Cultura: Rey de un oficio humanista

A cien años del nacimiento de Cesare Pavese


Fue escritor, periodista y traductor. Su obra, marcada por la melancolía y las luchas históricas, muestra, a la vez, el obligado aislamiento de un intelectual, que lo llevó a la tragedia, y la solidaridad con la causa popular, que distinguía del populismo



Por Mario Goloboff
Para LA NACION

A nadie como a Cesare Pavese dedica tantas páginas el célebre editor Giulio Einaudi en sus iluminadores diálogos y reportajes. Su biografía, la de su editorial, la de su tiempo están pobladas por la figura de este escritor que, a fin de cuentas, vivió muy cortos años, pero ayudó a transformar, como pocos en la posguerra, la literatura y la cultura italianas.

Aquellos cambios los indujo Pavese con y desde su propia obra. Ahí están los poemas-narraciones que recrean el mundo campesino y su pasaje a la sociedad urbana mediante una escritura sutil y elaborada, sombría e intimista; los relatos de los años de la resistencia, sencillos y profundos, dramáticos, de una contenida violencia; los Diálogos con Leucó (su libro preferido, abierto al lado del lecho de suicidio), recreación de mitos griegos, "un semillero de símbolos al que corresponde, como a todos los lenguajes, una particular sustancia de significados que ninguna otra cosa podría traducir".

Todo un programa cultural queda también delineado si se observa cuidadosamente su trabajo para "la Einaudi", donde creó novedosas colecciones, entre ellas la de "Estudios religiosos, etnológicos y psicológicos", sin hablar de su labor estrictamente literaria, gracias a la cual se publicó, por su elección y consejo, a Kafka y a Proust, a Whitman y a D. H. Lawrence. Ya como director editorial, descubrió, entre otros, a Elsa Morante y a Italo Calvino (al que bautizó "ardilla de la pluma", y que fue su sucesor en esa tarea). Y fue, luego, el introductor en Italia, y en muchos casos el traductor, de la mejor literatura estadounidense, de Melville a Faulkner, pasando por O. Henry, Sherwood Anderson, Theodore Dreiser, John Dos Passos, Gertrude Stein, y también inglesa, desde Dickens y Stevenson hasta Conrad.

Pero quizá sea por una de sus tantas, complejas y ricas facetas que Pavese ha quedado y perdurará en la memoria de muchos escritores: la de un cultor empecinado, obsesivo, del "oficio", ese lugar "en el que me siento rey". Acaso donde más temprana y certeramente diseñara sus ideas acerca de un arte de factura humanista fue en el artículo "Di una nuova letteratura", publicado, a la caída del fascismo, en Rinascità (mayo-junio de 1946). Establece allí ciertos deberes de la inteligencia, una solidaridad en la lucha común. Pero también advierte sobre la especificidad del trabajo literario "que parece llevar fatalmente consigo una separación, un aislamiento, y ciertamente, por lo menos en su fase conclusiva, excluye toda colaboración y contacto". La razón es que, en esa actividad de "la fantasía inteligente", es necesario aislarse y romper los lazos con el exterior para captar la verdadera realidad. Frente al mandato que se impone "por necesidad histórica", el escritor debe, ante todo, aceptar su propio destino y estar de acuerdo consigo mismo. El que esté ansioso por crear "el arte de su tiempo" hará a lo sumo un manifiesto, una poética. El camino es atenerse con más humildad a su función en la sociedad, sin hablar tanto de ella: "El zapatero hace zapatos y el albañil, casas; y cuando menos hablan del modo de hacerlo, mejor trabajan: ¿es posible que el narrador deba, en cambio, charlar impunemente sólo de sí mismo?".

Las observaciones de Pavese hallan su origen en la experiencia, en la práctica misma, y es ésta la que genera su visión teórica. A los motivos de orden político y ético, se suman imperativos que provienen del propio trabajo literario, el que no puede consistir en un mero registro de fenómenos cotidianos, en un contacto especular con la así llamada realidad: "La profunda humanidad, la vena auténtica, la sinceridad del arte tienen raíces no en la mole o en la enormidad de los hechos sufridos, sino sólo en la mente y en el corazón, en la claridad de la mirada, en el monótono y martilleante recuerdo" ("Tienen razón los literatos", publicado en Il Sentiero dell Arte , Pesaro, el 30 de octubre de 1948).

Desde los tiempos de la resistencia, Pavese venía elaborando una actitud estética del realismo, que bien podría llamarse "interior". Y se encontraba a cada paso con las consignas políticas, con los impulsos a la inmediatez y a la simplicidad, que provenían de su propio campo de afinidades. Para ubicarse mejor dentro del marco cultural y político que lo rodeaba, es bueno recordar que luego del primer Congreso de Escritores Soviéticos del año 1934, y después de no pocas vicisitudes, tuvo lugar la consagración definitiva de las tesis estalinistas en las Resoluciones del Comité Central del PCUS [Partido Comunista de la Unión Soviética] de los años 1946 y 1948 (la primera, sobre las revistas literarias Sviesdá y Leningrad , y la segunda sobre las tendencias "formalistas" y "cosmopolitas" en la música). Allí se plasmaron los principios del realismo socialista, proclamados por Zhdánov, aplicados en tales circunstancias para condenar el "apoliticismo" y el "decadentismo" en la obra de arte. Mientras tanto, en Italia se venía polemizando sobre el "compromiso" (entre los años 1945 y 1947), sobre la política a llevar en "el frente de la cultura" (1948) y sobre el "neorrealismo", para llegar a la máxima discusión del "realismo socialista" hacia 1955. (Hay que tener en cuenta, además, la influencia que en ese proceso jugaron los principales textos de Antonio Gramsci, publicados y conocidos entre 1947 y 1953.)

En ese contexto, ciertas reflexiones de Pavese, aunque dirigidas a juzgar el pasado, apuntan prudentemente a la posguerra: "En el fondo -asienta en su diario personal [ El oficio de vivir ] el 5 de marzo de 1948-, la inteligencia humanista -las bellas artes y las letras- no padeció bajo el fascismo; pudo perder presunción, aceptar cínicamente el juego. El fascismo sólo vigiló en lo tocante al paso de la intelligentsia al pueblo; mantuvo al pueblo en la oscuridad. Ahora el problema consiste en superar el privilegio -servil- de que gozamos y no ´ir hacia el pueblo sino ´ser pueblo , vivir una cultura que tenga raíces en el pueblo, y no en el cinismo de los libertos romanos".

De tal forma, Pavese no dejaba de advertir la caída de la izquierda en el populismo. Sus convicciones y temores se reflejan también en los escritos públicos. Ya en "Ritorno a l uomo", publicado en L Unità , de Turín (mayo de 1945), había sostenido el programa de un comportamiento intelectual no demagógico: "Proponerse ir hacia el pueblo es, en definitiva, confesar una mala conciencia". Y, unas líneas antes: "El razonamiento es éste: nosotros no iremos hacia el pueblo. Porque ya somos pueblo, y todo el resto es inexistente".

La idea pavesiana del oficio se inscribe en una verdadera concepción materialista: para él, "el hombre es la técnica, desde el día que empuñó un hacha para combatir contra las fieras o un punzón para escribir". Y agrega: "Nosotros respetamos demasiado nuestro oficio para pensar que el ingenio, la invención, bastan..."/.../"Nada que valga la pena puede salir de la pluma o de las manos si no es por fricción, por choque con las cosas o con los hombres".

Una de las afirmaciones de su diario (anotación del 1° de julio de 1947), que gustaba citar en privado y en reportajes Juan José Saer, pinta por entero su entrega: "En sustancia, ¿por qué deseamos ser grandes, ser genios creadores? ¿Para la posteridad? No. ¿Para circular entre la multitud, y que ésta nos señale con el dedo? No. Para sostenernos en la fatiga cotidiana, en la certeza de que vale la pena cuanto hacemos, de que es algo único. Por el presente, no por la eternidad".







http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1057099

Comentarios

Entradas populares