Cultura: El sueño del reloj de Immanuel Kant
Königsberg, la ciudad que marcaba la hora al ritmo del filósofo, ahora es Kaliningrado. Aquí un recorrido por el vacío que dejaron sus lugares, entre las antiguas calles y edificios donde vivió el autor de Crítica de la Razón pura.
Por: Ivan Bercedo / Jorge Mestre. Especial La Vanguardia y Clarín
De Immanuel Kant probablemente hoy se conozca más su puntualidad que su epistemología. Los lectores de La crítica de la razón pura escasean y en cambio la anécdota que explica cómo las matronas de Königsberg ponían en hora los relojes al ver pasar al filósofo en su paseo vespertino tiene siempre una gran acogida, resulta simpática y funciona como el ejemplo perfecto de cómo la maquinaria del pensamiento ilustrado tiraniza simétricamente a la naturaleza y al individuo.
Cumplidos los cuarenta, sin haber salido nunca de su ciudad natal, soltero y aquejado de una hipocondría justificada por un buen muestrario de dolores, Kant se autoimpuso una rutina estricta que seguiría los siguientes cuarenta años (las cuatro décadas que acogen el grueso de su obra filosófica). Lampe, su criado, le despertaba invariablemente a las cinco de la mañana. Tomaba un té y fumaba una pipa, la única del día. Leía y preparaba las lecciones hasta las siete, recibía a sus alumnos y después de la clase volvía al estudio para trabajar hasta el mediodía. Se vestía entonces de manera formal y realizaba su única comida del día acompañado de un grupo cuidadosamente escogido de invitados que nunca superaba en número a las Musas, ocho, ni era inferior a las Gracias, tres. El alegre almuerzo y la conversación subsiguiente constituían su principal acto social y se prolongaban hasta la hora del paseo, que realizaba solo, contando los pasos y respirando por la nariz. La caminata le llevaba hasta la casa de su amigo Joseph Green, con el que pasaba la tarde hasta las siete en punto, momento en el que realizaba el legendario paseo vespertino de vuelta a casa, que servía para poner en hora los relojes. Leía hasta las diez y se dormía, tras un protocolo de relajación de un cuarto de hora en el que procuraba dejar la mente en blanco para evitar que los sueños entorpecieran su descanso nocturno.
Conocemos esta mecanización de los usos del día en la vida de Kant porque se convirtió inmediatamente en un tema literario: casi todos los autores de su entorno académico (Hamann, Jachmann, Borowski, Herder) lo describen en su obra e incluso algún testimonio, como el de Wasanski, que relata con una morosidad minuciosa la pérdida de facultades, la enfermedad y la muerte del filósofo octogenario, le sirve a un escritor de la generación siguiente, Thomas de Quincey, para construir un relato dramático sobre la decadencia de la mente más preclara de Occidente. Para el autor de Confesiones de un comedor de opio y Del asesinato como una de las Bellas Artes es más elocuente la enfermedad de Kant que su filosofía.
Entorno testimonial
Es probable que cualquier aproximación a la biografía de Kant esté deformada por el punto de vista literario interiorizado por el propio entorno testimonial del filósofo. De hecho, los detalles de su ejemplar puntualidad se confunden con una obra teatral de la época, El hombre del reloj,del autor satírico von Hippel, alcalde de Königsberg, amigo de Kant y figura rescatada actualmente por el feminismo, que muy probablemente se inspiró en Green y no en Kant para su personaje cronométrico, por lo que la historia habría provocado una transferencia de carácteres entre los dos amigos íntimos: el anónimo y el famoso. Si las matronas de Königsberg ponían en hora el reloj al ver pasar a Kant, era porque Green le invitaba a abandonar su casa con una puntualidad escrupulosa.
La cuestión del reloj no es en absoluto anecdótica. La visión mecanicista de la naturaleza, que está en la base de nuestra era tecnocientífica, interpreta el universo como un extraordinario engranaje en el que los astros, los gases y los fluidos terrestres se mueven con la precisión y comprensibilidad de un reloj: las cosas son predecibles y matematizables, todo es reducible a través del estudio y la comprobación sistemática y sólo es verdad lo que es científicamente demostrable. Con insistencia persistente, los principales pensadores modernos utilizan la metáfora del reloj en sus descripciones del mundo. Newton y Leibniz discuten si Dios da cuerda al reloj del mundo, Descartes imagina los deseos humanos activados por contrapesos, muelles y cadenas. Que Kant interiorizase en su paseo vespertino los problemas cosmológicos del reloj anuncia la deriva individualista, el solipsismo tecnológico de la modernidad.
Cuando el lector actual repasa las descripciones de la vida diaria de Kant, difícilmente puede eludir una doble comparación. En primer lugar, Luis XIV, el Rey Sol, un siglo antes, también ritualiza rutinas, paseos y necesidades fisiológicas, en la medida que concentra el poder y convierte a la aristocracia en los actores de una comedia banal. La ritualización de la vida burguesa que representa Kant resulta ser paralela, en este caso, a la Revolución Francesa, y revela la tiranía de convenciones estrictas en que se convertirá la vida familiar de la época victoriana. La revolución burguesa del espacio público se tra duce en el autoritarismo del espacio privado. En segundo lugar, Sócrates, que al igual que Kant en su tiempo, ejemplificó el compromiso con la verdad. Es el diálogo con sus conocidos lo que le permite a Sócrates diseccionar la oscuridad de las cosas y extraer la verdad. En cambio, en los almuerzos sociales de Kant, a diferencia del banquete socrático, no está bien visto hablar de filosofía. La conversación debe ser obligatoriamente ligera, mientras que la filosofía se repliega al espacio individual de la lectura y la escritura. Los pensamientos pueden escribirse, pero son casi siempre silenciosos.
Königsberg hoy no existe. En su lugar hay una ciudad que se llama Kaliningrado. Los bombardeos aliados y las tropas soviéticas arrasaron la pequeña capital cultural prusiana, que ya había sido masacrada por el odio nazi en la noche de los cristales rotos del 9 de noviembre de 1938. La ciudad antigua se concentraba en dos pequeñas islas bañadas por el río Pregel. Los siete puentes que las conectaban inspiraron a Euler, cuando Kant todavía era joven, el famoso problema origen de la teoría de grafos ( "¿puede alguien cruzar por todos los puentes de Königsberg y volver al punto de partida sin pasar dos veces por el mismo puente?"). En la actualidad, las dos islas están prácticamente vacías. Las antiguas calles y edificios han desaparecido, por lo que la catedral, que sí fue reconstruida, está en medio de un parque desolado por el que cruza una autopista. La ciudad de Kaliningrado, con sus bloques multirresidenciales de inspiración soviética, empieza donde termina el vacío dejado por Königsberg. En este territorio fantasma engullido por la implosión de la razón, el fotógrafo Joachim Koester ha rastreado la huella de los paseos de Kant en su serie The Kant Walks (2005). Por supuesto, es una exploración destinada al fracaso, un paseo elegíaco. Si Thomas de Quincey se demoraba en los efectos de la enfermedad sobre el juicio, Koester encuentra en el paisaje la misma perturbación degenerativa. Los lugares por los que paseaba Kant parecen extraídos de sus sueños anulados.
En 1740 ingresó en la Universidad de Königsberg como estudiante de teología y fue alumno de Martin Knutzen, quien lo introdujo en la filosofía racionalista de Leibniz y Wolff, y le imbuyó así mismo el interés por la ciencia natural, en particular, por la mecánica de Newton. En 1770, tras la obtención de la cátedra, se abrió un lapso de diez años de silencio durante los que acometió la tarea de construir su nueva filosofía crítica, después de que el contacto con el empirismo escéptico de Hume le permitiera, según sus propias palabras, "despertar del sueño dogmático". En 1781 se abrió el segundo período en la obra kantiana, al aparecer finalmente la Crítica de la razón pura, en la que trata de fundamentar el conocimiento humano y fijar así mismo sus límites. Más tarde llegaría Su Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio.
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/11/26/_-01810693.htm
De Immanuel Kant probablemente hoy se conozca más su puntualidad que su epistemología. Los lectores de La crítica de la razón pura escasean y en cambio la anécdota que explica cómo las matronas de Königsberg ponían en hora los relojes al ver pasar al filósofo en su paseo vespertino tiene siempre una gran acogida, resulta simpática y funciona como el ejemplo perfecto de cómo la maquinaria del pensamiento ilustrado tiraniza simétricamente a la naturaleza y al individuo.
Cumplidos los cuarenta, sin haber salido nunca de su ciudad natal, soltero y aquejado de una hipocondría justificada por un buen muestrario de dolores, Kant se autoimpuso una rutina estricta que seguiría los siguientes cuarenta años (las cuatro décadas que acogen el grueso de su obra filosófica). Lampe, su criado, le despertaba invariablemente a las cinco de la mañana. Tomaba un té y fumaba una pipa, la única del día. Leía y preparaba las lecciones hasta las siete, recibía a sus alumnos y después de la clase volvía al estudio para trabajar hasta el mediodía. Se vestía entonces de manera formal y realizaba su única comida del día acompañado de un grupo cuidadosamente escogido de invitados que nunca superaba en número a las Musas, ocho, ni era inferior a las Gracias, tres. El alegre almuerzo y la conversación subsiguiente constituían su principal acto social y se prolongaban hasta la hora del paseo, que realizaba solo, contando los pasos y respirando por la nariz. La caminata le llevaba hasta la casa de su amigo Joseph Green, con el que pasaba la tarde hasta las siete en punto, momento en el que realizaba el legendario paseo vespertino de vuelta a casa, que servía para poner en hora los relojes. Leía hasta las diez y se dormía, tras un protocolo de relajación de un cuarto de hora en el que procuraba dejar la mente en blanco para evitar que los sueños entorpecieran su descanso nocturno.
Conocemos esta mecanización de los usos del día en la vida de Kant porque se convirtió inmediatamente en un tema literario: casi todos los autores de su entorno académico (Hamann, Jachmann, Borowski, Herder) lo describen en su obra e incluso algún testimonio, como el de Wasanski, que relata con una morosidad minuciosa la pérdida de facultades, la enfermedad y la muerte del filósofo octogenario, le sirve a un escritor de la generación siguiente, Thomas de Quincey, para construir un relato dramático sobre la decadencia de la mente más preclara de Occidente. Para el autor de Confesiones de un comedor de opio y Del asesinato como una de las Bellas Artes es más elocuente la enfermedad de Kant que su filosofía.
Entorno testimonial
Es probable que cualquier aproximación a la biografía de Kant esté deformada por el punto de vista literario interiorizado por el propio entorno testimonial del filósofo. De hecho, los detalles de su ejemplar puntualidad se confunden con una obra teatral de la época, El hombre del reloj,del autor satírico von Hippel, alcalde de Königsberg, amigo de Kant y figura rescatada actualmente por el feminismo, que muy probablemente se inspiró en Green y no en Kant para su personaje cronométrico, por lo que la historia habría provocado una transferencia de carácteres entre los dos amigos íntimos: el anónimo y el famoso. Si las matronas de Königsberg ponían en hora el reloj al ver pasar a Kant, era porque Green le invitaba a abandonar su casa con una puntualidad escrupulosa.
La cuestión del reloj no es en absoluto anecdótica. La visión mecanicista de la naturaleza, que está en la base de nuestra era tecnocientífica, interpreta el universo como un extraordinario engranaje en el que los astros, los gases y los fluidos terrestres se mueven con la precisión y comprensibilidad de un reloj: las cosas son predecibles y matematizables, todo es reducible a través del estudio y la comprobación sistemática y sólo es verdad lo que es científicamente demostrable. Con insistencia persistente, los principales pensadores modernos utilizan la metáfora del reloj en sus descripciones del mundo. Newton y Leibniz discuten si Dios da cuerda al reloj del mundo, Descartes imagina los deseos humanos activados por contrapesos, muelles y cadenas. Que Kant interiorizase en su paseo vespertino los problemas cosmológicos del reloj anuncia la deriva individualista, el solipsismo tecnológico de la modernidad.
Cuando el lector actual repasa las descripciones de la vida diaria de Kant, difícilmente puede eludir una doble comparación. En primer lugar, Luis XIV, el Rey Sol, un siglo antes, también ritualiza rutinas, paseos y necesidades fisiológicas, en la medida que concentra el poder y convierte a la aristocracia en los actores de una comedia banal. La ritualización de la vida burguesa que representa Kant resulta ser paralela, en este caso, a la Revolución Francesa, y revela la tiranía de convenciones estrictas en que se convertirá la vida familiar de la época victoriana. La revolución burguesa del espacio público se tra duce en el autoritarismo del espacio privado. En segundo lugar, Sócrates, que al igual que Kant en su tiempo, ejemplificó el compromiso con la verdad. Es el diálogo con sus conocidos lo que le permite a Sócrates diseccionar la oscuridad de las cosas y extraer la verdad. En cambio, en los almuerzos sociales de Kant, a diferencia del banquete socrático, no está bien visto hablar de filosofía. La conversación debe ser obligatoriamente ligera, mientras que la filosofía se repliega al espacio individual de la lectura y la escritura. Los pensamientos pueden escribirse, pero son casi siempre silenciosos.
Una ciudad que no existe
Königsberg hoy no existe. En su lugar hay una ciudad que se llama Kaliningrado. Los bombardeos aliados y las tropas soviéticas arrasaron la pequeña capital cultural prusiana, que ya había sido masacrada por el odio nazi en la noche de los cristales rotos del 9 de noviembre de 1938. La ciudad antigua se concentraba en dos pequeñas islas bañadas por el río Pregel. Los siete puentes que las conectaban inspiraron a Euler, cuando Kant todavía era joven, el famoso problema origen de la teoría de grafos ( "¿puede alguien cruzar por todos los puentes de Königsberg y volver al punto de partida sin pasar dos veces por el mismo puente?"). En la actualidad, las dos islas están prácticamente vacías. Las antiguas calles y edificios han desaparecido, por lo que la catedral, que sí fue reconstruida, está en medio de un parque desolado por el que cruza una autopista. La ciudad de Kaliningrado, con sus bloques multirresidenciales de inspiración soviética, empieza donde termina el vacío dejado por Königsberg. En este territorio fantasma engullido por la implosión de la razón, el fotógrafo Joachim Koester ha rastreado la huella de los paseos de Kant en su serie The Kant Walks (2005). Por supuesto, es una exploración destinada al fracaso, un paseo elegíaco. Si Thomas de Quincey se demoraba en los efectos de la enfermedad sobre el juicio, Koester encuentra en el paisaje la misma perturbación degenerativa. Los lugares por los que paseaba Kant parecen extraídos de sus sueños anulados.
Kant Básico
Königsberg, 1724 - 1804. FilósofoEn 1740 ingresó en la Universidad de Königsberg como estudiante de teología y fue alumno de Martin Knutzen, quien lo introdujo en la filosofía racionalista de Leibniz y Wolff, y le imbuyó así mismo el interés por la ciencia natural, en particular, por la mecánica de Newton. En 1770, tras la obtención de la cátedra, se abrió un lapso de diez años de silencio durante los que acometió la tarea de construir su nueva filosofía crítica, después de que el contacto con el empirismo escéptico de Hume le permitiera, según sus propias palabras, "despertar del sueño dogmático". En 1781 se abrió el segundo período en la obra kantiana, al aparecer finalmente la Crítica de la razón pura, en la que trata de fundamentar el conocimiento humano y fijar así mismo sus límites. Más tarde llegaría Su Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio.
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/11/26/_-01810693.htm



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