Cultura: Fundación Proa, vanguardia y diseño a orillas del Riachuelo
Un equipo internacional creó el concepto arquitectónico para la nueva sede de la institución. El edificio emplazado en el corazón de La Boca es una lección de patrimonio vivo.
Por: Carolina Muzi
La nueva sede porteña de la Fundación Proa es una maduración evolutiva de la anterior y esto se expresa en todo su andamiaje. Empezando por la readaptación del edificio, que busca alcanzar al público masivo. Y siguiendo con la primera muestra que alberga Proa, dedicada al creador francés Marcel Duchamp.
Pero volviendo a la marca urbana, que también conforma una importante marca en la cultura arquitectónica de Buenos Aires, es muy grato comprobar cómo un edificio puede estar tan vivo. Y cómo puede ofrecer una rica e inusual conversación: entre Argentina e Italia pero también entre Buenos Aires y uno de sus barrios de más alta carga simbólica. El nuevo edificio de Proa es una lección de patrimonio vivo: tangibles e intangibles de la cultura material se expresan allí, en una sentida fusión temporal.
La vieja casona Dall Orso de fachada neoclásica con acentos italianizantes, que originalmente, en el siglo XIX, supo reunir un almacén y depósito en su planta baja con vivienda en la superior, fue amablemente convertida en enclave para el arte contemporáneo en 1995. Nacía entonces la Fundación Proa de la mano de los arquitectos Giuseppe Carusso y Agata Torricella titulares del sofisticado estudio de Milán que ahora volvió a transformar esta institución teniendo en cuenta sus nuevas necesidades y su evolución. Hay más espacio de exposición (cuatro salas) y la intención de ampliar la oferta de actividades. Se triplicó la superficie anterior, hasta llegar a los 2.300 metros cuadrados.
La tensión entre tradición y modernidad es un aspecto muy fuerte en todo proyecto , dispara Beppe Carusso, referente de una concepción sofisticada del patrimonio y especialista en espacios culturales y museísticos. Conceptual y sensata, la operación fue compleja. Desde la fachada se puede leer la articulación de las tres partes: la casona original y las dos casas vecinas, que se anexaron sobre este frente en diagonal, se unieron a través de un gesto de separación y vínculo: un marco de perfiles de hierro, cuyos laterales vidriados hablan el lenguaje contemporáneo de la transparencia.
La elección del blanco total para el exterior (pintado a la cal, como tradicionalmente se hacía) también expresa la vocación de diálogo con el entorno de La Boca, lo mismo que el remate en chapa acanalada, el signo característico del sur porteño. En tanto, el interior ofrece una experiencia de dinamismo espacial, notoria en obras arquitectónicas locales recientes. Desde una planta trapezoidal, los muros se elevan en una secuencia de ángulos agudos, que generan decenas de proas y la sensación de estar desplazándose dentro de una pieza de origami, pero con todos los dobleces a la vista. La iluminación natural es tan óptima como la artificial, de cuidado intensivo de las obras.
La biblioteca de doble altura y el auditorio, exquisitamente equipado, constituyen dos experiencias superiores de confort funcional y estético. Los pisos de roble americano han llegado tal cual salieron del aserradero, bellamente ásperos; el óxido del acero muestra cómo el tiempo sucede en el metal, el hormigón no ha recibido tratamiento alguno para esconder sus defectos. La vereda tiene esta vez un toque preciosista: está hecha de adoquines de caldén recuperados. Se extraña el damero de mosaicos albinegros de la terraza, cuyo solado quedó cubierto por listones de madera. Si Proa siempre tuvo un abordaje despierto a la cultura contemporánea, el anuncio de su nueva casa contenedora promete muchas y buenas cosas sucediendo en este Recodo de la Vuelta de Rocha, donde el presente y el pasado del barrio entran y salen del edificio con confianza.
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/11/26/_-01810523.htm
La nueva sede porteña de la Fundación Proa es una maduración evolutiva de la anterior y esto se expresa en todo su andamiaje. Empezando por la readaptación del edificio, que busca alcanzar al público masivo. Y siguiendo con la primera muestra que alberga Proa, dedicada al creador francés Marcel Duchamp.
Pero volviendo a la marca urbana, que también conforma una importante marca en la cultura arquitectónica de Buenos Aires, es muy grato comprobar cómo un edificio puede estar tan vivo. Y cómo puede ofrecer una rica e inusual conversación: entre Argentina e Italia pero también entre Buenos Aires y uno de sus barrios de más alta carga simbólica. El nuevo edificio de Proa es una lección de patrimonio vivo: tangibles e intangibles de la cultura material se expresan allí, en una sentida fusión temporal.
La vieja casona Dall Orso de fachada neoclásica con acentos italianizantes, que originalmente, en el siglo XIX, supo reunir un almacén y depósito en su planta baja con vivienda en la superior, fue amablemente convertida en enclave para el arte contemporáneo en 1995. Nacía entonces la Fundación Proa de la mano de los arquitectos Giuseppe Carusso y Agata Torricella titulares del sofisticado estudio de Milán que ahora volvió a transformar esta institución teniendo en cuenta sus nuevas necesidades y su evolución. Hay más espacio de exposición (cuatro salas) y la intención de ampliar la oferta de actividades. Se triplicó la superficie anterior, hasta llegar a los 2.300 metros cuadrados.
La tensión entre tradición y modernidad es un aspecto muy fuerte en todo proyecto , dispara Beppe Carusso, referente de una concepción sofisticada del patrimonio y especialista en espacios culturales y museísticos. Conceptual y sensata, la operación fue compleja. Desde la fachada se puede leer la articulación de las tres partes: la casona original y las dos casas vecinas, que se anexaron sobre este frente en diagonal, se unieron a través de un gesto de separación y vínculo: un marco de perfiles de hierro, cuyos laterales vidriados hablan el lenguaje contemporáneo de la transparencia.
La elección del blanco total para el exterior (pintado a la cal, como tradicionalmente se hacía) también expresa la vocación de diálogo con el entorno de La Boca, lo mismo que el remate en chapa acanalada, el signo característico del sur porteño. En tanto, el interior ofrece una experiencia de dinamismo espacial, notoria en obras arquitectónicas locales recientes. Desde una planta trapezoidal, los muros se elevan en una secuencia de ángulos agudos, que generan decenas de proas y la sensación de estar desplazándose dentro de una pieza de origami, pero con todos los dobleces a la vista. La iluminación natural es tan óptima como la artificial, de cuidado intensivo de las obras.
La biblioteca de doble altura y el auditorio, exquisitamente equipado, constituyen dos experiencias superiores de confort funcional y estético. Los pisos de roble americano han llegado tal cual salieron del aserradero, bellamente ásperos; el óxido del acero muestra cómo el tiempo sucede en el metal, el hormigón no ha recibido tratamiento alguno para esconder sus defectos. La vereda tiene esta vez un toque preciosista: está hecha de adoquines de caldén recuperados. Se extraña el damero de mosaicos albinegros de la terraza, cuyo solado quedó cubierto por listones de madera. Si Proa siempre tuvo un abordaje despierto a la cultura contemporánea, el anuncio de su nueva casa contenedora promete muchas y buenas cosas sucediendo en este Recodo de la Vuelta de Rocha, donde el presente y el pasado del barrio entran y salen del edificio con confianza.
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/11/26/_-01810523.htm
-722493.jpg)
-723934.jpg)
-724268.jpg)

Comentarios