Música: Revolución en Mali

Amadou & Mariam, Oumou Sangaré, Salif Keita, Tinariwen y el fallecido Ali Farka Touré son algunos de los músicos del país africano que suenan a escala global. Un éxito que hace justicia al poder del talento en una región de extraña pobreza



Por Leonardo Tarifeño
De la Redacción de LA NACION

El milagro tiene lugar y fecha, porque ocurrió el 18 de agosto de 2007 en el castillo dublinés de Slane. Allí, mientras miles de fanáticos esperaban la inminente aparición de los eternos Rolling Stones, un grupo de rockeros con turbante y pinta de miembros honorarios del Eje del Mal salieron al escenario de la mano de unas hipnóticas y tristes melodías imposibles de catalogar. ¿ Blues del desierto? ¿ Rock and roll nómade? ¿Canciones de cuna para elefantes? Nunca es fácil entretener a las fieras que apenas si se tranquilizan con los acordes de "Satisfaction" y "Jumpin Jack Flash", pero en la banda Tinariwen saben lo que significa dar pelea. Durante años, algunos de sus integrantes formaron parte de un ejército panárabe financiado por Muammar Khadafi, y en 1990 participaron de la rebelión tuareg contra el gobierno de Mali. Armados, esta vez, con una música bellísima e inclasificable, curtidos por el dolor y el orgullo de una etnia milenaria que vive y sueña en los límites del desierto del Sahara, la del 18 de agosto de 2007 era una batalla que sólo podían ganar.

Y la ganaron. De esa victoria cultural surgieron la participación del ex Led Zeppelin Robert Plant para futuros conciertos en vivo y una audiencia dispuesta a descubrir el big bang sonoro de Mali, el remoto país del patriarca Salif Keita, el bluesman Ali Farka Touré, la diva Oumou Sangaré y la pareja de ciegos Amadou & Mariam. Ese mismo agosto, Tinariwen trepaba a la cima de los charts europeos de world music con su extraordinario CD Aman Iman , y meses más tarde la influyente revista británica Songlines les dedicaba su tapa con una sugestiva pregunta: "¿El rock and roll está preparado?".

La respuesta, si la hay, es que nadie puede estar preparado para lo nunca visto ni escuchado. El impacto sonoro de la novedad es comparable a la aparición en los años 70 del afrobeat de Fela Anikulapo Kuti o la del raï de Cheb Khaled en los 80. Pero lo curioso es que el éxito reciente de la música de Mali no empieza ni termina con este grupo. Dos años antes, de noviembre de 2004 a mediados de 2005, Dimanche à Bamako de Amadou & Mariam, producido por un tal Manu Chao, vendía 700 mil copias en Europa, se instalaba en los primeros cinco puestos de los rankings de música pop de Inglaterra y Francia, y relegaba a ilustres superventas como James Blunt, Coldplay, Green Day y Mariah Carey. En 2006, In the Heart of the Moon , de Ali Farka Touré y Toumani Diabaté, ganaba un Grammy en la categoría "mejor disco de world music tradicional". Y hoy, un año después de aquella legendaria noche stone en Dublín, las listas europeas de world music tienen a Mali Koura de Issa Bagayogo, otro maliense, en el primer lugar; y más atrás, no muy lejos, a Tchamantché , de Rokia Traoré, 3MA , de Project 3MA, y Belle ...poque vol. II: Mansa , de Rail Band, todos grupos o solistas del país que crece entre el río Níger y el desierto del Sahara, el insospechado corazón de buena parte de la música popular más estimulante que se pueda escuchar por estos días.

El hombre detrás de la difusión actual de la música de Mali es el inglés Nick Gold, el mismo que en los años 90 puso de moda a Cuba con el proyecto Buena Vista Social Club y sus grandes efectos colaterales, como la megaorquesta Afro Cuban All Stars de Juan de Marcos o las tardías pero seguras carreras solistas de Omara Portuondo, Ibrahim Ferrer y Compay Segundo. Gold es el fundador del sello independiente World Circuit, y en 1995 produjo Talking Timbuktu , el espeluznante encuentro entre los guitarristas Ry Cooder y Ali Farka Touré que ganaría un Grammy y pondría a Cooder en la órbita de antropología musical que pocos años después lo llevaría hasta La Habana para grabar y producir el ya clásico Buena Vista Social Club (película homónima de Wim Wenders incluida). "Descubridor" para este lado del mundo de la poderosa obra de Ali Farka Touré, Gold también agregó al pionero catálogo de World Circuit a Oumou Sangaré, Toumani Diabaté y Kasse Mady Diabaté, estrellas más jóvenes que representan distintas regiones, estilos y tradiciones socioculturales de Mali. Touré, ex alcalde de Niafunké y agricultor de toda la vida, ya había contado con la colaboración del guitarrista Taj Mahal para su disco The Source (1992, el segundo suyo, tras The River , de 1990, grabado para World Circuit); sin embargo, no fue hasta el diálogo cultural que estableció con Cooder en Talking Timbuktu que su nombre se instaló como una referencia a la hora de pensar que el blues creció en Estados Unidos, pero había nacido al calor de la música islámica tamashek (la etnia de la que procede Touré), según teorías posteriores del etnomusicólogo Gerhard Kubik.

Sangaré, oriunda del sudoeste del país, es la mayor voz del Wassoulou, una región cuya música combina rituales antiguos con letras devocionales y melodías escritas en escala pentatónica, de cinco notas. La vida personal de la hermosa Oumou está marcada por la poligamia del padre y la consiguiente infelicidad de la madre, un hecho de su infancia que ciertamente detonó su lucha en contra del machismo, la ablación y los casamientos arreglados. En el CD doble Oumou (2003), Gold editó para World Circuit una compilación del trabajo de esta embajadora de buena voluntad de la ONU, y desde entonces ella presenta ese notable disco por escenarios que incluyeron un sensible dueto con Alicia Keys para el exitazo "Fallin ", de la neoyorquina. Toumani Diabaté nació en Bamako, la capital de Mali, y es un virtuoso intérprete de la kora, un arpa de 21 cuerdas a través del cual, dicen, pueden escucharse las voces de los ángeles. Colaborador de Ketama en los discos Songhai (1988) y Songhai II (1994), pertenece a la etnia mandé, rica en griots , juglares africanos que con su canto preservan las tradiciones orales de una tribu. Kasse Mady Diabaté también es un griot , poseedor de una de las voces más bonitas de su país y heredero de las luchas que sus antepasados familiares libraron junto al fundador del imperio de Mali en el siglo XIII, Sundyata Keita. Para el CD Kassi Kasse , de Kasse Mady, Nick Gold llevó a Mali a Oscar "Cachaíto" López, contrabajista en Buena Vista Social Club , y rodeó al griot africano con los músicos malienses que en los años 60 formaron Las Maravillas de Mali, una célebre orquesta de charanga cuyos miembros estudiaron son y rumba en las escuelas y las calles de La Habana. El resultado es un cruce insólito y poderoso, en la línea del CD Cubafrica , en el que el guitarrista Eliades Ochoa (de Buena Vista ...) y el saxofonista camerunés Manu Dibango tocan "Cerezo rosa", "Quizás, quizás, quizás" y otros sones y boleros cubanos, aquellos con los que Dibango había aprendido a tocar su instrumento en la lejana Douala.

Con estos encuentros, la música de Mali conquistó Europa y siguió las huellas de Salif Keita, el cantante mandinga que desciende de Sundyata Keita, el albino negro sin el cual no puede imaginarse esa world music creada para definir la geografía cultural que va del "Pata pata" de Miriam Makeba a los más recientes beats electrónicos de los Balcanes o el rock magrebí de Rachid Taha, entre muchos otros. En Bamako, Salif Keita tiene un bar, Moffou, el mismo nombre de uno de sus mejores discos. Y un caliente día de marzo de 2006, dos malienses me llevaron hasta su puerta.

Polvo y nubes

Bamako es una ciudad polvorienta, el suelo rojo se mete en el pelo y las uñas, y las nubes amenazan con una lluvia que no cae nunca. Cuando el color del suelo se convierte en el color del cielo, los aviones no salen y la gente coloca una tele con pantalla de 12 pulgadas en el medio de la calle, para ver los partidos de fútbol en los que juegan Didier Drogba, Samuel Eto o y demás héroes africanos de los campos de futbol europeos. En la canción "Dimanche à Bamako", Amadou &; Mariam le cantan al domingo de la ciudad, el día elegido por los malienses para contraer matrimonio, y su videoclip muestra a la pareja sometida a uno de los tantísimos problemas cotidianos de la ciudad que se expande a orillas del río Níger. La chica, vestida con su traje de novia, no consigue un taxi ni se puede subir a ninguna de las siempre repletas combis; mientras tanto, a las puertas de la mezquita, el novio la espera entre incrédulo y desesperado. Hay que decir que los taxis proliferan en Bamako, aunque el turista desprevenido no hará diferencias entre uno y cualquier otro coche destartalado, viejísimo, nefasto. Una vez arriba, el taxista pregunta a dónde va el cliente; ya enterado, se acerca a uno de los muchos puestos de combustible de la ciudad y pone en el tanque lo mínimo para ir, volver y ganar un 10% del viaje. En un país pobre como Mali, el petróleo es una ilusión y el combustible un lujo que sólo un extranjero puede pagar.

El bar Moffou está a 15 minutos del centro de la ciudad, siempre y cuando en la ruta sin asfaltar no se interpongan camiones volcados, agujeros repentinos o, como la semana en la que me tocó estar, accidentes con rinocerontes atropellados. Dos días antes había muerto Ali Farka Touré, y decían que la ciudad estaba más triste y sombría que nunca. Para un blanco que habla poco francés (y menos aún, francés de Mali), todo es complicado en Bamako: comer, porque es difícil adivinar qué hay en cada plato; beber agua, porque es carísima y no se consigue en cualquier almacén; y sobre todo trasladarse, ya que para tomar un taxi hay que estar cerca de una estación de servicio, y los conductores de las combis dicen que van a lugares a los que muchas veces ni siquiera piensan en acercarse. Por eso, para llegar al Moffou acepté la compañía de dos guías improvisados que me ofrecían una gran variedad de productos y servicios pirata. Cuando llegamos, pedí un pescado en salsa de maní con un picante de la región. "Para todos", improvisé en un francés más esperanzado que efectivo. "No, te agradecemos pero nosotros no vamos a comer pescado", me contestó el más sociable de mis guías. "¿Por qué?", le pregunté, temeroso de haber cometido alguna imprudencia cultural, política o religiosa. "Es que, como puedes ver, no tenemos dientes para masticarlo", me contestaron, con señas que apuntaban a sus bocas de veras vacías.

En la tele blanco y negro del Moffou se podía ver una telenovela protagonizada por Natalia Oreiro. Por sus pasillos se levantaban puertas enormes que daban a los cuartos de la familia Keita. Mientras esperaba que Salif apareciera, mis guías me explicaron que, en un país como el de ellos, la música es un patrimonio entre cultural y sagrado. "Otros países tienen petróleo, nosotros tenemos a Oumou, Salif, Toumani", señalaban, y yo sabía que jamás iba a entender esas palabras en su exacta dimensión. Me habían acompañado al Moffou no tanto por el pescado que yo pudiera invitarles, sino porque pensaban que, acompañados por un blanco, Salif tal vez los tomaría en cuenta si ellos le pedían trabajo o cualquier otro favor. En las tandas publicitarias que cortaban la historia de la Oreiro, se proyectaba un pequeño corto sobre la vida y obra del guitarrista y ex alcalde Farka Touré. En los asientos del extraño lounge , forrados con telas de terciopelo, algunos hombres dormían, una pareja se besaba y otros entraban y salían sin que yo pudiera saber qué hacían por ahí. No era un bar como cualquier otro, tal vez porque la música, en Mali, no representa lo mismo que en cualquier otro país.

Salif Keita es uno de los pocos músicos de Mali que no necesitó a un extranjero para llegar a Europa. Ali Farka Touré precisó a Nick Gold y a Ry Cooder; Oumou Sangaré, Toumani Diabaté y Kasse Mady Diabaté, a Gold; Tinariwen, al productor Justin Adams (guitarrista de Robert Plant); Issa Bagayogo, a los productores de Six Degrees Records; y Amadou & Mariam, a Manu Chao. Salif se instaló en París en 1984, cuando llevaba por lo menos diez años entre Les Ambassadeurs y una carrera solista incomparable en la que destaca Soro (1987). Su CD Remixes from Moffou (2004), en el que participan Frédéric Galliano y La Funk Mob, entre otros, llevó su trabajo de siempre a la pista de baile global, en un gesto que amplió su influencia hasta fronteras poco usuales en un artista de world music .

En el bar Moffou, Keita le pone un escenario a los principales músicos del país, del electrónico Issa Bagayogo a la tradicional Rokia Traoré. Y para muchos de ellos, presentarse en el enorme y cálido Moffou es más emocionante que tocar en un teatro de Europa. Bagayogo condujo taxis y ómnibus antes de grabar un segundo casete de éxito en su país; Amadou & Mariam pasaron largos años estudiando braille en el Instituto para Ciegos de Bamako, donde formaron la Orchestra Eclipse, antes de casarse en 1980, el año de nacimiento de su dúo. "La música no tiene fronteras y nadie necesita ningún lenguaje o idioma especial para entenderla y dejarse emocionar por ella", dijo Keita, mientras mostraba el estudio de grabación que tiene en Moffou, a un lado del escenario de los shows. Albino y negro, Salif fue discriminado por el color de una piel que según el pensamiento local podía anunciar catástrofes o mala suerte. "Si me salvé por algo, fue por la música -concluyó esa calurosa tarde de Bamako, después de contar su historia-; por eso, cuando canto o estoy arriba de un escenario, el público advierte lo que cuento, a pesar de los obstáculos de la lengua. La música es el lenguaje. Y todos hablamos ese idioma." En la puerta del Moffou, un taxi esperaba al turista desprevenido que había perdido a sus guías, ahora más interesados en relacionarse con el músico que podría cambiarles la vida. Adentro del coche maloliente y roto sonaba un remix de "Dimanche à Bamako". Y en el camino al fondo de la noche africana, la música transformaba el rojo del suelo y del cielo en un milagro inexplicable dispuesto a conquistar el mundo.






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