Cultura: Del deseo al cuerpo domesticado

A 40 años de su estreno, la heroína del film protagonizado por Jane Fonda encarnó de modo emblemático la celebración de la carnalidad y el erotismo despreocupado que nació con el Mayo Francés y que hoy se ha transformado en exigencia de belleza



Por Paula Sibilia
Para LA NACION

A mediados de la década de 1970, Michel Foucault señaló un momento de ruptura entre dos formas bastante distintas de tratar a los cuerpos humanos. Ese quiebre habría ocurrido en 1968. Tras, por lo menos, dos siglos de riguroso encuadramiento de las costumbres, en la línea dura de la disciplina normalizadora y la vigilancia respetuosa de los reglamentos, aquellos jóvenes insurgentes que tomaron las calles hace cuarenta años encarnaron la rebeldía corporal. Con su glamour informal y sus ansias de transformarlo todo, supieron levantar la bandera desafiante de un cuerpo sexuado que se dejaba atravesar por múltiples intensidades. Nadie mejor que Barbarella, aquella jovial guerrera del amor interestelar, para ilustrar esas siluetas que asumieron alegremente su condición deseante y deseada.

"A partir de los años sesenta quedó claro que ese poder tan rígido no era tan indispensable como se creía –ha dicho Foucault–, y que las sociedades industriales podían contentarse con un poder mucho más tenue sobre el cuerpo." Adoquines de desprecio fueron arrojados contra aquellas formalidades de corbata y pluma fuente, que durante tanto tiempo habían amordazado a los huesos y músculos modernos para imprimirles los ritmos de la fábrica, el cuartel, la escuela y la cárcel. Esas coacciones podían atenuarse o incluso desaparecer; he ahí uno de los grandes descubrimientos del exultante 68. ¡Bienvenidas las fiestas, la espontaneidad y las delicias psicodélicas, y viva la santísima trinidad del rock & roll!

Pero ¿eso habrá sido todo? ¿Liberación generalizada, y listo? ¿Los poderes se limitaron a replegarse hasta esfumarse en las tinieblas de lo obsoleto? En 1975, el filósofo francés ya intuía una respuesta menos diáfana para esa cuestión: la contraofensiva dispensó azotes y grilletes, y en su lugar puso en marcha "una explotación económica (y tal vez ideológica) del erotismo, desde los productos para broncearse hasta las películas pornográficas". Hoy, como sabemos, ese catálogo que lucra con el mercado del embellecimiento, del placer y del bienestar se multiplicó estruendosamente.

De modo que las cosas son más complicadas de lo que parecen. Aunque, de hecho, se aflojaron buena parte de las ataduras que amarraban y presionaban a los cuerpos heredados de la cultura decimonónica, no parece haber sido exactamente en beneficio de una libertad sin límites. Ese brote de optimismo "paz y amor" que se atrevió a soñar con un año 40.000 d. C. en el cual imperaría una voluptuosa armonía astral –rubias esculturales viajarían desnudas en cápsulas tapizadas de peluche anaranjado, para comulgar festivamente con alienígenas, robots, cavernícolas, muñecas caníbales, ángeles ciegos o incluso terráqueos–, hoy suena más lejano que en un inimaginable siglo cuatrocientos. "¿Para qué alguien podría querer un arma?", preguntaba la tierna Barbarella en la primera escena de la película, mientras dejaba escapar una risita incrédula al enterarse de que a un lunático de algún planeta remoto se le había ocurrido alterar la paz reinante en el espacio sideral durante milenios. Por algún motivo (o por varios), el futuro no sólo se oscureció bastante en los últimos cuarenta años, sino que también se acortó vertiginosamente.

Ocurre que en las cuatro décadas que nos separan de aquel mítico año signado por las rebeldías juveniles, los dispositivos de poder se reacomodaron de una manera sumamente eficaz, con el fin de acometer esos nuevos cuerpos –tan sedientos y dinámicos– con otras aspiraciones y necesidades. Una vez efectuadas esas arteras metamorfosis, las embestidas corporales no recurren más a la represión de deseos interdictos o a la fabricación de culpas envueltas en anticuados pudores. Las reglas del juego cambiaron, los corsés ardieron en plaza pública, varias cercas se derrumbaron y todas las prohibiciones fueron prohibidas. Entonces, la simpática Barbarella se calzó las medias de red, pintó sus labios con mucho rouge y se lanzó a la lucha, sin olvidarse de llevar a bordo un par de espesas pestañas postizas y píldoras de todos los colores. Porque el nuevo tipo de poder se infiltraría en los organismos humanos bajo la forma de una vigorosa estimulación constante, sembrando los apetitos más diversos e incitando su urgente consumación.

"¡Desnúdese! –tradujo sagazmente Foucault, como si estuviera hablando con la astronavegante pop encarnada en la esbelta figura de aquella Jane Fonda cinematográfica–, ¡pero sea delgado, bonito, bronceado!". Tal es el lema de la nueva misión inscrita en los cuerpos de fines del siglo XX y principios del XXI, por fin libertos de las severidades de otrora, aunque suavemente intimados a encuadrarse en los moldes del fitness para estar a la altura de lo que se espera de ellos. O sea: para poder disfrutar de los sacrosantos placeres de su condición encarnada, deberán obedecer a la flamante moral de la buena forma. Por lo tanto, fruto de intensas batallas y conquistas políticas, socioculturales y también económicas, esas siluetas paridas en las barricadas de 1968 también responderían a las exigentes demandas de un mundo nuevo, un universo que entonces nacía con pujanza y que hoy vemos consolidarse por todas partes.

La trayectoria de Jane Fonda es tan sintomática que parece, ella también, diseñada a medida. Ícono de la juventud comprometida en los calurosos tiempos de la Guerra de Vietnam, se casó con el millonario dueño de la cadena de noticias CNN en los más gélidos años noventa, cuando ya era otra la exótica nación asiática que su país había decidido bombardear. Pero fue entre uno y otro de esos episodios geopolíticos cuando la ex señora de Roger Vadim y futura esposa de Ted Turner volvió a dictar lo que había que hacer con el propio cuerpo, sobre todo cuando éste insistía en volverse peligrosamente poscuarentón. ¿Qué? ¡Gimnasia aeróbica, claro! Los videos didácticos en los cuales Jane Fonda enseñaba a modelar los diversos músculos fueron un suceso internacional, y contribuyeron a inaugurar la era triunfal de los gimnasios.

No pain, no gain, rezaba el eslogan de la exitosa línea de productos, parafraseando las enseñanzas de uno de los padres de su patria, Benjamin Franklin, y actualizando el puritanismo al ritmo de los abdominales, los bíceps y el trabajo de glúteos. El primer video de la serie llegó a vender diecisiete millones de ejemplares, sólo en Estados Unidos.

Como si en realidad hubiera transcurrido una era geológica entera, los últimos fulgores de aquel espejismo intergaláctico de los años sesenta y su erotismo despreocupado se habían extinguido en medio de alguna nube fosforescente. Hoy la actriz neoyorquina tiene más de setenta años, pero la lucha todavía continúa: de vez en cuando presta su rostro para estamparlo en publicidades de cremas antiarrugas, y se vende como un digno emblema de la mujer bien conservada.

En 1967, un año antes del estampido provocado por esta bomba sexy y multicolor que escandalizó al mismo tiempo que hechizaba a millones de espectadores, Guy Debord publicó su manifiesto titulado La sociedad del espectáculo. Tanto en ese libro como en la película homónima, el autor denunciaba el surgimiento de un nuevo tipo de sociedad, articulada en función de las imágenes y las apariencias. El espectáculo, escribió Debord, "es capital en tal grado de acumulación que se transforma en imagen". Sus códigos y reglas pasaron a pautar nuestros modos de vida y nuestras visiones del mundo, así como las relaciones sociales y afectivas, e incluso la construcción de uno mismo. La lógica del espectáculo fue apropiándose de todo, sin dejar prácticamente nada afuera, ya que el espectáculo "es el sol que jamás se pone en el imperio de la pasividad moderna".

Como una Lara Croft libidinosa y vintage, o como una Barbie ninfomaníaca y casi de verdad, esta muñequita futurista de los años sesenta es mucho más perspicaz que cualquiera de ellas. Por eso, aun reluctante, el personaje filmado en 1968 no puede dejar de admitir que "para algunas cosas, la vieja usanza era mejor". La bella responde afirmativamente a ese sabio veredicto de uno de sus amantes, justo el más fogoso, a la hora de despedirse: aquel rústico cazador polar de talante ligeramente prehistórico, que logró ajustar con éxito algunos tornillos de la aeronave averiada de la joven, todo sin dejar de transpirar testosteronas bien analógicas a través de su insinuante mirada.

Pero el mundo se volvería fatalmente tecno, y a la alegre Barbarella se la ve muy a gusto en esos ambientes de confort supersónico. En su cápsula espacial ovalada y roja conviven varios electrodomésticos de neón. Hasta tiene una especie de televisor de plasma gigantesca, una cama de plástico transparente y una computadora que se ocupa de todo; aunque haya ciertas cosas que la máquina "jamás entendería", como la muchacha se encarga de advertirle con cierta displicencia. Lo cierto es que ella sólo pone cara fea ante el sabor del líquido violeta que le proporciona los nutrientes necesarios para mantener el contundente cuerpito en pie, confirmando, una vez más, que para ciertas cosas la vieja usanza era mejor. Pero nada grave: no sólo bebe rápidamente todo el contenido del vaso, sino que incluso después nos concede una sonrisita encantadora.

"Enséñame a volar, electrifícame", suplica la voz masculina que canturrea en la apertura del film, visiblemente en éxtasis frente a la imagen de esa escultura humana rubia y bien modelada que, de entrada, desnuda sus curvas para mostrar casi todo ante las cámaras. En una escena especialmente alegórica, estatuas de diosas clásicas y retratos de damas impresionistas demasiado vestidas testimonian la gloriosa aparición. Al igual que ellas, mientras esta Venus de los años sesenta revela su figura esplendorosa con mucho más orgullo y deleite que decoros y recatos, quien la aprecia de lejos tiene la impresión de estar viendo nacer un nuevo tipo de mujer.

El feminismo ganó ambiguos refuerzos cuando esta dulce guerrera cósmica se sacó el casco de astronauta, sacudió la larga cabellera salvaje y extendió con pereza las piernas desnudas en el aire sin gravedad. Era un cuerpo que se libraba sin recelos del peso inerte de los viejos tabúes y otros lastres anquilosados, mientras sellaba su pacto de sangre con los deslumbramientos audiovisuales. "Nadie podría clonarte", suspiraba el cantante con admiración, al observar cómo la beldad conquistaba toda la pantalla. ¿Tendría razón? Probablemente, no.







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