Cine: Añoranza de Won Kar-Wai

Por Iván Cerdán Bermúdez

Tras el excelente currículo del director chino es natural que existiese cierta expectación por conocer el resultado de su primera aventura americana. Lo primero que podía pensarse era saber hasta qué punto el director se iba a mantener fiel a una línea que había establecido con sus anteriores películas o si por el contrario iba a experimentar con todo aquello que intuyese.

El resultado de My blueberry nights no es ni lo uno ni lo otro, más bien es un camino intermedio con bastantes buenos momentos pero también con otros que consiguen que el resultado sea un tanto, por no decir bastante, desigual. Toda la historia tiene un personaje central que es el interpretado por la excelente cantante y también actriz Norah Jones, que a través de diferentes momentos interioriza quién quiere ser realmente.

La película podría ser considerada una road movie que juega a instalarse en el entramado emocional que gestiona un Won Kar-wai que parece no encontrarse en todo ese enjambre de encuentros. El inicio, aunque un tanto reiterativo es prometedor; por el espacio, y por lo que ocurre dentro del bar que regenta el siempre resolutivo Jude Law, todo podría recordar a Smoke. Se puede ver el extraño universo del director en el detalle del tarro que contiene llaves de personas que se han marchado, entre ellas se encuentran las de la enigmática Norah Jones, que descubre que su pareja está con otra persona y que es en ese lugar donde toman sus hamburguesas y se sonríen. A partir de ese primer encuentro ella acude todas las noches en busca de conversación, de tranquilidad, de algo más que una recuperación de aquella sensación que tenía y que le produce una carga que le ahoga en una vida que no desea llevar.

Cambio de aires. Las conversaciones van fluyendo a lo largo de diferentes días y mediante una dirección muy personal. Todo lo que va enunciado es ilusionante, pero la protagonista decide cambiar de aires cuando lo previsible se va convirtiendo en una realidad, tras una ligera elipsis, acompañada por su voz en off, que no es otra cosa que las cartas que envía al camarero de la primera parte del filme, y que le sirve al director para dar salida a las emociones de ella, sin recurrir a imágenes o diálogos que harían que funcionasen de un modo más reiterativo.

La protagonista trata de ahorrar para comprase un coche y compagina dos trabajos de camarera que puede alternar por su insomnio. Tras la barra encuentra a un personaje que quizá le recuerde a ella -David Strathairn- porque también anda perdido por un amor que le ha abandonado y se refugia en la bebida. Tanto ella como los personajes que comienza a encontrarse son amantes torturados que buscan una cierta confirmación de la zozobra de sus sentimientos cuando acuden a contemplar quién ocupa la almohada sobre la que ellos dormitaban en un pasado cercano. La dirección de Won Kar-wai es sobresaliente, sabe dónde situar la cámara y hace que los actores estén en su sitio; de hecho, es valiente al mostrar como los perfiles de los actores hablan como hilo narrativo.

Primeros planos. Abundan los primeros planos -siempre de perfil- nada asfixiantes y que ofrecen una nueva perspectiva de lo que son los personajes. El ritmo que uniforma a la trama es el adecuado, el montaje es muy bueno y está en consonancia con lo que se está viendo -lo mismo ocurre con la fotografía y los movimientos de cámara-, los actores se muestran cómodos en sus personajes y luchan por ellos -Norah Jones y Strathairn sobresalen-, pero el guión no funciona del todo, está repleto de momentos insulsos, por más empeño que le ponga el director por medio del uso reiterado de la cámara lenta en busca de un lirismo que la historia no llega a alcanzar por completo.

Todos los personajes huyen de lo que son, buscan salir de su vida anhelando convertirse en otros, o más concretamente, en encontrarse a ellos mismos a través de escapar del lugar que les oprime -Rachel Weisz-. Tras su voz en off, de nuevo mediante una elipsis, el lugar cambia y ahora la protagonista trabaja en una especie de casino. Allí se topa con el personaje de Natalie Portman, pero en esta ocasión la historia se vuelve un tanto reiterativa y muestra al espectador cómo Norah Jones interpreta a una especie de buena samaritana que, pese a estar en un momento complicado en cuanto a su relación con los demás, confía en todo aquel que se encuentra -más si son mujeres-.

Norah Jones es siempre el detonante del cambio de quien la rodea, es su punto de inflexión. La historia retorna a un principio ya enunciado y previsible, todo se retoma en aquel punto donde su curiosa relación con ese coleccionista de sueños rotos y promesas -Jude Law- la espera con cierto anhelo, para culminar en un hermoso plano final -predominado por los perfiles que no sólo hablan, sino que sienten y lo transmiten-.

Conexión. Las historias podrían funcionar mejor como cortos independientes porque la conexión entre las historias es un tanto vacía; no basta con ese personaje que sirve como desahogo para encontrarse, resulta más impostado que natural, y ni siquiera el mostrar las cartas de ella o las llamadas desesperadas del camarero en su búsqueda de la persona que le escribe, logran que exista una continuidad palpable. Tampoco el regreso de otra de las mujeres de su pasado sirve para aclarar nada.

En donde el director chino demuestra una capacidad ilimitada es en la elección de la portentosa banda sonora. Pese a tener una duración correcta, se hubiese agradecido algún que otro corte -sobre todo en su viaje a Las Vegas-. Lástima que, con tantos ingredientes, el resultado haya sido un tanto insípido.

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=10979&num=882&sec=35

Comentarios

Entradas populares