Arte: Evocación de la ausencia

El cubano Félix González-Torres convivió en los años 80 en nueva York con Madonna, Julian Schnabel , Basquiat y Keith Haring, y murió de sida a los 38 años. Su obra, un legado silencioso minimalista y humilde, integra la retrospectiva del Malba




Por Daniel Molina


Para LA NACION



Borges sostenía que las ideas importantes no podían surgir de lo consagrado: lo que es valorado en forma positiva por las instancias más poderosas de cada época suele estar ya esterilizado. Para el autor de "El Aleph", los mapas del futuro se imaginan desde las grietas del sistema, porque es el pensamiento descentrado y excéntrico -al vivir enfrentado a la lógica de lo instituido- el único capaz de producir lo nuevo. Si hiciera falta un ejemplo concreto y claro para ilustrar esta tesis borgeana, sería difícil encontrar uno mejor que la obra del artista cubano Félix González-Torres (Guimarao, 1957- Miami, 1996).



González-Torres nació en Cuba y vivió allí hasta los 13 años. Completó su adolescencia en Puerto Rico y luego marchó a Estados Unidos. Allí participó de esa compleja experiencia que fue la resistencia cultural al vendaval conservador que asoló la sociedad estadounidense durante los doce años en que gobernaron Ronald Reagan y George Bush padre. González-Torres reunía todas las características que los conservadores consideraban negativas: era joven, infectado con el VIH (lo que por entonces era una condena a muerte, apenas aplazada), pobre, latino, exiliado y homosexual. Para colmo, era un artista que estaba desarrollando una obra radicalmente minimalista y conceptual, alejada de cualquier complacencia con el gusto del público masivo. Sin embargo, vivir en Nueva York lo salvó: en esa ciudad, la escena era muy estimulante.



En los años 80, convivieron en la Gran Manzana muchos de los talentos más brillantes de la cultura contemporánea: los muy jóvenes Keith Haring y Jean-Michel Basquiat, la por entonces casi desconocida Madonna, el coreógrafo de vanguardia Bill T. Jones, el pintor y cineasta Julian Schnabel, la modelo, actriz y cantante Grace Jones, el fotógrafo Robert Mapplethorpe y el escritor -también cubano, exiliado, gay e infectado con el VIH- Reinaldo Arenas. En medio de esa exuberancia barroca de signos en estado de ebullición (como se puede ver en la selva expresiva de Basquiat o en los laberintos de grafitis de Haring), González-Torres optó por una obra que parece esconderse.



La muestra antológica que ahora se exhibe en Buenos Aires, curada por Sonia Becce, es prueba de esa austeridad extrema. Es una apuesta al silencio, a la humildad, a la elegancia y a la apertura radical del sentido. Necesita que el que la observa la complete, la piense, la use. Las pilas de papeles, por ejemplo. Sobre el piso, reproducen distintas imágenes (una frase ambigua, una foto del agua en movimiento, un cuadrado rojo enmarcado por un cuadrado negro); las pilas van decreciendo a medida que el público se lleva la obra a casa. Pero ¿se lleva la obra? La obra no es la imagen que está en el papel sino la pila que se ofrece al deseo del espectador. La reposición constante de las reproducciones hace que la obra no se acabe nunca y a la vez esté permanentemente a disposición (una disposición que no la agota, porque es una idea, no una materia). Marxista y crítico del marxismo, González-Torres sueña una propiedad de todos que a la vez no es de nadie.



Dos relojes que están sincronizados a la misma hora ("amantes perfectos") representan, entre muchas otras cosas, el amor de González-Torres por Ross Laycock (muerto de sida en 1991, y cuya muerte fue un cataclismo para el artista). Pero los relojes funcionan con batería y, con el tiempo, uno se desincroniza del otro y luego se detiene. El amor no dura para siempre. Sin embargo, el curador puede volver a sincronizarlos (entonces, ¿el amor puede durar para siempre?). La obra se completa con el deseo del que la mira. Es decir: no se completa nunca.



La de González-Torres no sólo es una obra inestable por su complejidad conceptual sino por su recurrencia a resignificar el espacio en el que se la exhibe: los márgenes, los lugares no consagrados, los intersticios, los espacios de pasaje. Hay cortinas de voile sobre las ventanas. A través de otra cortina, de cuentas de plástico, se ingresa a la segunda sala de la muestra, con fechas y nombres escritos en el techo. Seis pequeños rompecabezas con fotos y cartas personales. Una alfombra de caramelos envueltos en papel plateado evoca la enfermedad que provocó la muerte de su pareja (y esa dulzura de un amor que se ha ido para siempre acompaña al visitante que se lleva un caramelo). Un afiche -que se exhibe en varios puntos de la ciudad- muestra la imagen de una cama vacía, pero en el hundimiento de las almohadas queda la huella de que alguien estuvo allí. En una tarima con luces, cada tanto, baila un muchacho ataviado con un pantaloncito plateado.



Estudioso de la obra de Michel Foucault, lector apasionado de Borges y de Roland Barthes, Félix González-Torres desarma estereotipos, esas construcciones ideológicas que se producen desde los espacios de poder y que se hacen pasar por "naturales" para parecer incuestionables (como la falsa idea de "familia natural"). Pero, a diferencia de otros trabajos contra el estereotipo, su obra no es aleccionadora, sino que libera por medio del vacío y la ausencia. Lo que está ausente es el sentido asegurado, definitivo. Esa ausencia nos dice que el sentido -eso que creemos, en lo que confiamos- es algo que se construye o se acata, depende de cuán crítico o imaginativo uno sea. Esa ausencia es su regalo secreto. Budismo portátil que desarma todas nuestras certezas y nos predispone a jugar como niños. Como niños que desenvuelven caramelos envueltos en papel plateado.



FICHA. Somewhere / Nowhere, de Félix González-Torres, en el Malba (Avda. Figueroa Alcorta 3415), hasta el 3 de noviembre.








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