Arte: Tatuajes o el ornamento amnésico
Aquella cruda declaración de que el ornamento era, nada más y nada menos, que delictivo estaba acompañada, en las dogmáticas consideraciones de Adolf Loos, por una analogía con el tatuaje. De la misma forma, venía a decir ese arquitecto que tampoco estaba muy satisfecho con la ropa interior retrógrada de sus paisanos austriacos, que ya no cubrimos nuestro cuerpo, a la manera del primitivo, con dibujos de toda índole tampoco podemos aceptar que las fachadas de los edificios pierdan de vista lo esencial en beneficio de todo un desvarío decorador.
La lógica «civilizatoria» no es, como sabemos, otra cosa que una ideología que intenta ocultar su condición e imponer como destino aquello que no deja de ser otra modalidad del artificio. Es relevante que el postmodernismo arquitectónico sea contemporáneo de una acelerada reaparición del furor tatuador, como si la piel también estuviera cansada del rigorismo de una historia unidireccional y, finalmente, abstracta. Las tribus del «final de las ideologías» están llenas de marcas (tatuajes y logocultura: lo definitivo y la moda), afectadas por la vigorexia y ajenas a la preocupación por lo esencial (pensemos en los productos des como el café sin cafeína, la Coca-cola light o la cerveza sin alcohol).
Sismogramas de tendencias. Estamos, en materia de tatuajes, lejos de aquella estética legionaria o de las declaraciones radicales del «amor de madre», lo que ha terminado por imponerse es lo que genéricamente se denomina étnico o un barroquismo extraordinario que hace de la piel un palimpsesto.
Los deportistas son sismogramas de tendencias; pensemos en los aros olímpicos en los tobillos de Gervasio Defer o en los dibujos desafiantes de tantos futbolistas o en la batalla sígnica en los brazos del jugador de los Denver Nuggets Allen Iverson. Todos quieren amplificar su «imagen», imponer mediáticamente su singularidad, hacer saber que están (auto)grafiados. Es curioso que todavía los llamados «creativos» no hayan sacado partido del potencial publicitario del tatuaje cuando hasta algunos toreros han mancillado su indumentaria buscando indecorosamente la pasta. En uno de sus luminosos ensayos sobre el barroco, Severo Sarduy se pregunta ¿quiénes son los tatuados? No hay que ser un «etnólogo perverso» para comprender que la respuesta tendría que enumerar tantos seres y tan caóticos como la famosa enciclopedia china borgiana. Porque en este siglo demoledor las pieles de una joven estudiante de medicina, un ejecutivo de Microsoft, un portero de discoteca, un jefe de planta de unos grandes almacenes o un camionero sudoroso, pueden estar emparentadas por la misma «señalética».
Unas heridas coloreadas. El tatuaje no remite actualmente a un acto sagrado ni es el testimonio de una prueba iniciática, tampoco revela la pertenencia a un clan ni responde a la necesidad de aterrorizar a los rivales. En realidad, todos ellos han decidido tener algo que no efímero, un dibujo que, verdaderamente, les pertenece. Porque esa inscripción es, no lo olvidemos, una herida coloreada, el sedimento de algo que podríamos denominar una iniciación vacía. Si muchos, tal es mi caso, no hemos considerados ni por asomo la posibilidad de tatuarnos nada, «algunos -apunta el escritor cubano- han convertido sus cuerpos en repelentes museos de tortura; otros, es verdad, en pedagógicas y ambulantes historias del arte, o en sumarios manuales de obscenidad».
Proliferan las pantomimas y, en la cultura del simulacro hiperbólico, hasta eso que no puede ser borrado sin dejar huella adquiere el rango (degradado) de la calcamonía. Vemos escritura oriental en brazos y cuellos, nombres trasladados a una cultura que todavía imaginamos, de forma tan ingenua cuanto etnocéntrica, como la cima del misterio. El enigma del tatuaje es, en todos los sentidos, superficial.
Con indisimulado desagrado Yves Michaud advierte que body-builders, performers o actores cercanos al underground y al mundo de la pornografía y el arte promueven prácticas artísticas de modificaciones corporales más o menos radicales, «que van desde el tatuaje o el piercing al transexualismo, a la producción de monstruosidades o anomalías». Si Win Delvoye, dando rienda suelta a su peculiar chistosidad, tatúa a cerdos, Zhang Huan llena su rostro de escritura, Adriana Varejao fijó su imaginario visceral en las pieles dibujadas, Isabel Muñoz fotografío a los miembros de las maras llenos de tatuajes y Alberto García Alix retrató con poética naturalidad esas historias corporales. Luan Mart se hizo tatuar la palabra «religión» en la planta del pie para utilizarlo como si fuera un tampón mientras que Javier Núñez Gasco no dudó en escribir definitivamente su nombre y el símbolo del © (copyright) en su cabeza.
Extraordinarias «acciones». En una pieza de Garaicoa vemos a un joven que se ha marcado con las Torres Gemelas de la misma forma que Domingo Sánchez Blanco ha llenado su cuerpo con extraordinarios «recordatorios» de sus acciones, desde el combate de boxeo en el Museo de Arte Moderno de Puerto Rico a un morboso besuqueo en Nuoro. Sin duda, las para-minimalistas líneas que Santiago Sierra encargó tatuar sobre cuerpos de personas remuneradas desvelan radicalmente el fetichismo (tanto el de la mercancía cuando el que tendría que ver con lo erótico) y ponen en solfa la estética del mimikry.
Los más bellos (Angelina Jolie o David Beckham) y los más rudos (Mike Tyson o LeBron James) no tienen ningún miedo a llenar de símbolos o nombres sus cuerpos. Afectados, simultáneamente, de amnesia y déjà vu tendríamos que comenzar, como en la película Memento, a tomar notas sobre nuestra piel. Porque tal vez ese cuerpo que regresó con la violencia de lo reprimido haya terminado por ser una mascara vaciada.
Con todo, vale más tatuarse esos relatos afectivos que, por ejemplo, fotografía Germán Gómez que intentar hacer Historia, a la manera de Orlan, empleando la cirugía plástica para finalmente ingresar en la abultadísima tropa de lo y los freak. La penúltima imagen del crucial libro de Bataille sobre el erotismo (justamente cuando está especulando sobre el modo en que la degradación provoca las reacciones de la moral) es una fotografía de un hombre tatuado que nos da la espalda o, para no ser tan pudoroso, pone en primer término el culo. Sobre esa parte noble están trazados dos ojos. Buena señal.

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