Arte: El gran relato
Densidad narrativa y emotiva es el factor común de un grupo heterogéneo de artistas convocados por el crítico Kevin Power para exponer en el Malba el costado más crudo desde el que se puede imaginar hoy el mundo
Por Daniel Molina
Para LA NACION
El mundo existe para acabar en un libro. A fines del siglo XIX, Stéphane Mallarmé lanzaba la idea de que todas las alegrías y todos los dolores no son más que signos del gran relato del mundo: un relato que está siempre en construcción y cuyo desenlace desconocemos por completo, pero de cuya trama no podemos escapar.
Esa idea moderna es, sin embargo, tan antigua como la propia cultura occidental: se la encuentra ya formulada en la Ilíada . Allí se lee que los dioses reparten dichas y sinsabores entre los hombres para que los poetas tengan material para escribir sus libros. Quizá los relatos nos fascinan porque estamos condenados a la impotencia (debemos interpretar la obra de otros) y a la compulsión (vivimos actuando).
Esa búsqueda de un relato que le dé sentido al mundo y a nuestra vida atraviesa el arte contemporáneo y, ahora, organiza la muestra Discursos narrativos , que ha curado Kevin Power. Reúne la obra de un colectivo -el grupo argentino Mondongo- y de seis artistas: el peruano Juan Bedoya, el chileno Edgar Endress, los cubanos Henry Eric y Douglas Pérez, el español Abraham Lacalle y el colombiano Wilger Sotelo. El conjunto es heterogéneo, pero esa diversidad no es óbice para que una misma densidad narrativa y emotiva los congregue.
El díptico del grupo Mondongo semeja dos fotogramas gigantes de una película imposible. Cuenta la historia de una violación en el contexto político, y a la vez mítico, de La República de los Niños. Con plastilina y fibras textiles, más que un relato construyen un poema: el "cuento" no tiene fin ni principio, sino que se trata de flashes que apuntan a la imaginación y la alucinan. Un cuerpo abandonado en medio de ese paraíso ficticio. Como contraparte, el jardín de un castillo amurallado o de una casona de country tercermundista: allí se esconden secretos más atroces que la violación de la república infantil.
Lacalle trabaja explícitamente en relación con la literatura. Adapta cuatro libros al código del cómic. Su apuesta es punk . Los autores con los que dialoga son de los más oscuros: Cormac McCarthy (del que elige Meridiano de sangre , un libro que presenta al hombre como insecto asesino en un contexto en el que la maldad es el único camino posible), Jim Thompson (el relato que elige nos mete en la mente de un psicópata), Philip Dick (uno de los maestros de la ciencia ficción nihilista, una máquina de destilar desilusión) y Thomas Bernhard (cuyo desprecio hacia la vanidad de la vida contemporánea alcanzó dimensiones épicas).
Las fotografías de Bedoya muestran los nuevos asentamientos sociales en la periferia de Lima. Esas construcciones inestables en terrenos baldíos y desérticos parecen ciudades fantasmas: más que comunidades actuales parecen escenografías de una película de ciencia ficción. La realidad urbana también palpita en los dibujos de Douglas Pérez, pero mediatizada por los símbolos ausentes: el discurso publicitario de la primera ola del consumo masivo en La Habana de los años 50. Contra el discurso épico de la revolución anticapitalista, la reconstrucción nostálgico-crítica del barrio de El Vedado que realiza Pérez produce otra ciudad fantasma: su patria no es la nostalgia de lo ido ni la simiente de un proyecto futuro. Existe en el "ni".
El video de Eric reúne las historias de tres cubanos, cuyas vidas sufrieron por la aventura militar en Angola. Son relatos emotivos que reconstruyen momentos de una experiencia que, fuera de las víctimas, hoy pocos recuerdan. Otro video, el de Endress, recrea el retrato de un personaje local en la ciudad de Osorno, en el sur chileno. Basado en los gestos, no termina de contar una historia sino que se dedica a ofrecer pistas sobre las mitologías personales y sociales en un contexto político determinado (la época de Pinochet y las ceremonias de la posterior amnesia).
Por último, el colombiano Sotelo pone en escena los nuevos relatos que crean identidad entre los jóvenes envueltos en la violencia urbana. No se ven los rostros de los muchachos sino sus armas, acompañadas por microbiografías en las que se cuenta su relación con la violencia. El arma es la seña de identidad, y el escrito pone en contexto una vida que ya no sueña el mito del trabajo: no hay premio para quien se ilusiona con respetar la ley.
Discursos narrativos revela -apelando a artistas muy disímiles y a discursos muy diversos- el costado más crudo desde el que se puede imaginar hoy el mundo. Con una luz desusada, estos artistas nos permiten ver lo que el sentido común y el discurso público suele esconder.
FICHA. Discursos narrativos en el Espacio Contemporáneo del Malba (Avenida Figueroa Alcorta 3415), hasta el 22 de septiembre.
adn*OWER Curador y crítico de arte de origen británico nacionalizado español, experto en arte contemporáneo. Fue subdirector del Museo Reina Sofia y asesor de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid (ARCO)
http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1046296

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