Cine: Metrópolis, un tesoro recuperado

Alineación al centroAyer, en Buenos Aires, algunos afortunados pudieron ver la versión completa de la famosa película de Fritz Lang, donde la música en vivo fue el gran aporte



Por Pablo Gianera
De la Redacción de LA NACION

El compositor Mauricio Kagel, que además de músico era cineasta, observó en una ocasión que sus óperas eran sus películas. La frase trazaba una línea continua entre los espectáculos escénicos y las invenciones para la pantalla. Algo de esa idea recorrió la proyección, ayer por la noche en el Cine-Teatro 25 de Mayo, de la versión recuperada en la Argentina de la película Metrópolis (1927), del director austríaco Fritz Lang.

Las partes recuperadas (claramente distinguibles porque se realizó una edición que combinó una copia restaurada con las partes halladas hace poco) suman alrededor de cuarenta minutos, lo que extiende la duración total de la película a casi dos horas y media. Las escenas –desconocidas en el resto del mundo dado que este corte se estrenó en su momento solamente en Alemania y Argentina– van desde simples planos sueltos hasta secuencias completas que, si bien no modifican el destino de la trama, introducen matices y resaltan el ambiguo contenido político del film. Esto resulta evidente en el desarrollo de la secuencia de la inundación y, singularmente, en el baile frenético del robot ( Die Mensch-Maschine ) ante la lascivia obscena de los ricos, que, en esta versión, desnudó un inesperado costado surrealista del expresionismo.

Pero lo decisivo de la proyección de ayer, una de las causas de su consistencia artística, fue sin duda la música que tocó en vivo el pianista Ernesto Jodos acompañado por el guitarrista Juan Pablo Arredondo, el baterista Sergio Verdinelli y la cantante Nina Polverino. Ya desde el principio, el piano y el ride de la batería instalaron una atmósfera entre enigmática y mecánica. Aunque no eludió la posibilidad, la música no se limitó a encontrar ilustraciones musicales para los acontecimientos visuales. El logro de los intérpretes consistió justamente en tomar las imágenes menos como el punto de partida que como el punto de llegada de la música. Algo parecido ocurrió con el jazz, que fue tratado como el lenguaje primigenio de la música, pero que nunca se transformó en un límite. Hubo, tanto con la película como con el jazz, una especie de pugna y colaboración artística como la que se manifiesta simbólicamente en Metrópolis entre la cruz cristiana y la estrella de cinco puntas que apareció por primera vez en las cerámicas babilónicas.

La gestualidad propia de la actuación de los años veinte, las coreografías en los movimientos de masas y la conexión expresiva de los instrumentistas con el contenido estético del film hicieron que esta Metrópolis se viera como una ópera. Pero una ópera de aguda modernidad. Verdaderamente, la tarea de Jodos, Arredondo, Verdinelli y Polverino consiguió, se diría, una tarea de restauración espiritual sobre el trabajo de Lang.

A la salida, alguien del público se preguntaba de quién era la partitura. No había partitura. Toda la música había sido improvisada, y la situación, irrepetible y memorable. El resultado deparó algo nuevo: una ópera muda en tiempo real.






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