Fotografía: Hütte, tras los pasos perdidos

Por Javier Montes


Un buen día Fernando Pessoa -vestido de Álvaro de Campos para la ocasión- sale a pasear por los alrededores de Lisboa: busca el campo y no lo encuentra ni consigue ponerle puertas: «Todo es cultura», entiende por fin: lo «natural» es una variante de lo mental. Y a propósito de estos secarrales ibéricos, ha dicho Cees Nooteboom que «quizá mi alma se parezca a este paisaje»: quizá, más bien, sea que el paisaje se parece a su alma. La de Pessoa y la de Nooteboom son formas literarias de hablar de la naturaleza -más o menos escépticas, más o menos románticas- que tienen mucho que ver con el paisajismo intelectual de Axel Hütte (por algo en 2000 Nooteboom y él publicaron al alimón el libro Kontinente).


«É cosa mentale». Porque aunque Hütte no ha dicho tan claramente que el paisaje tenga alma o que las almas sean paisajes, sí ha enunciado en sus fotografías la idea de que todo paisaje es la creación, si no de un alma, de una mirada individual y sobre todo de otra colectiva: de una cultura del mirar.

A partir de los años noventa mueve el objetivo desde los edificios y la arquitectura hacia el paisaje que los rodea. Pero lo interesante es que no deja de ver en esos paisajes una forma sólo un poco menos obvia de arquitectura: también la naturaleza (sobre todo la naturaleza) è cosa mentale. Y eso hace de sus trabajos en torno a esta idea vertebral los más articulados y ricos en juegos y referencias de esa «generación strufsky» (Ruff, Struth, Gursky y tantos otros) de nuevos fotógrafos alemanes, discípulos de los Becher que hicieron furor en los noventa.


Todos somos paisajistas. Hütte es un tipo de artista que va escaseando: viajero y culto (teletransportarse de feria en bienal por todo el globo terráqueo no cuenta como viaje a estos efectos). Cuando viaja, lo hace tanto al lugar físico como al mental: a la suma de lugares -comunes o no- que la memoria y la cultura y la tradición visual superponen sobre la topografía. En sus fotos alude, mimetiza, replica, «cita» los modos de representación y las maneras de ver que se han sedimentado sobre él.

Al retratar en los noventa la Toscana recuperaba la tradición del paisaje cuatrocentista: el sfumato, los infinitos detalles: los caminitos, los sembrados, la tierra con memoria vista con su ojo memorioso. El fondo de paisaje avanza hasta el primer plano: ya no es retrato con paisaje, sino retrato del paisaje, y más aún: retrato del paisajista (y todos, según Hütte, somos paisajistas).

Y lo ha hecho así por todo el mundo: en China, teniendo muy presente la tradición del paisajismo oriental; y en ese Norte Sublime que fotografía tomando prestado el término y el concepto a Rosenblum y recordando las miradas románticas de un Friedrich, un Runge o -en la modesta escala alpina española- un Carlos de Haes.

Un sitio, dicen sus fotos, es la suma de sus miradas. Y puede que lo sea tanto más cuanto más «limpio» de miradas parece estar. A lo mejor es esto lo que quiere demostrar en las series sobre el Nuevo Mundo que se pueden ver en Telefónica: que nunca fue ni más nuevo ni más viejo que el Viejo lo que quedaba más allá: las Canarias, las Américas infinitas del Caribe a la Patagonia.


Aviso para navegantes. Por algo el catálogo incluye una selección de textos «americanos» de Bartolomé de las Casas, de Cabeza de Vaca, de Alejo Carpentier, de César Aira. Son ya todo un aviso para navegantes: navegaremos todo lo que queramos, pero llevaremos a cuestas nuestra mirada: no es posible encontrar el paisaje «puro», y quizá no sea en el fondo deseable.

Alejo Carpentier está aquí por algo. Los pasos perdidos es una novela que podría prestarle el título a los intentos de Hütte por recordar que incluso en la selva «virgen» todas las sendas que se puedan abrir retrazarán sendas ya abiertas. En el libro, el musicólogo se interna en la selva venezolana y descubre una Arcadia pre-cultural de la que sale para buscar papel y tinta. Para contarla al mundo y para su desgracia: ya no conseguirá volver. La abertura en las márgenes del río tropical que conduce a ella se cierra a sus espaldas, y no podrá ya nunca reconocerla. Un telón vegetal cubre de golpe la entrada del mundo perdido y cierra el camino a la barca del que regresa. Las fotos de Hütte en Uña Pequeña o de Aonda, en Venezuela, con sus cortinas y celosías vegetales, que muestran y ocultan a la vez, que tapizan y cierran, podrían perfectamente servir de cubierta a la novela. Cada una de ellas podrían esconder, para el que sepa mirarlos, ese camino de pasos perdidos que intentamos recuperar. «A veces prefiero escenarios en los que lo que no puedes ver es tan importante como lo que puedes ver. La imaginación llena esos espacios vacíos y lo hace desde el punto de vista de cada uno», dijo el fotógrafo en conversación con Javier Díaz-Guardiola en este suplemento, hace unos años.


LLegar al punto de partida. Las puertas cerradas a esos pasos perdidos están en cualquier lugar: por algo Hütte fotografía los Jardines de la Isla en Aranjuez y los sitúa como réplica a las selvas de la cuenca del Orinoco. El jardín ultra-civilizado y la jungla se dan la réplica. El punto de partida y el de llegada (la «metrópoli» y la «colonia», el centro y la periferia, España y la Nueva España) son intercambiables y se muerden la cola. Los charcos llenos de hojas, los troncos sumergidos a medias de un lado y otro del mundo se tocan por los extremos. El único viaje posible, la única forma de retrazar los pasos perdidos es, claro, hacia dentro.





http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=10295&num=867&sec=36

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