Arte: El Bellas Artes de Bilbao traza su particular recorrido pictórico por el siglo XIX
Con la exposición 'De Goya a Gauguin' el museo conmemora su centenario
ELCULTURAL.ES
Este año el Museo de Bellas Artes de Bilbao cumple cien años desde su fundación en octubre de 1908. Son varias las exposiciones que ha organizado durante 2008 para conmemorar la efeméride. Ahora llega la muestra De Goya a Gauguin, que se abre al público este lunes.
El centro bilbaíno propone una mirada sobre el siglo XIX, sacando a relucir una parte importante de la colección de obras que posee de esta época (compuesta por más de 300 pinturas). La cuidadosa selección de 130 obras y 67 artistas incluidos en el catálogo permite un extenso recorrido por un periodo artístico marcado, por una parte, por la transición entre las preocupaciones estéticas románticas y las primeras manifestaciones del arte moderno, y, por otra, por la convivencia entre manifestaciones artísticas tan variadas como el cuadro de gabinete, el paisaje realista, el retrato, la pintura costumbrista y la pintura de historia.
Entre las obras presentes en la muestra, más de 125 piezas, aparecen las de grandes nombres de proyección internacional, desde Goya y Gauguin hasta Sorolla y Zuloaga. Cabe destacar la presencia de los artistas vascos, que configuran aquí un núcleo de particular interés ya que fueron, junto con los catalanes, especialmente receptivos a la asimilación de experiencias plásticas modernas, en París, y también en Bruselas.
El genio de Francisco de Goya abre la selección con los conocidos retratos de sus amigos Martín Zapater y el poeta Moratín. Le siguen el neoclasicismo de José de Madrazo, una gran pieza de tema bíblico de Friedrich Rehberg y el talento retratista de Vicente López.
Dentro del romanticismo de estirpe goyesca destacan las obras de Leonardo Alenza y Eugenio Lucas. El costumbrismo andaluz está representado con pinturas de Joaquín Manuel Fernández Cruzado, Antonio María Esquivel y Andrés Cortés. El paisaje romántico de Jenaro Pérez Villaamil es una de las obras maestras de la exposición, que ofrece además el contrapunto realista de los óleos de Carlos de Haes, Martín Rico, Aureliano de Beruete y Jaime Morera, orientados ya hacia el paisajismo impresionista.
Costumbrismo
Las escenas de historia y de costumbres fueron cultivadas por los pintores Vicente Palmaroli, Antonio Gisbert -con su visión intelectual sobre el artista-, Luis Álvarez Catalá, Alejandro Ferrant, Ricardo Balaca -con dos joyas de la pintura española, de reciente atribución, sobre espacios de ocio urbano iluminados por la luz artificial-, José Echenagusía -que responde al gusto internacional por los temas bíblicos interpretados en clave escenográfica-, Rogelio de Egusquiza-con una composición simbolista de tema wagneriano-, Francisco Pradilla e Ignacio Pinazo, y por el escultor Mariano Benlliure. El retrato, por Ángel María Cortellini, José, Federico y Raimundo de Madrazo, y por Juan de Barroeta.
Junto a ellos, un magnífico bodegón del francés Théodule-Augustin Ribot, con influencias del barroco español, y una pequeña representación prerrafaelita del inglés Thomas Francis Dicksee. La herencia del fortunysmo está representada por Joaquín Agrasot, José Jiménez Aranda y por el bilbaíno Eduardo Zamacois, de quien el Museo posee una buena representación.
La siguiente generación, con Adolfo Guiard, amigo y discípulo de Degas en París, y Anselmo Guinea a la cabeza, dará el paso desde el realismo o el costumbrismo academicista hasta el impresionismo. Guiard, al viajar a París, pudo conocer directamente las novedades impresionistas e incorporarlas a la pintura local. La aldeanita del clavel rojo es, sin duda, una de las obras maestras de Guiard y una de las más emblemáticas del Museo. Por su parte, Guinea evolucionará desde el pintoresquismo hasta un manejo más libre de la luz y la pincelada.
A la pintura realista El beso de la reliquia de Joaquín Sorolla le acompañan el luminismo de Santiago Rusiñol y Joaquim Mir, y el particular puntillismo de Darío de Regoyos, conectado con Bruselas, otro importante foco de renovación en el fin de siglo, de quien el Museo posee también una extensa representación.
Siguiendo la estela de Guiard, Regoyos y Guinea aparece la obra de los artistas vascos que fueron apareciendo en los años finales del siglo XIX y en las primeras tres décadas del XX. Por medio de algunas de sus piezas maestras, pueden seguirse las trayectorias de Ignacio Zuloaga, -y su célebre Retrato de la condesa Mathieu de Noailles-, Francisco Iturrino, o Ángel Larroque, algunos de los cuales tuvieron un considerable éxito en el París de la época, integrándose en los movimientos más renovadores, como el fauve Iturrino, amigo de Derain, Vouillard, Matisse y Picasso, o colaborando en la formulación de la estética de la Generación del 98, como Zuloaga y ciertos aspectos de la obra de Larroque.
Este año el Museo de Bellas Artes de Bilbao cumple cien años desde su fundación en octubre de 1908. Son varias las exposiciones que ha organizado durante 2008 para conmemorar la efeméride. Ahora llega la muestra De Goya a Gauguin, que se abre al público este lunes.
El centro bilbaíno propone una mirada sobre el siglo XIX, sacando a relucir una parte importante de la colección de obras que posee de esta época (compuesta por más de 300 pinturas). La cuidadosa selección de 130 obras y 67 artistas incluidos en el catálogo permite un extenso recorrido por un periodo artístico marcado, por una parte, por la transición entre las preocupaciones estéticas románticas y las primeras manifestaciones del arte moderno, y, por otra, por la convivencia entre manifestaciones artísticas tan variadas como el cuadro de gabinete, el paisaje realista, el retrato, la pintura costumbrista y la pintura de historia.
Entre las obras presentes en la muestra, más de 125 piezas, aparecen las de grandes nombres de proyección internacional, desde Goya y Gauguin hasta Sorolla y Zuloaga. Cabe destacar la presencia de los artistas vascos, que configuran aquí un núcleo de particular interés ya que fueron, junto con los catalanes, especialmente receptivos a la asimilación de experiencias plásticas modernas, en París, y también en Bruselas.
El genio de Francisco de Goya abre la selección con los conocidos retratos de sus amigos Martín Zapater y el poeta Moratín. Le siguen el neoclasicismo de José de Madrazo, una gran pieza de tema bíblico de Friedrich Rehberg y el talento retratista de Vicente López.
Dentro del romanticismo de estirpe goyesca destacan las obras de Leonardo Alenza y Eugenio Lucas. El costumbrismo andaluz está representado con pinturas de Joaquín Manuel Fernández Cruzado, Antonio María Esquivel y Andrés Cortés. El paisaje romántico de Jenaro Pérez Villaamil es una de las obras maestras de la exposición, que ofrece además el contrapunto realista de los óleos de Carlos de Haes, Martín Rico, Aureliano de Beruete y Jaime Morera, orientados ya hacia el paisajismo impresionista.
Costumbrismo
Las escenas de historia y de costumbres fueron cultivadas por los pintores Vicente Palmaroli, Antonio Gisbert -con su visión intelectual sobre el artista-, Luis Álvarez Catalá, Alejandro Ferrant, Ricardo Balaca -con dos joyas de la pintura española, de reciente atribución, sobre espacios de ocio urbano iluminados por la luz artificial-, José Echenagusía -que responde al gusto internacional por los temas bíblicos interpretados en clave escenográfica-, Rogelio de Egusquiza-con una composición simbolista de tema wagneriano-, Francisco Pradilla e Ignacio Pinazo, y por el escultor Mariano Benlliure. El retrato, por Ángel María Cortellini, José, Federico y Raimundo de Madrazo, y por Juan de Barroeta.
Junto a ellos, un magnífico bodegón del francés Théodule-Augustin Ribot, con influencias del barroco español, y una pequeña representación prerrafaelita del inglés Thomas Francis Dicksee. La herencia del fortunysmo está representada por Joaquín Agrasot, José Jiménez Aranda y por el bilbaíno Eduardo Zamacois, de quien el Museo posee una buena representación.
La siguiente generación, con Adolfo Guiard, amigo y discípulo de Degas en París, y Anselmo Guinea a la cabeza, dará el paso desde el realismo o el costumbrismo academicista hasta el impresionismo. Guiard, al viajar a París, pudo conocer directamente las novedades impresionistas e incorporarlas a la pintura local. La aldeanita del clavel rojo es, sin duda, una de las obras maestras de Guiard y una de las más emblemáticas del Museo. Por su parte, Guinea evolucionará desde el pintoresquismo hasta un manejo más libre de la luz y la pincelada.
A la pintura realista El beso de la reliquia de Joaquín Sorolla le acompañan el luminismo de Santiago Rusiñol y Joaquim Mir, y el particular puntillismo de Darío de Regoyos, conectado con Bruselas, otro importante foco de renovación en el fin de siglo, de quien el Museo posee también una extensa representación.
Siguiendo la estela de Guiard, Regoyos y Guinea aparece la obra de los artistas vascos que fueron apareciendo en los años finales del siglo XIX y en las primeras tres décadas del XX. Por medio de algunas de sus piezas maestras, pueden seguirse las trayectorias de Ignacio Zuloaga, -y su célebre Retrato de la condesa Mathieu de Noailles-, Francisco Iturrino, o Ángel Larroque, algunos de los cuales tuvieron un considerable éxito en el París de la época, integrándose en los movimientos más renovadores, como el fauve Iturrino, amigo de Derain, Vouillard, Matisse y Picasso, o colaborando en la formulación de la estética de la Generación del 98, como Zuloaga y ciertos aspectos de la obra de Larroque.

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