Arte: Senderos que se bifurcan
La diversidad de corrientes artísticas que encierra el engañoso concepto de "arte latinoamericano" queda demostrada una vez más, gracias a la exposición que presenta el MNBA
Por Laura Casanovas
De la Redacción de LA NACION
Buena parte de la historia del arte se puede explicar a partir de las bifurcaciones de los grandes artistas de los caminos marcados por otros. Observar estos senderos laterales permite evitar generalizaciones desmedidas, como la que engloba las heterogéneas prácticas artísticas de nuestro continente con el concepto de "arte latinoamericano".
La muestra Latitudes: maestros latinoamericanos en la colección Femsa , que se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes, cuestiona dicha generalización al reflejar la pluralidad cultural del arte moderno y contemporáneo de América Latina, desde las primeras vanguardias hasta la década de 1980, a través de un exquisito panorama de 41 obras provenientes de la gran colección Femsa, de México. El interesante diálogo que propone la curadora, Rosa María Rodríguez Garza, permite advertir los fructíferos desvíos, ya sea por aportes a las estéticas europeas vinculados a sus contextos sociales o por la creación de estrategias visuales novedosas.
La muestra se inicia con miembros insignes del muralismo mexicano, un movimiento original y alternativo a la modernidad europea. Una pintura de Diego Rivera, de 1914, presenta una imagen cubista que le permite a su vez innovar en la exploración del color. En el otro extremo de la sala, y enfrentada a esta pintura, se exhibe un imponente cuadro de David Alfaro Siqueiros. Se trata de una pintura de 1947 de características murales, en cuya superficie horizontal se extiende la imagen de una enorme figura femenina recostada sobre un paisaje, con esos trazos ondulantes propios del artista. Al lado, José Clemente Orozco opta también por la representación de una potente figura humana.
Otras formas de representar el tradicional género del paisaje se observa en los cuadros del argentino Antonio Berni y del uruguayo Pedro Figari. Este último supo amalgamar una visión de las tradiciones criollas con una estética postimpresionista. No falta una representación de un luminoso y monocromo trópico del venezolano Armando Reverón, con un marco de ramas que no podía ser más apropiado.
La dimensión mural reaparece en una pintura del colombiano Fernando Botero, con una imagen, de 1977, de la Virgen de Santa Rosa de Lima, que se inscribe en su iconografía de figuras obesas. Otra de las obras imperdibles es el collage de la mexicana Frida Kahlo, que participó del movimiento surrealista, nacido en Europa, al que sumó rasgos culturales locales. Su obra de 1933, Mi vestido cuelga aquí , representa en la parte central de la mitad inferior del cuadro un vestido mexicano que cuelga entre columnas arquitectónicas de la Antigüedad y en medio de edificaciones que remiten a distintos períodos de la historia de la arquitectura de Occidente. Un compendio histórico de sucesos sociales y características culturales de su tiempo y de otras épocas.
Las particulares filiaciones al surrealismo de artistas del continente se reflejan a su vez en las obras del cubano Wifredo Lam y del chileno Roberto Matta de los años 50 y 40, respectivamente.
También está presente el Universalismo Constructivo del uruguayo Joaquín Torres García, creador de dicha vanguardia rioplatense. El último núcleo está dedicado a representaciones abstractas, como el informalismo del argentino Rómulo Macció, y la propuesta cinética del venezolano Jesús Rafael Soto, entre otros importantes artistas. Un gran panorama que confirma que, en materia artística, el continente americano se inscribe en plural en la historia del arte.

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