Cultura: VI Fiesta Literaria Internacional de Paraty
La literatura era una fiesta
Tom Stoppard, Alessandro Baricco, Cees Nooteboom, Fernando Vallejo y Neil Gaiman fueron algunos de los protagonistas de la FLIP, el encuentro de artistas en la paradisíaca ciudad brasilera de Paraty. Otro de los personajes fue el público
Por Leonardo Tarifeño
Enviado especial La buena literatura puede ser divertida, ligera y amable. Y en ese caso, no hay razones -ni críticas ni mediáticas- para considerarla de segunda categoría. La buena literatura es un campo abierto y diverso, y restringirla a un gusto, una estética o un único modelo implica un reduccionismo ingenuo, del todo opuesto a la complejísima riqueza de ese arte. En tiempos no siempre favorables al libro y la lectura, la VI Fiesta Literaria Internacional de Paraty (FLIP), llevada a cabo del 2 al 6 de este mes en un pequeño pueblo costero de Brasil, a 4 horas de Río de Janeiro, consagró el encuentro de los escritores Tom Stoppard, Fernando Vallejo, Cees Nooteboom, Alessandro Baricco, Richard Price y Neil Gaiman, entre otros, como una alegre reivindicación del placer de leer. "El placer tiene muchas formas, y si un libro no produce algún tipo de placer, entonces ese libro no es para ese lector -dijo por aquí Pierre Bayard, autor de Comment parler des livres que l on n a pas lus? (¿Cómo hablar de los libros que no leímos? , irónica teoría de la lectura que en octubre aparecerá en castellano, editada por Anagrama)-; lo importante es hallar ese libro que permite un encuentro feliz, que a la vez prepara para otros encuentros felices posibles". La conferencia de Bayard, una de las últimas celebradas en la FLIP, cerró el evento y resumió su espíritu: aquel que estimula a entrar en la literatura sin prejuicios ni complejos, con la curiosidad y el buen ánimo de quien llega a una fiesta. Y es que, antes que nada, la FLIP fue una fiesta extraordinaria. Desarrollada en el centro histórico de la colonial Paraty, esta feria no fue sino un minicarnaval que convirtió a la literatura en una gran excusa para recorrer librerías, centros culturales y museos, escuchar conferencias gratuitas al aire libre (la entrada a las charlas costaba de 12 a 18 pesos, pero se las podía seguir tranquilamente en la pantalla gigante colocada en la plaza principal), bailar en las fiestas espontáneas que se armaban en las callejuelas o en los bares, conocer gente de todo el mundo y hasta intercambiar ideas con los mismísimos autores, relajados en sus paseos cotidianos por las calles adoquinadas del pueblito. Por una vez, el interés por la lectura apareció ligado a la sociabilidad, la frescura antisolemne y la pasión compartida, muy probablemente la mejor estrategia para propiciar el "encuentro feliz" entre los libros y sus lectores del que bien habló Bayard. En ese paisaje, ganó quien comprendió que el buen humor es la forma más noble de la inteligencia. Y sólo se perdió la fiesta aquel que se empeñó en privilegiar la adicción a sí mismo por sobre la aventura de abrir una ventana en su torre de cristal. Entre los primeros hay que destacar al británico Tom Stoppard, autor de Rosencrantz y Guildenstern han muerto y uno de los guionistas de la película Brazil , quien, ante el insistente ring de un celular surgido entre el público, interrumpió su conferencia para pedir que "si es para mí, por favor diga que estoy ocupado". Y entre los segundos, tal vez haya que apuntar a la cineasta Lucrecia Martel, invitada para un diálogo con el escritor brasileño João Gilberto Noll y, sobre todo, para el preestreno de La mujer sin cabeza . Esa función, muy esperada, agotó la capacidad de la estrecha Casa da Cultura de Paraty, y no pocos interesados en ver la obra de Martel lamentaron que ella hubiera desestimado la alternativa de una segunda proyección más amplia, en la pantalla gigante donde se veían las conferencias, para optar por una segunda función destinada a aquellos happy few que abandonaran la fiesta callejera del sábado a la noche a horas sensatas y se presentaran a las 10 de la mañana del domingo en la Casa da Cultura. Como en el vasto universo de la literatura, en Paraty hubo de todo y para todos los gustos, y el público pudo entretenerse con las distintas variantes que ofreció el espectáculo cultural del encuentro del creador con su público. Uno de los grandes protagonistas, como siempre ocurre cada vez que se para frente a un micrófono, fue el colombiano Fernando Vallejo, autor de La virgen de los sicarios y premio Rómulo Gallegos por El desbarrancadero . Invitado al diálogo "Paraíso perdido" junto al holandés Cees Nooteboom, Vallejo llegó a Brasil y no fue nada diplomático a la hora de opinar sobre la liberación de Ingrid Betancourt. "Es un asunto aburridísimo, que no me interesa -dijo Vallejo-; las FARC son una banda de narcotraficantes asesinos e Ingrid buscó su secuestro, fue a la región dominada por la guerrilla contra todas las advertencias que se le hicieron por su seguridad. Ella consiguió lo que buscaba, estar en la prensa de todo el mundo. ¿Qué importancia tiene que liberaran a una gente como ésa? Ninguna". Los medios especularon con una silbatina atronadora para cuando el escritor se subiera al escenario de su charla. Pero una vez allí, el Vallejo furibundo dio paso al Vallejo tierno que también vive en él y en sus libros. "¡Qué envidia me da este país! Muy pronto, ustedes van a desterrar la palabra ´desnutrición de su vocabulario. ¡Y fueron campeones mundiales cinco veces!" dijo, con un tono de voz entre quebrado y juguetón, y a partir de entonces el público se permitió pensar que la sinceridad de Vallejo tiene mucho de "sincericidio" porque es alguien incapaz de hacerle concesiones a la que considera su verdad. No se puede afirmar que Vallejo convenció a muchos con sus opiniones incendiarias, pero se ganó el respeto de todos. En otra línea, lo mismo podría decirse de Martín Kohan, orador de la mesa llamada "Estética de frío", como el título de un libro del brasilero Vitor Ramil. Kohan expuso con sobriedad y altura los procedimientos narrativos que construyen su premiada novela Ciencias morales , el objetivo detrás del origen del libro y su intención de "captar características de la represión en la vida cotidiana". No despertó, ni por mucho, los aplausos que consagraron al periodista inglés Misha Glenny, autor del notable McMafia, quien ante un auditorio de 500 personas pidió la despenalización de las drogas ("empecemos por legalizar la marihuana y ahí veamos si el mundo explota", dijo). Tampoco hechizó al público, como sí lo hizo la bella nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie cuando explicó que la historia de su última novela se basa en la guerra entre Nigeria y Biafra, donde murieron sus abuelos. Lo que Kohan logró fue que por la noche de Paraty sobrevolara un aura de admiración e interés, el tipo de sentimiento que se tiene en las clases universitarias cuando un profesor de los buenos toma la palabra. "La rabia es una gran motivadora, siempre y cuando ese sentimiento no domine a la razón -dijo Ngozi Adichie, la más joven de todos los invitados a la FLIP-; ser un artista significa estar siempre furioso, ávido de cambios". En la festiva Paraty, dio la impresión de que -con la excepción de Vallejo- rabiosos había pocos. Tal vez porque la diversidad de estilos, miradas y opiniones dejaron claro que la literatura merece transitar por varios caminos. Las reacciones avanzaron hacia distintas direcciones, pero mantuvieron ese denominador común: Alessandro Baricco contraatacó cuando lo tacharon de "poco italiano" ("no me gusta que mis personajes entren a una trattoria y pidan un Chianti, leí demasiada literatura extranjera y por eso mis influencias son muy diversas"), el estadounidense David Sedaris explicó que no por ser humorista debe tener siempre a mano un chiste sobre sexo, y Cees Nooteboom comentó que los lugares turísticos que más le atraen de sus viajes al extranjero son los cementerios, aún cuando ya no quiera escribir más sobre el tema. El récord (¿mundial?) de firmas de autógrafos le correspondió a Neil Gaiman, autor de Cosas frágiles y de las novelas gráficas The sandman y La última tentación de Alice Cooper: nada menos que seis horas de paciencia y fervor, y casi 1500 libros estampados por su caligrafía. Mientras tanto, en la calle sonaban grupos de samba y forró, los eternos mimos-estatuas que adornan las capitales del mundo imitaban a escritores célebres ya desaparecidos (Machado de Assis y Jorge Amado, entre ellos) y en los restaurantes más refinados se alternaban las lecturas poéticas de escritores portugueses o angoleños con el frenético ritmo del acid jazz. A la salida, caipirinha en mano, una pareja de brasileños se dispuso a brindar: "¡Viva la literatura!" dijeron, mientras reían y bailaban. "¡Viva!" gritaron los demás paseantes. Y todos tenían razón.
http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1032593
Enviado especial La buena literatura puede ser divertida, ligera y amable. Y en ese caso, no hay razones -ni críticas ni mediáticas- para considerarla de segunda categoría. La buena literatura es un campo abierto y diverso, y restringirla a un gusto, una estética o un único modelo implica un reduccionismo ingenuo, del todo opuesto a la complejísima riqueza de ese arte. En tiempos no siempre favorables al libro y la lectura, la VI Fiesta Literaria Internacional de Paraty (FLIP), llevada a cabo del 2 al 6 de este mes en un pequeño pueblo costero de Brasil, a 4 horas de Río de Janeiro, consagró el encuentro de los escritores Tom Stoppard, Fernando Vallejo, Cees Nooteboom, Alessandro Baricco, Richard Price y Neil Gaiman, entre otros, como una alegre reivindicación del placer de leer. "El placer tiene muchas formas, y si un libro no produce algún tipo de placer, entonces ese libro no es para ese lector -dijo por aquí Pierre Bayard, autor de Comment parler des livres que l on n a pas lus? (¿Cómo hablar de los libros que no leímos? , irónica teoría de la lectura que en octubre aparecerá en castellano, editada por Anagrama)-; lo importante es hallar ese libro que permite un encuentro feliz, que a la vez prepara para otros encuentros felices posibles". La conferencia de Bayard, una de las últimas celebradas en la FLIP, cerró el evento y resumió su espíritu: aquel que estimula a entrar en la literatura sin prejuicios ni complejos, con la curiosidad y el buen ánimo de quien llega a una fiesta. Y es que, antes que nada, la FLIP fue una fiesta extraordinaria. Desarrollada en el centro histórico de la colonial Paraty, esta feria no fue sino un minicarnaval que convirtió a la literatura en una gran excusa para recorrer librerías, centros culturales y museos, escuchar conferencias gratuitas al aire libre (la entrada a las charlas costaba de 12 a 18 pesos, pero se las podía seguir tranquilamente en la pantalla gigante colocada en la plaza principal), bailar en las fiestas espontáneas que se armaban en las callejuelas o en los bares, conocer gente de todo el mundo y hasta intercambiar ideas con los mismísimos autores, relajados en sus paseos cotidianos por las calles adoquinadas del pueblito. Por una vez, el interés por la lectura apareció ligado a la sociabilidad, la frescura antisolemne y la pasión compartida, muy probablemente la mejor estrategia para propiciar el "encuentro feliz" entre los libros y sus lectores del que bien habló Bayard. En ese paisaje, ganó quien comprendió que el buen humor es la forma más noble de la inteligencia. Y sólo se perdió la fiesta aquel que se empeñó en privilegiar la adicción a sí mismo por sobre la aventura de abrir una ventana en su torre de cristal. Entre los primeros hay que destacar al británico Tom Stoppard, autor de Rosencrantz y Guildenstern han muerto y uno de los guionistas de la película Brazil , quien, ante el insistente ring de un celular surgido entre el público, interrumpió su conferencia para pedir que "si es para mí, por favor diga que estoy ocupado". Y entre los segundos, tal vez haya que apuntar a la cineasta Lucrecia Martel, invitada para un diálogo con el escritor brasileño João Gilberto Noll y, sobre todo, para el preestreno de La mujer sin cabeza . Esa función, muy esperada, agotó la capacidad de la estrecha Casa da Cultura de Paraty, y no pocos interesados en ver la obra de Martel lamentaron que ella hubiera desestimado la alternativa de una segunda proyección más amplia, en la pantalla gigante donde se veían las conferencias, para optar por una segunda función destinada a aquellos happy few que abandonaran la fiesta callejera del sábado a la noche a horas sensatas y se presentaran a las 10 de la mañana del domingo en la Casa da Cultura. Como en el vasto universo de la literatura, en Paraty hubo de todo y para todos los gustos, y el público pudo entretenerse con las distintas variantes que ofreció el espectáculo cultural del encuentro del creador con su público. Uno de los grandes protagonistas, como siempre ocurre cada vez que se para frente a un micrófono, fue el colombiano Fernando Vallejo, autor de La virgen de los sicarios y premio Rómulo Gallegos por El desbarrancadero . Invitado al diálogo "Paraíso perdido" junto al holandés Cees Nooteboom, Vallejo llegó a Brasil y no fue nada diplomático a la hora de opinar sobre la liberación de Ingrid Betancourt. "Es un asunto aburridísimo, que no me interesa -dijo Vallejo-; las FARC son una banda de narcotraficantes asesinos e Ingrid buscó su secuestro, fue a la región dominada por la guerrilla contra todas las advertencias que se le hicieron por su seguridad. Ella consiguió lo que buscaba, estar en la prensa de todo el mundo. ¿Qué importancia tiene que liberaran a una gente como ésa? Ninguna". Los medios especularon con una silbatina atronadora para cuando el escritor se subiera al escenario de su charla. Pero una vez allí, el Vallejo furibundo dio paso al Vallejo tierno que también vive en él y en sus libros. "¡Qué envidia me da este país! Muy pronto, ustedes van a desterrar la palabra ´desnutrición de su vocabulario. ¡Y fueron campeones mundiales cinco veces!" dijo, con un tono de voz entre quebrado y juguetón, y a partir de entonces el público se permitió pensar que la sinceridad de Vallejo tiene mucho de "sincericidio" porque es alguien incapaz de hacerle concesiones a la que considera su verdad. No se puede afirmar que Vallejo convenció a muchos con sus opiniones incendiarias, pero se ganó el respeto de todos. En otra línea, lo mismo podría decirse de Martín Kohan, orador de la mesa llamada "Estética de frío", como el título de un libro del brasilero Vitor Ramil. Kohan expuso con sobriedad y altura los procedimientos narrativos que construyen su premiada novela Ciencias morales , el objetivo detrás del origen del libro y su intención de "captar características de la represión en la vida cotidiana". No despertó, ni por mucho, los aplausos que consagraron al periodista inglés Misha Glenny, autor del notable McMafia, quien ante un auditorio de 500 personas pidió la despenalización de las drogas ("empecemos por legalizar la marihuana y ahí veamos si el mundo explota", dijo). Tampoco hechizó al público, como sí lo hizo la bella nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie cuando explicó que la historia de su última novela se basa en la guerra entre Nigeria y Biafra, donde murieron sus abuelos. Lo que Kohan logró fue que por la noche de Paraty sobrevolara un aura de admiración e interés, el tipo de sentimiento que se tiene en las clases universitarias cuando un profesor de los buenos toma la palabra. "La rabia es una gran motivadora, siempre y cuando ese sentimiento no domine a la razón -dijo Ngozi Adichie, la más joven de todos los invitados a la FLIP-; ser un artista significa estar siempre furioso, ávido de cambios". En la festiva Paraty, dio la impresión de que -con la excepción de Vallejo- rabiosos había pocos. Tal vez porque la diversidad de estilos, miradas y opiniones dejaron claro que la literatura merece transitar por varios caminos. Las reacciones avanzaron hacia distintas direcciones, pero mantuvieron ese denominador común: Alessandro Baricco contraatacó cuando lo tacharon de "poco italiano" ("no me gusta que mis personajes entren a una trattoria y pidan un Chianti, leí demasiada literatura extranjera y por eso mis influencias son muy diversas"), el estadounidense David Sedaris explicó que no por ser humorista debe tener siempre a mano un chiste sobre sexo, y Cees Nooteboom comentó que los lugares turísticos que más le atraen de sus viajes al extranjero son los cementerios, aún cuando ya no quiera escribir más sobre el tema. El récord (¿mundial?) de firmas de autógrafos le correspondió a Neil Gaiman, autor de Cosas frágiles y de las novelas gráficas The sandman y La última tentación de Alice Cooper: nada menos que seis horas de paciencia y fervor, y casi 1500 libros estampados por su caligrafía. Mientras tanto, en la calle sonaban grupos de samba y forró, los eternos mimos-estatuas que adornan las capitales del mundo imitaban a escritores célebres ya desaparecidos (Machado de Assis y Jorge Amado, entre ellos) y en los restaurantes más refinados se alternaban las lecturas poéticas de escritores portugueses o angoleños con el frenético ritmo del acid jazz. A la salida, caipirinha en mano, una pareja de brasileños se dispuso a brindar: "¡Viva la literatura!" dijeron, mientras reían y bailaban. "¡Viva!" gritaron los demás paseantes. Y todos tenían razón.
http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1032593

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