Cultura: La línea que narra
Es la hora de los ilustradores. Los coleccionistas están comprando por sumas asombrosas los originales de las páginas que poblaron de fantasmas y paisajes imaginarios los libros del pasado. Ese hecho muestra la revalorización estética de un género que, ahora, es apreciado por el mercado
Por Laura Linares
De la Redacción de LA NACION
Si ésta es una época presuntuosa, en que la consagración llega desde el mercado, a la ilustración gráfica, al menos, le sirve para remontarse bellamente hacia las nubes. En los años 80, en Estados Unidos, los cuadritos de historieta inspiraron el pop y se convirtieron en grandes cuadros para la Historia del Arte, haciendo mundialmente famosos -y abultadamente ricos- a pintores ya paradigmáticos como Andy Warhol o Roy Lichtenstein. Ahora, los coleccionistas de arte europeos, que eran niños por entonces, han comenzado a comprar, por cifras estremecedoras, los originales de las páginas que ilustraron su infancia.
Pocos meses atrás, una acuarela del belga Hergé (1907-1983), realizada en 1932 para la portada de su álbum Tintín en América , fue vendida en París, por la casa de subastas Artcurial, en un millón doscientos mil dólares; un récord mundial para el original de una publicación de este tipo. Pero los franceses André Franquin (1924-1997) y Moebius (1938), y el para nosotros entrañable Hugo Pratt (1927-1995) ya cotizaban en cientos de miles de euros cuando el siglo cambió, y cada vez que se remata una página del yugoslavo, radicado en Francia, Enki Bilal ( Trilogía Nikopol ), los jóvenes multimillonarios se abalanzan sobre ella.
"Si quiero relajarme, leo a Engels. Si, en cambio, busco literatura comprometida, elijo a Corto Maltés", declaró en una entrevista, con toda seriedad, Umberto Eco, refiriéndose a las historias ilustradas que escribía y dibujaba el italiano Pratt, con el Corto como protagonista. Y en ocasión de una muestra de acuarelas del artista, escribió:
Sin embargo, nada es del todo nuevo entre la imagen y la palabra. La ilustración en Occidente comenzó con el libro mismo y sus iluminadores, que en la Edad Media daban luz y "lustre" a las páginas, con escenas realzadas por láminas de oro. Ya entonces muchos de ellos se dedicaban tanto a trabajos de miniaturas como a la pintura a gran escala de frescos en iglesias y palacios, y algunas firmas de autor han sobrevivido desde el siglo VIII. Famoso es el arte de Nicolás Gómez, por ejemplo, iluminador favorito de Isabel la Católica, en el siglo XV. Por esa misma época, en Basilea, el gran Alberto Durero, natural de Núremberg, iniciado en la xilografía pero ya reconocido como pintor, ilustraba con sus grabados sátiras tan populares como La nave de los locos ( Das Narrenschiff ), de Sebastian Brandt; y algunos años después financiaba su viaje a Aquisgrán, para entrevistar a Carlos V, en cuyo trayecto vendía copias firmadas de sus grabados.
El vínculo entre dibujantes y escritores se hizo habitual y próspero en el siglo XIX, con el auge de la prensa gráfica y el furor de la novela por entregas y los folletines, iniciados en los diarios de París. En 1843, Le Siècle publicaba nada menos que El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros de Dumas, dibujados por Maurice Leloir, y publicaciones periódicas encargaban ilustraciones a espléndidos grabadores de la talla de Gustave Doré.
Multiplicados aquellos encuentros, surgieron también fatales desencuentros. Los Papeles póstumos del Club de Pickwick nunca dejaron de tener el estigma oscuro de la pelea que el joven Charles Dickens sostuvo con Robert Seymour, el expresivo ilustrador y caricaturista, ya conocido por sus pinturas de costumbres, para cuyas imágenes se le habían solicitado al escritor los textos, según una práctica inversa a la actual pero común en la época. Hacia el final del segundo volumen de los Papeles... , de distribución mensual, Dickens y Seymour discutieron sobre una de las páginas, en un tono que debe de haber incluido la puja sobre quién tenía el derecho de definir el argumento. El editor, Edward Chapman, parece haberle dado la razón a su amigo Dickens, y a la mañana siguiente le devolvió airado el trabajo a Seymour. Por la tarde, el dibujante, de 38 años, se pegó un tiro. Su viuda nunca pudo cobrar los derechos de su marido, porque la ley penalizaba el suicidio, y Chapman retomó la edición de la historia con otro dibujante, y agregó al comienzo un texto agrio, en el que sostenía que la idea original nunca había sido de Seymour.
Pero tanta afinidad hay entre letra y dibujo, que tampoco es imposible elaborar listas de escritores que ejercen o ejercieron el placer de ilustrar sus propios textos. En El principito , de Saint-Exupéry, texto y dibujo son indivisibles; para saber cómo imaginaba Tolkien los complejos mundos de El hobbit y El señor de los anillos , basta con ver sus pinturas de los fabulosos, extraños paisajes: Esgaroth, Rivendel, las Montañas Nubladas.
Cuando el Centro Pompidou rescató a Jean Cocteau del desdén del público parisino con una gran exposición, a los 40 años de su muerte, junto a los retratos que le habían hecho sus amigos Picasso, Modigliani, Delaunay, Picabia, Rivera, estaban sus dibujos, de línea clara y sensible, que podían continuarse en la grafía de su letra dibujando un poema.
Letra tan fina, caligrafía dibujada, imagen garabateada y seguida en el color poético y la palabra en verso como la de Federico García Lorca. Dibujos a la vez sencillos y potentes, sobre los que Rafael Alberti escribió:
Y en la Argentina, Oliverio Girondo, también empapado de surrealismo, ilustraba con deliciosas tintas y acuarelas su primer libro Veinte poemas para ser leídos en un tranvía (1922); después Calcomanías (1925), con impresiones de España, y, más tarde, la verdadera performance -como se la describiría ahora- de montar un muñeco-escultura de tres metros de alto en una camioneta, para publicitar su propia edición de Espantapájaros (1932), y recorrer las calles porteñas con un megáfono: un éxito, 30.000 ejemplares de auténtica poesía vendidos en quince días.
Después de todo, dibujar la palabra, y hasta ilustrarla, puede hermanarse en formas tan insospechadas como ocurre en el ánimo y en la obra del escritor turco Orhan Pamuk (Premio Nobel de Literatura 2006), quien ha confesado, con el mayor detalle, en Estambul, memorias y la ciudad (2006), que su primera vocación fue la pintura; algo indudable si se sucumbe al placer de la lectura de Me llamo Rojo (1998), porque se entra así en lo más íntimo del universo de la ilustración, como si se penetrara en la más laberíntica iluminación de la escuela persa. Rojo, que no es un hombre sino el mismísimo color, lo explica así: "El color es el tacto del ojo, la música de los sordos, una palabra en la oscuridad".

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