyecto y lo traumático, es Enrique Marty. Sus esculturas, pinturas, dibujos, instalaciones, films y fotografías son un auténtico desfile de patologías psíquicas cotidianas. Abundan en ellas la sordidez, la sangre, el asco, el feísmo y lo degradado.
En una de sus grandes instalaciones, titulada Lebensborg (basada en el caso de un proyecto nazi en el que jóvenes arias eran educadas para engendrar hijos de oficiales de las SS), se puede ver una pequeña criatura, mitad cerdo, mitad mujer, que parece haber sido víctima de una violación, yacente sobre un gran charco de sangre. De manera similar, se suceden otros personajes espeluznantes. Marty recurre, con exceso, a la trasgresión de los límites de la sensibilidad de los espectadores. Todo es conmoción.
Es evidente que el arte dejó de tener interés en la belleza. Para muchos creadores contemporáneos, quedó atrás la experiencia positiva y gratificante de lo bello; se abandonaron, asimismo, los mensajes de elevación moral. Lo que interesa es la idea de un mundo sin sentido, caótico, fragmentario, con un contenido negativo. Artistas y espectadores, según parece, se sienten reconocidos en esa concepción estética.
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