Cultura: Stendhal y el sueño americano
Tanto si han leído Otra vuelta de tuerca, de Henry James, como si no, con la lectura del magnífico ensayo de Michel Crouzet Stendhal et l'Amérique [Stendhal et l'Amérique, essai sur la critique romantique de la modernité, Éditions de Fallois, 2008], experimentarán un vértigo comparable. Hasta ahora, se han fiado tranquilamente de Philippe Roger (L?ennemi américain, 2002) o de Denis Lacorne (De la religion en Amérique, 2007) y de sus colegas políticamente correctos para rechazar, como carente de cualquier interés, la letanía de los franceses ignorantes que calumniaban el «sueño americano». De repente, al sumergirse en los entresijos del pensamiento de Stendhal con Crouzet, que los conoce como nadie, se encontrarán catapultados a lo más profundo de estos calumniadores, un número insignificante para los autores anteriormente citados, y les saltará a los ojos que las «calumnias» de Stendhal no lo eran, que no tenía nada de «desconocedor» de América, y que la atención apasionada que centró en ella siempre estuvo en el núcleo de su reflexión política y estética, una de las más atrevidas del siglo XIX, en opinión de Nietzsche.
El plebeyo Beyle. Al igual que Otra vuelta de tuerca, Stendhal et l?Amérique comienza como un idilio. A diferencia de Tocqueville, que había nacido noble, legitimista, y enemigo de la Revolución, el plebeyo Beyle se adhirió desde la infancia a la Revolución del 89, aplaudió la ejecución de Luis XVI, y creció, como buen discípulo de los ideólogos, en la admiración a Washington, a Franklin, a Jefferson y a La Fayette, cofundadores de una República libre, igualitaria y racional, faro del republicanismo francés. Por añadidura, al odiar a Burke, y al compartir con Napoleón la idea de que Estados Unidos era el aliado natural de Francia en su combate contra la odiosa oligarquía comercial e industrial inglesa (extinguido el «sueño inglés» de Montesquieu), el joven Beyle tenía todos los motivos, además de la opinión de la izquierda francesa, para creer en el «sueño americano». En principio al menos, ya que a pesar de su frecuente antojo de emigrar al otro lado del Atlántico, sus antenas detectan rápidamente, al contrario que las de Chateaubriand, que Napoleón es un tipo de personalidad no comparable con Washington.
Al final de la Restauración, en el momento en que pasa de ser ideólogo a convertirse en ensayista del romanticismo y publica sus primeras novelas, su percepción de Estados Unidos cambia radicalmente. La Hija Mayor de las Luces deja de ser un modelo político para convertirse en un problema vital, moral, poético y estético que Stendhal ya no dejará de analizar bajo todos sus ángulos; una modernidad invasora en la que descubre al enemigo mortal de la brillante modernidad romántica, en uno de cuyos grandes intérpretes él está a punto de convertirse. El idilio con la virgen América, tanto para él como para su héroe Lucien Leuwen (y para la institutriz de Otra vuelta de tuerca), se convierte en una angustiosa pesadilla.
Señal de alarma. A partir de 1827, más de diez años antes de la segunda y pesimista La democracia en América, de Tocqueville, su íntimo amigo Jacquemont, que acaba de regresar de un largo viaje al otro lado del Atlántico, le da la señal de alarma en un testimonio pronto corroborado por los relatos de viajeros ingleses repletos de «anécdotas reales». El principio de la «libertad de los Modernos», observado de cerca y sobre el terreno en sus efectos reales, celebrado por Benjamin Constant y asentado como piedra angular de la Constitución de Estados Unidos, crea una humanidad de egoístas tiránicos, ajenos tanto a las virtudes cívicas republicanas como a la sociabilidad civilizada de las aristocracias, y estimulados exclusivamente, no sin hipocresía religiosa, por la competencia comercial e industrial, por el éxito y el confort materiales. De la amalgama de millones de estos tiranuelos atareados sólo puede surgir una tiranía ávida, que se oculta a sí misma con el guirigay palabrero y vacío de interminables elecciones.
Aire asfixiante. Ni la alegría, ni el amor, ni la sociedad, ni las artes, ni la poesía, ni simplemente la dignidad del hombre y de la mujer pueden respirar en el aire asfixiante y restringido de una realidad tan agitada como cargante. La energía de las pasiones, la dicha de la inspiración, los dones del descanso y del espíritu, que La Cartuja de Parma va a enaltecer en una sinfonía propia de Mozart o de Rossini, no encontrarán nunca un humus fértil en una América que Stendhal se atreve a calificar de regresiva en relación con todos los regímenes europeos que las Luces trataron de liberticidas, injustos y reaccionarios. El burgués europeo, que tomó el poder en la industrialista Francia de Luis Felipe, encontró desde ese momento su madre-patria: Estados Unidos.
En sí mismo, el análisis detallado de este extraordinario cambio de un gran espíritu representa una contribución de primer orden a las investigaciones actuales acerca de la «tormenta bajo el cráneo» que tuvo por escenario el París de la Restauración y de la Monarquía de Julio, en la encrucijada de los caminos de la Historia, pero que no por ello deja de ser una actualidad candente y polémica. Bajo la máscara de Stendhal, y apoyándose más de una vez en la Hannah Arendt de La condición del hombre moderno, el gran historiador del romanticismo que es Michel Crouzet, en la cumbre de su talento, lanza crueles puyas al neoliberalismo económico y al sociologismo cultural de inclinación marxista, comunes a la derecha y a la izquierda francesas de este principio de siglo.


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