Cultura: La Lisboa de Amália
La vida novelesca y las melancólicas canciones de Amália Rodrigues, la reina del fado, sirven de guía para conocer la capital de Portugal y el alma de sus habitantes
Por Leopoldo Brizuela
Para LA NACION - La Plata, 2008
Gaviotas
Oí gaviotas sobre el tejado de la pensión, graznando en el silbar del viento. Me asomé a mirar los tejados del Barrio Alto, que bajan atropellándose, escalonándose, irregulares, hasta llegar al río. Tejas rojas, manchadas de liquen amarillo y yuyo verde.
Era una gaviota que volaba en círculos sobre unas chimeneas, bajo la lluvia. Creí que rondaba un nido. No. Sólo trataba de avanzar a contraviento, y el viento la volvía atrás, y ella recomenzaba. Graznando.
Salí a caminar en la llovizna, bajé hasta el Tajo. Y vi gaviotas también en el Cais de Sodré, al final de la calle, las vi venir hacia mí creyendo que tenía comida, y miré a los ojos feroces de las gaviotas y estaba el fado ahí, en esa melancolía, en ese hambre, en esa audacia.
Para LA NACION - La Plata, 2008
Gaviotas
Oí gaviotas sobre el tejado de la pensión, graznando en el silbar del viento. Me asomé a mirar los tejados del Barrio Alto, que bajan atropellándose, escalonándose, irregulares, hasta llegar al río. Tejas rojas, manchadas de liquen amarillo y yuyo verde.
Era una gaviota que volaba en círculos sobre unas chimeneas, bajo la lluvia. Creí que rondaba un nido. No. Sólo trataba de avanzar a contraviento, y el viento la volvía atrás, y ella recomenzaba. Graznando.
Salí a caminar en la llovizna, bajé hasta el Tajo. Y vi gaviotas también en el Cais de Sodré, al final de la calle, las vi venir hacia mí creyendo que tenía comida, y miré a los ojos feroces de las gaviotas y estaba el fado ahí, en esa melancolía, en ese hambre, en esa audacia.
Exiliados
"Me siento exiliada en Portugal -me dice la escritora Hélia Correia en la cervecería Trindade, en pleno Barrio Alto-, mi única gota de sangre celta puede más que los ríos de sangre lusitana. ¡Ah, Irlanda, ahí quisiera vivir!..." El mozo trae la carta. "¿Ves? -pregunta ojeando con fastidio el pliego-. Yo odio el bacalao, y el fado, y hasta a Amália... ¡Sí, sí, debo decírtelo! Ya lo discutiremos." Muero por tomar unas ginginhas , por saber qué es una bifana , pero por cortesía pido, como Hélia, todo light , excepto la cerveza. "Pues sabes qué... El fado, con esa imagen del destino irreversible, de la aceptación de lo que a cada uno le tocó, fue muy fomentado por el fascismo. ¿Que es sólo una canción de amor? De acuerdo, pero la gente muy alienada habla sólo de amor; de la explotación que sufre ni se acuerda?
"Y además -me dice- cuando se murió Amália detesté que quisieran convertirla en un mito. Calló la voz de Portugal, decía el diario en primera plana. O´ God! ¡La voz de Portugal, por lo menos desde el 25 de abril de 1974, es otra! Ya verás", y riéndose de su propia furia, paga una cuenta millonaria.
Después de la sobremesa, Hélia me lleva a un acto de una agrupación de artistas de izquierda, Abril em Maio. Un barracón, una fábrica en quiebra que la municipalidad cedió, largas mesas de caballetes donde se venden libros y agendas y señaladores y posters y, entre ellos, cada tanto, la cara de Zeca Afonso. Me apoyo contra una columna enclenque, porque no quedan sillas. Comienza el concierto. Escucho a Amélia Muge, compositora extraordinaria, y a María do Céu Guerra, actriz, que interpretan alternadamente poemas de un militante de la resistencia antisalazarista cuyo nombre olvidé.
María do Ceú, que tiene la misma cara campesina de Amália y por la noche, en la televisión, hace reír imitando a una mucama rústica, recita un poema sobre la Exposición del Imperio Lusitano de 1940, la imagen misma de la dictadura con sus pabellones que ilustraban que "Portugal no es un país pequeño. Es un imperio, desde Lisboa hasta Macáu".
En el poema, un niño lisboeta se conmueve ante la imagen de un niño negro, muerto de frío con los atuendos típicos guineanos que le obligan a usar. Sentada en lo alto de una escalerita, Hélia me mira como diciendo: "¿Ves cómo cambió la voz de Portugal?" Sí, Hélia, ninguna de ellas se parece al fado. Pero la voz de Amália sabe más que ella misma; y yo sabía de todo esto -pero no lo digo- por las vetas más recónditas de la voz de Amália, aquellas, quizá, que sólo percibe un extranjero.
"Me siento exiliada en Portugal -me dice la escritora Hélia Correia en la cervecería Trindade, en pleno Barrio Alto-, mi única gota de sangre celta puede más que los ríos de sangre lusitana. ¡Ah, Irlanda, ahí quisiera vivir!..." El mozo trae la carta. "¿Ves? -pregunta ojeando con fastidio el pliego-. Yo odio el bacalao, y el fado, y hasta a Amália... ¡Sí, sí, debo decírtelo! Ya lo discutiremos." Muero por tomar unas ginginhas , por saber qué es una bifana , pero por cortesía pido, como Hélia, todo light , excepto la cerveza. "Pues sabes qué... El fado, con esa imagen del destino irreversible, de la aceptación de lo que a cada uno le tocó, fue muy fomentado por el fascismo. ¿Que es sólo una canción de amor? De acuerdo, pero la gente muy alienada habla sólo de amor; de la explotación que sufre ni se acuerda?
"Y además -me dice- cuando se murió Amália detesté que quisieran convertirla en un mito. Calló la voz de Portugal, decía el diario en primera plana. O´ God! ¡La voz de Portugal, por lo menos desde el 25 de abril de 1974, es otra! Ya verás", y riéndose de su propia furia, paga una cuenta millonaria.
Después de la sobremesa, Hélia me lleva a un acto de una agrupación de artistas de izquierda, Abril em Maio. Un barracón, una fábrica en quiebra que la municipalidad cedió, largas mesas de caballetes donde se venden libros y agendas y señaladores y posters y, entre ellos, cada tanto, la cara de Zeca Afonso. Me apoyo contra una columna enclenque, porque no quedan sillas. Comienza el concierto. Escucho a Amélia Muge, compositora extraordinaria, y a María do Céu Guerra, actriz, que interpretan alternadamente poemas de un militante de la resistencia antisalazarista cuyo nombre olvidé.
María do Ceú, que tiene la misma cara campesina de Amália y por la noche, en la televisión, hace reír imitando a una mucama rústica, recita un poema sobre la Exposición del Imperio Lusitano de 1940, la imagen misma de la dictadura con sus pabellones que ilustraban que "Portugal no es un país pequeño. Es un imperio, desde Lisboa hasta Macáu".
En el poema, un niño lisboeta se conmueve ante la imagen de un niño negro, muerto de frío con los atuendos típicos guineanos que le obligan a usar. Sentada en lo alto de una escalerita, Hélia me mira como diciendo: "¿Ves cómo cambió la voz de Portugal?" Sí, Hélia, ninguna de ellas se parece al fado. Pero la voz de Amália sabe más que ella misma; y yo sabía de todo esto -pero no lo digo- por las vetas más recónditas de la voz de Amália, aquellas, quizá, que sólo percibe un extranjero.
El río y el puerto
Perdido en medio de noche y el dédalo de calles, pregunto a un viejo:
-¿Dónde está el río?
-Todo desciende hasta llegar al río. Sólo tienes que seguir el declive y llegarás.
Perplejo al borde del río, pregunto a una muchacha:
-¿Dónde está el puerto?
-Lisboa es el puerto: los barcos atracaban a todo lo largo de la orilla.
Perdido en medio de noche y el dédalo de calles, pregunto a un viejo:
-¿Dónde está el río?
-Todo desciende hasta llegar al río. Sólo tienes que seguir el declive y llegarás.
Perplejo al borde del río, pregunto a una muchacha:
-¿Dónde está el puerto?
-Lisboa es el puerto: los barcos atracaban a todo lo largo de la orilla.
Portas largas
Justo a la vuelta del hotel, tarde en la noche, escucho de pronto la voz de Amália. Es un bar pequeño, con puertas abiertas a la ruela , muros de azulejos en damero y gays en las mesas. Todos cantan -en voz baja, reconcentrados, sonriendo de compasión y borrachera- las canciones que yo amo, que con tan poca gente comparto en la Argentina, y creía hasta ahora en Portugal. Entro tímidamente, el único solitario al parecer, y llego a la barra. Después de dos o tres cervezas me animo y me acerco a un chico que canta con un bourbon en la mano, parado en el umbral, apoyado en la puerta. El chico vuelve a mí los ojos entornados, que hasta entonces se perdían en la calleja oscura. Alza la copita como invitando a un brindis. Y cantamos, casi entero, el disco Com que voz .
Con qué voz lloraré mi triste hado
Que en tan dura pasión me sepultó...
Si desafinamos, no sabemos: la voz de Amália nos cubre, nos abriga. Después, sólo después, le pregunto el nombre. Como para hablar de algo, como para matar el silencio. "João", dice. Y es extraño, porque siento que lo sabía, y que él sabe mi nombre, que no digo. " ... a nossa rainha ", dice el mozo trayéndonos, regalo de la casa (¿por qué?, ¿por el dúo? ¿Porque saben que dos solitarios lo necesitan?), dos ginginhas . Y es verdad: somos compatriotas de un mismo reino imaginario.
Justo a la vuelta del hotel, tarde en la noche, escucho de pronto la voz de Amália. Es un bar pequeño, con puertas abiertas a la ruela , muros de azulejos en damero y gays en las mesas. Todos cantan -en voz baja, reconcentrados, sonriendo de compasión y borrachera- las canciones que yo amo, que con tan poca gente comparto en la Argentina, y creía hasta ahora en Portugal. Entro tímidamente, el único solitario al parecer, y llego a la barra. Después de dos o tres cervezas me animo y me acerco a un chico que canta con un bourbon en la mano, parado en el umbral, apoyado en la puerta. El chico vuelve a mí los ojos entornados, que hasta entonces se perdían en la calleja oscura. Alza la copita como invitando a un brindis. Y cantamos, casi entero, el disco Com que voz .
Con qué voz lloraré mi triste hado
Que en tan dura pasión me sepultó...
Si desafinamos, no sabemos: la voz de Amália nos cubre, nos abriga. Después, sólo después, le pregunto el nombre. Como para hablar de algo, como para matar el silencio. "João", dice. Y es extraño, porque siento que lo sabía, y que él sabe mi nombre, que no digo. " ... a nossa rainha ", dice el mozo trayéndonos, regalo de la casa (¿por qué?, ¿por el dúo? ¿Porque saben que dos solitarios lo necesitan?), dos ginginhas . Y es verdad: somos compatriotas de un mismo reino imaginario.
Fado
En barco por el Tajo. Desde el Terreiro do Paço, bajamos lentamente hasta la desembocadura. Lisboa, a la derecha, es de una belleza melancólica, ruinosa, decadente. Las colinas con su costra de casas antiquísimas y aquí y allí los grandes monumentos: el castillo de San Jorge, la Plaza del Comercio, el Monasterio de los Jerónimos y por fin, la torre de Belem. Y las playas con sus grúas, sus grandes almacenes, sus muelles y escolleras. Ah, mis cosas navales?, decía Pessoa, la verdadera familia de todo hombre de puerto.
Y de pronto, al llegar al mar, la sensación del fado: la pequeñez, el silencio del mar tan inmenso que ninguno de los pasajeros se anima a hablar, ni el guía turístico por los altoparlantes de la barquita, castigado por la llovizna. "El fado nació un día/ en que apenas viento había/ y el cielo el mar prolongaba -canta Amália con versos de José Régio- en la amura de un velero/ del pecho de un marinero/ que estando triste cantaba." Pequeñez de la ciudad, pequeñez del barco, modestia de nuestras inquietudes ante la insensatez de querer cruzar el mar, el mar aterrador allá adelante, sin una interrupción, prologándose en el cielo.
Vuelve el barco bajo la lluvia. Y la otra orilla del Tajo con sus colinas agrestes, tal como eran hace miles de años, cuando los primeros portugueses llegaron hasta aquí, es pura sombra. "¿Por qué?", se preguntaba Amália. "Por qué habremos llegado aquí, a esta pequeña playa extrema, los portugueses? ¿Qué nos mandó?", y antes de intentar develar cualquier misterio concluía. "El fado."
En barco por el Tajo. Desde el Terreiro do Paço, bajamos lentamente hasta la desembocadura. Lisboa, a la derecha, es de una belleza melancólica, ruinosa, decadente. Las colinas con su costra de casas antiquísimas y aquí y allí los grandes monumentos: el castillo de San Jorge, la Plaza del Comercio, el Monasterio de los Jerónimos y por fin, la torre de Belem. Y las playas con sus grúas, sus grandes almacenes, sus muelles y escolleras. Ah, mis cosas navales?, decía Pessoa, la verdadera familia de todo hombre de puerto.
Y de pronto, al llegar al mar, la sensación del fado: la pequeñez, el silencio del mar tan inmenso que ninguno de los pasajeros se anima a hablar, ni el guía turístico por los altoparlantes de la barquita, castigado por la llovizna. "El fado nació un día/ en que apenas viento había/ y el cielo el mar prolongaba -canta Amália con versos de José Régio- en la amura de un velero/ del pecho de un marinero/ que estando triste cantaba." Pequeñez de la ciudad, pequeñez del barco, modestia de nuestras inquietudes ante la insensatez de querer cruzar el mar, el mar aterrador allá adelante, sin una interrupción, prologándose en el cielo.
Vuelve el barco bajo la lluvia. Y la otra orilla del Tajo con sus colinas agrestes, tal como eran hace miles de años, cuando los primeros portugueses llegaron hasta aquí, es pura sombra. "¿Por qué?", se preguntaba Amália. "Por qué habremos llegado aquí, a esta pequeña playa extrema, los portugueses? ¿Qué nos mandó?", y antes de intentar develar cualquier misterio concluía. "El fado."
Ay, Morería (I)
Poco antes del mediodía, desde el embarcadero de Terreiro do Paço, bajo una lluvia feroz, corrí a refugiarme en el atrio de Nossa Senhora da Conceiçao Velha (la única, me diría después un taxista, que se salvó del terremoto de 1775: el único testimonio de la antigua Lisboa), y entré en plena ceremonia. Hacía veinte años que no iba a misa.
Había detrás del cura una imagen de la Virgen, rodeada de un palio barroco, dorado y ennegrecido, y de largos gladiolos blancos. Adelante, una decena de fieles, todos viejísimos. Uno, encargado de la lectura, lastimosamente entorpecido por la falta de luz y la miopía, impacientaba al cura. Y yo pensaba todo, todo el tiempo, en el mar.
Viejos y extranjeros somos uno en el rito. ¿Cuál es la patria que dejamos atrás y que imploramos? ¿El lugar donde creíamos entender? La sensación de comunión con los ancianos es tan fuerte que, cuando llega el momento, me pongo en la fila para comulgar. No me acogí en la Iglesia, me acogí en el rito. El rito religa no a Dios, sino a la ilusión de que, sólo por seguir los pasos de los muertos, de algún modo, los reencontraremos.
Poco antes del mediodía, desde el embarcadero de Terreiro do Paço, bajo una lluvia feroz, corrí a refugiarme en el atrio de Nossa Senhora da Conceiçao Velha (la única, me diría después un taxista, que se salvó del terremoto de 1775: el único testimonio de la antigua Lisboa), y entré en plena ceremonia. Hacía veinte años que no iba a misa.
Había detrás del cura una imagen de la Virgen, rodeada de un palio barroco, dorado y ennegrecido, y de largos gladiolos blancos. Adelante, una decena de fieles, todos viejísimos. Uno, encargado de la lectura, lastimosamente entorpecido por la falta de luz y la miopía, impacientaba al cura. Y yo pensaba todo, todo el tiempo, en el mar.
Viejos y extranjeros somos uno en el rito. ¿Cuál es la patria que dejamos atrás y que imploramos? ¿El lugar donde creíamos entender? La sensación de comunión con los ancianos es tan fuerte que, cuando llega el momento, me pongo en la fila para comulgar. No me acogí en la Iglesia, me acogí en el rito. El rito religa no a Dios, sino a la ilusión de que, sólo por seguir los pasos de los muertos, de algún modo, los reencontraremos.
Rua Oscura
La busqué por callejones y callejoncitos. Iba preguntando a algunos viejos y recordando la dirección que figuraba en la única carta que me había enviado. Debajo del nombre de la calle Rua de São Bento, una pintura corrige: Rua Amália. Cuando la encontré, me quedé largamente mirando el frente, los muros amarillos, las ventanas blancas de dinteles de piedra, el techo de tejas. "Mora en una calle oscura/ la tristeza, la amargura,/ la angustia, la soledad/ y en ese cuarto cerrado/ está encerrado mi fado." En la casa de los ausentes, la mirada es siempre ceremonia. Y basta.
La busqué por callejones y callejoncitos. Iba preguntando a algunos viejos y recordando la dirección que figuraba en la única carta que me había enviado. Debajo del nombre de la calle Rua de São Bento, una pintura corrige: Rua Amália. Cuando la encontré, me quedé largamente mirando el frente, los muros amarillos, las ventanas blancas de dinteles de piedra, el techo de tejas. "Mora en una calle oscura/ la tristeza, la amargura,/ la angustia, la soledad/ y en ese cuarto cerrado/ está encerrado mi fado." En la casa de los ausentes, la mirada es siempre ceremonia. Y basta.
Muelles de Alcántara
Desde la Basílica de la Estrella, donde Amália fue velada, bajo al río a través del suntuoso barrio de Lapa, entre embajadas y mansiones, hasta que llego, por casualidad, al muelle de Alcántara, en donde Amália, de chica, vendía naranjas a los grandes barcos en tránsito. Me tienta ir a ver los barcos ahora que casi no hay nadie, pero hace demasiado frío. Me meto a escribir estos apuntes en un bodegón. Pienso en Amália y en su madre y en su hermana, entrando también aquí después de trabajar, comprándose ¿qué? uma bica, uma bifana , después de trabajar. "Lavaba en el río, lavaba/ me helaba en el río, me helaba/ cuando iba al río a lavar./ Pasaba hambre, pasaba/ lloraba, también lloraba/ viendo a mi madre llorar", cantaría Amalía después. "Madre mía, ay, madre mía,/ qué saudades de ese bien/ del mal que allí conocía/ de esa hambre que pasaba,/ y del frío que me helaba/ de mi propia fantasía." Ella con catorce años, Celeste con doce, la abuela con treinta... Cantando, ¿qué? No fados todavía, no, y mucho menos compuestos por ella, sólo lamentos campesinos de la Beira Baixa, lamentos del corazón de la tierra, donde el mar hace mucho ya que ha acabado y la tierra es casi el corazón de la tierra.
Desde la Basílica de la Estrella, donde Amália fue velada, bajo al río a través del suntuoso barrio de Lapa, entre embajadas y mansiones, hasta que llego, por casualidad, al muelle de Alcántara, en donde Amália, de chica, vendía naranjas a los grandes barcos en tránsito. Me tienta ir a ver los barcos ahora que casi no hay nadie, pero hace demasiado frío. Me meto a escribir estos apuntes en un bodegón. Pienso en Amália y en su madre y en su hermana, entrando también aquí después de trabajar, comprándose ¿qué? uma bica, uma bifana , después de trabajar. "Lavaba en el río, lavaba/ me helaba en el río, me helaba/ cuando iba al río a lavar./ Pasaba hambre, pasaba/ lloraba, también lloraba/ viendo a mi madre llorar", cantaría Amalía después. "Madre mía, ay, madre mía,/ qué saudades de ese bien/ del mal que allí conocía/ de esa hambre que pasaba,/ y del frío que me helaba/ de mi propia fantasía." Ella con catorce años, Celeste con doce, la abuela con treinta... Cantando, ¿qué? No fados todavía, no, y mucho menos compuestos por ella, sólo lamentos campesinos de la Beira Baixa, lamentos del corazón de la tierra, donde el mar hace mucho ya que ha acabado y la tierra es casi el corazón de la tierra.
Desgarrada
Azulejos, reflejos de cirios en los azulejos, un techo bajo de vigas gruesas y tablas de pinotea, y presidiendo la tasca, un plato con el retrato de Amália y esta simple inscripción: "Eternamente". Mesas atestadas de gente que cada tanto se precia de no estar en una de esas "fadistadas para turistas", y la puerta abierta por donde se escapa el humo hacia una plaza diminuta y se cuela un frío horroroso: comemos con los abrigos en las piernas. Y junto al mostrador, dos guitarristas: todo aquel que quiere cantar fado sólo tiene que acercárseles y cantar.
Van pasando fadistas. Un borracho petiso, que exagera los gestos para suplir la ausencia de voz y que cuando se sienta, acoge entre los brazos a un caniche blanco y diminuto. Una mujer baja, de pelo corto y gesto adusto, con un xaile colorido en los hombros; deja de cantar, se sienta a la mesa con una prostituta en las rodillas. Esa misma prostituta, de nombre Natércia, es la que mejor canta: como Amália, como el mullah que reza en el minarete, lleva el rostro hacia arriba. Y por último otro viejo, robusto y campera inflada, cara cuadrada y encallecida por el sol, con todo el aspecto de un marinero, que canta sabiendo que remata. "El destino es línea recta/ trazada a primera vista/ como se nace poeta/ también se nace fadista."
De golpe, todos se unen en la alegría de "Timpanas", una canción de revista que Amália popularizó. Y desde afuera, de pronto, se oye un coro de borrachos que se pliegan al estribillo y se desesperan por entrar; "Muchachos -dice la dueña-, a ver si dejamos libre este bote salvavidas?"
Azulejos, reflejos de cirios en los azulejos, un techo bajo de vigas gruesas y tablas de pinotea, y presidiendo la tasca, un plato con el retrato de Amália y esta simple inscripción: "Eternamente". Mesas atestadas de gente que cada tanto se precia de no estar en una de esas "fadistadas para turistas", y la puerta abierta por donde se escapa el humo hacia una plaza diminuta y se cuela un frío horroroso: comemos con los abrigos en las piernas. Y junto al mostrador, dos guitarristas: todo aquel que quiere cantar fado sólo tiene que acercárseles y cantar.
Van pasando fadistas. Un borracho petiso, que exagera los gestos para suplir la ausencia de voz y que cuando se sienta, acoge entre los brazos a un caniche blanco y diminuto. Una mujer baja, de pelo corto y gesto adusto, con un xaile colorido en los hombros; deja de cantar, se sienta a la mesa con una prostituta en las rodillas. Esa misma prostituta, de nombre Natércia, es la que mejor canta: como Amália, como el mullah que reza en el minarete, lleva el rostro hacia arriba. Y por último otro viejo, robusto y campera inflada, cara cuadrada y encallecida por el sol, con todo el aspecto de un marinero, que canta sabiendo que remata. "El destino es línea recta/ trazada a primera vista/ como se nace poeta/ también se nace fadista."
De golpe, todos se unen en la alegría de "Timpanas", una canción de revista que Amália popularizó. Y desde afuera, de pronto, se oye un coro de borrachos que se pliegan al estribillo y se desesperan por entrar; "Muchachos -dice la dueña-, a ver si dejamos libre este bote salvavidas?"
Duelo
En el tren, camino a Povoa de Varzim, me cuenta la escritora Inés Pedrosa, compañera de asiento: "Entrevisté a Amália en una de sus últimas noches. En su casa enorme, desierta salvo por esa corte de mujeres que tenía para atenderla, no porque la necesitara, sino porque tenía terror de quedarse sola; una casa toda iluminada, también sin necesidad, porque Amália tenía terror de la noche y al mismo tiempo, no podía vivir de día". Como Borges en la noche de su "alta edad", para salvarse del monstruo de estar sola y cerca de la muerte, Amália recibía a todo el que quisiera verla. "Mientras hablábamos, desde un bar gay cercano se oían sus canciones a altísimo volumen y ella, cada tanto, se volvía e intentaba cantar y suspiraba, como si fuera parte de la propia canción y se refiriera a otra persona, llena de saudade : ?Ah, minha voz, minha voz...´" Como si desde mucho tiempo antes de su muerte, lo sé, Amália estuviera velando la que era, sola en la noche lujosa de recuerdos.
En el tren, camino a Povoa de Varzim, me cuenta la escritora Inés Pedrosa, compañera de asiento: "Entrevisté a Amália en una de sus últimas noches. En su casa enorme, desierta salvo por esa corte de mujeres que tenía para atenderla, no porque la necesitara, sino porque tenía terror de quedarse sola; una casa toda iluminada, también sin necesidad, porque Amália tenía terror de la noche y al mismo tiempo, no podía vivir de día". Como Borges en la noche de su "alta edad", para salvarse del monstruo de estar sola y cerca de la muerte, Amália recibía a todo el que quisiera verla. "Mientras hablábamos, desde un bar gay cercano se oían sus canciones a altísimo volumen y ella, cada tanto, se volvía e intentaba cantar y suspiraba, como si fuera parte de la propia canción y se refiriera a otra persona, llena de saudade : ?Ah, minha voz, minha voz...´" Como si desde mucho tiempo antes de su muerte, lo sé, Amália estuviera velando la que era, sola en la noche lujosa de recuerdos.
Poetas
"Todos los portugueses son poetas", me dice, en la terraza del café A Brasileira, junto a la estatua de Fernando Pessoa, que toma allí eternamente una bica , un poeta que acabo de conocer. "Todo el mundo, hasta los analfabetos, saben componer una quadrinha , pero no me refiero a eso. ¿Me entiende? Ser poeta es un modo de buscar, de encontrar la belleza."
"Todos los portugueses son poetas", me dice, en la terraza del café A Brasileira, junto a la estatua de Fernando Pessoa, que toma allí eternamente una bica , un poeta que acabo de conocer. "Todo el mundo, hasta los analfabetos, saben componer una quadrinha , pero no me refiero a eso. ¿Me entiende? Ser poeta es un modo de buscar, de encontrar la belleza."
Leyendas
¿Qué es un mito? Un relato de lo que no se duda. Tanto entre los escritores como entre la gente del pueblo, oigo que cuenta como ciertas -y está dispuesto a enfrentar malamente a quien dude de tal veracidad- anécdotas dudosas sobre Amália.
Paulo, un fadista homosexual que encuentro por la calle, asegura que Amália fingía flirtear alternativamente con un rey extranjero en el exilio y un banquero que fue su mecenas en los primeros años, para ayudar a cubrir el romance que unía a los dos hombres, que la adoraban ya en los años cuarenta por su modo de cantar los amores condenados.
María do Rosario me cuenta que su padre, muito fadista e poeta , solía encontrarse con Amália y Maluda, célebre pintora y su íntima amiga, en el restaurante del aeropuerto de Lisboa, el único lugar de la ciudad que, durante la dictadura, seguía abierto hasta altas horas. "De vuelta, Maluda solía invitarlo a su casa, ¿sabes a qué?, ¡a jugar matraquilhas ! [fútbol de mesa]." Y dice que era Maluda una persona muy original y muy inteligente, la compañera ideal para Amália.
Filipe, otro escritor, hijo de una jueza, asegura haber visto a Amália haciendo aerobics por el parque de Monsanto, seguida por una larga fila de coches de sus admiradores; en vano le hacen notar, entre risas, que Amália detestaba el ejercicio físico, que para entonces ya tendría más de setenta años, y que seguramente aquella mujer era una prostituta seguida por miles de posibles clientes...
¿Qué es un mito? Un relato de lo que no se duda. Tanto entre los escritores como entre la gente del pueblo, oigo que cuenta como ciertas -y está dispuesto a enfrentar malamente a quien dude de tal veracidad- anécdotas dudosas sobre Amália.
Paulo, un fadista homosexual que encuentro por la calle, asegura que Amália fingía flirtear alternativamente con un rey extranjero en el exilio y un banquero que fue su mecenas en los primeros años, para ayudar a cubrir el romance que unía a los dos hombres, que la adoraban ya en los años cuarenta por su modo de cantar los amores condenados.
María do Rosario me cuenta que su padre, muito fadista e poeta , solía encontrarse con Amália y Maluda, célebre pintora y su íntima amiga, en el restaurante del aeropuerto de Lisboa, el único lugar de la ciudad que, durante la dictadura, seguía abierto hasta altas horas. "De vuelta, Maluda solía invitarlo a su casa, ¿sabes a qué?, ¡a jugar matraquilhas ! [fútbol de mesa]." Y dice que era Maluda una persona muy original y muy inteligente, la compañera ideal para Amália.
Filipe, otro escritor, hijo de una jueza, asegura haber visto a Amália haciendo aerobics por el parque de Monsanto, seguida por una larga fila de coches de sus admiradores; en vano le hacen notar, entre risas, que Amália detestaba el ejercicio físico, que para entonces ya tendría más de setenta años, y que seguramente aquella mujer era una prostituta seguida por miles de posibles clientes...
Cementerio dos Prazeres
Entro en la oficina de la Administración, junto a la entrada de columnas dóricas, pregunto a dos empleadas que me responden con la mala disposición de su gremio. Siendo aquel sitio "la última morada" de los próceres de Portugal, y habiéndose muerto éstos, por lo menos, hace un siglo, ya casi nadie llega hasta aquí. De pronto, de la nada, aparece una viejita minúscula, toda vestida de negro, y me tira de la manga y me pide que la siga. "Vaya, vaya -me dicen las dos gordas, mientras revuelven divertidas sus yogures-. Ella es la abuela de Amália." Pero la viejita parece inmune a las burlas, los ojos velados de cataratas y brillantes de una extraña felicidad: ha encontrado una utilidad para aquello que sabe y la obsesiona? Tan pronto como salimos, ella marcha a plantarse a la sombra de unos cipreses, donde se le reúne trotando una multitud de gatos. Y como si de repente tuviera que arreglar algo con ellos, se limita a señalarme una hojarasca de pétalos y fotos. "Allí, allí", dice, innecesariamente, y ríe. Vacilo en darle una propina: no quiere dinero (y no lo acepta) sino el placer de que se den cuenta de que sabe. Me despido, hay algo todavía en ella que no alcanzo a descifrar y que ella sabe que yo ignoro. Sonríe y me vigila hasta que llego junto a la tumba. Tan cerca de la muerte, tan segura de su refugio. Como algunos de sus gatos, salvajes a fuerza de vivir lejos de los vivos, que huyen a mi paso para volver con su diosa. Como nosotros quizá, gatos de Amália.
Entro en la oficina de la Administración, junto a la entrada de columnas dóricas, pregunto a dos empleadas que me responden con la mala disposición de su gremio. Siendo aquel sitio "la última morada" de los próceres de Portugal, y habiéndose muerto éstos, por lo menos, hace un siglo, ya casi nadie llega hasta aquí. De pronto, de la nada, aparece una viejita minúscula, toda vestida de negro, y me tira de la manga y me pide que la siga. "Vaya, vaya -me dicen las dos gordas, mientras revuelven divertidas sus yogures-. Ella es la abuela de Amália." Pero la viejita parece inmune a las burlas, los ojos velados de cataratas y brillantes de una extraña felicidad: ha encontrado una utilidad para aquello que sabe y la obsesiona? Tan pronto como salimos, ella marcha a plantarse a la sombra de unos cipreses, donde se le reúne trotando una multitud de gatos. Y como si de repente tuviera que arreglar algo con ellos, se limita a señalarme una hojarasca de pétalos y fotos. "Allí, allí", dice, innecesariamente, y ríe. Vacilo en darle una propina: no quiere dinero (y no lo acepta) sino el placer de que se den cuenta de que sabe. Me despido, hay algo todavía en ella que no alcanzo a descifrar y que ella sabe que yo ignoro. Sonríe y me vigila hasta que llego junto a la tumba. Tan cerca de la muerte, tan segura de su refugio. Como algunos de sus gatos, salvajes a fuerza de vivir lejos de los vivos, que huyen a mi paso para volver con su diosa. Como nosotros quizá, gatos de Amália.
Giselle
Hay una mujer junto a la tumba de Amália y no me sorprende que se presente como "Giselle, la amiga francesa de Amália" de la que me habló Ivo Machado. Giselle es alta, corpulenta, de una austeridad de modales y de afeites que linda con la reciedumbre: como una campesina en pantalones, me digo, o un sacerdote del Tercer Mundo. Giselle es extremadamente cálida con los que visitan la tumba, aunque de inmediato se vuelve tajante cuando ignoramos que "se están juntando firmas" (ella lo hace) para que "Dona Amália" deje de estar aquí, para que ingrese en el Panteón Nacional con los reyes y los Grandes Navegantes. En verdad, el nicho donde está Amalia es apenas uno más en el muro que custodia las bóvedas fastuosas; por un momento, claro, pienso en la ridiculez del pleito, de la que la propia Amália se reiría, y que, en cierto modo, ella misma hubiera elegido este lugar marginal, ajena y reacia como era a las "grandes familias". Pero no lo digo, claro. [N. de R.: Un año más tarde, Amalia fue trasladada al Panteón Nacional con gran pompa.] Y Giselle esa misma tarde me invita a su casa y me muestra, con emoción, las fotos, cientos de fotos, miles de fotos, que tomó a Amália en sus últimos días, mientras la cuidaba. Ella, sí, me dice, fue su último público.
Hay una mujer junto a la tumba de Amália y no me sorprende que se presente como "Giselle, la amiga francesa de Amália" de la que me habló Ivo Machado. Giselle es alta, corpulenta, de una austeridad de modales y de afeites que linda con la reciedumbre: como una campesina en pantalones, me digo, o un sacerdote del Tercer Mundo. Giselle es extremadamente cálida con los que visitan la tumba, aunque de inmediato se vuelve tajante cuando ignoramos que "se están juntando firmas" (ella lo hace) para que "Dona Amália" deje de estar aquí, para que ingrese en el Panteón Nacional con los reyes y los Grandes Navegantes. En verdad, el nicho donde está Amalia es apenas uno más en el muro que custodia las bóvedas fastuosas; por un momento, claro, pienso en la ridiculez del pleito, de la que la propia Amália se reiría, y que, en cierto modo, ella misma hubiera elegido este lugar marginal, ajena y reacia como era a las "grandes familias". Pero no lo digo, claro. [N. de R.: Un año más tarde, Amalia fue trasladada al Panteón Nacional con gran pompa.] Y Giselle esa misma tarde me invita a su casa y me muestra, con emoción, las fotos, cientos de fotos, miles de fotos, que tomó a Amália en sus últimos días, mientras la cuidaba. Ella, sí, me dice, fue su último público.
Ay, Morería (II)
Una calle estrecha y empinadísima. Casas de tres, cuatro pisos, con frentes derruidos, con buhardillas de tejados rotos y tanta ropa colgada en los balcones que no se puede ver el cielo. De aquí abajo arranca una baranda para ayudarse a subir. Imagino a la madre de Amália (no sé por qué la imagino sola), en el calor de julio de 1920. Con la pesadez de los nueve meses, con los dolores, posando uno por uno, uno tras otro, los pies en los peldaños.
La placa está donde la calle termina: en el patio de esta casa nació Amália Rodrigues. Es blanca, sencilla, con letras celestes y el dibujo de una alondra, también celeste, que en portugués lleva el delicioso nombre de cotovía . Cuando dudo frente a la puerta del inquilinato, que junto al lujo de la placa luce aún más miserable, una vieja sale a la ventana del último piso de la casa: "¡Entre!", me grita, y yo me vuelvo y la veo sonreír, gorda, vestida de negro, orgullosa. "Adentro hay otra..." Tiene los mismos rasgos que Amália, probablemente su misma edad, y está toda vestida de negro. Pero es gordísima, y tiene el pelo descuidado, largo, completamente blanco. Siento que me comprende.
Paso el portal, bajísimo, entorpecido de ropa colgada de niño y de viejo, y altos tachos de basura, paso una puerta con un cartel escrito a mano, "Se arreglan electrodomésticos", y después de otra breve escalerita de piedra, se llega a un patiecito que no es el de una casa, sino el de un conventillo, apenas más grande, con su ropa colgada, sus flores en macetas, sus piletones de cemento y sus flores en latas oxidadas, sus fuentones de ropa. Hay otra placa, sí, mucho más pretenciosa, que dice: "Aquí nació Amália Rodrigues el 23 de julio de 1920", en letras doradas sobre mármol rosa, y firmada: ALCAIDIA DE LISBOA.
Pero ¿qué quiere decir "aquí"? ¿La muchacha campesina que subía por la Rua Martín Vaz fue aquí donde desistió y se tendió a parir a Amália? ¿O vivía la comadrona y con el calor de julio la dejó salir? Pero es bueno nacer de cara al cielo, en este nido popular, en este olor a pobreza y a familia, en este cielo de la Morería.
Una calle estrecha y empinadísima. Casas de tres, cuatro pisos, con frentes derruidos, con buhardillas de tejados rotos y tanta ropa colgada en los balcones que no se puede ver el cielo. De aquí abajo arranca una baranda para ayudarse a subir. Imagino a la madre de Amália (no sé por qué la imagino sola), en el calor de julio de 1920. Con la pesadez de los nueve meses, con los dolores, posando uno por uno, uno tras otro, los pies en los peldaños.
La placa está donde la calle termina: en el patio de esta casa nació Amália Rodrigues. Es blanca, sencilla, con letras celestes y el dibujo de una alondra, también celeste, que en portugués lleva el delicioso nombre de cotovía . Cuando dudo frente a la puerta del inquilinato, que junto al lujo de la placa luce aún más miserable, una vieja sale a la ventana del último piso de la casa: "¡Entre!", me grita, y yo me vuelvo y la veo sonreír, gorda, vestida de negro, orgullosa. "Adentro hay otra..." Tiene los mismos rasgos que Amália, probablemente su misma edad, y está toda vestida de negro. Pero es gordísima, y tiene el pelo descuidado, largo, completamente blanco. Siento que me comprende.
Paso el portal, bajísimo, entorpecido de ropa colgada de niño y de viejo, y altos tachos de basura, paso una puerta con un cartel escrito a mano, "Se arreglan electrodomésticos", y después de otra breve escalerita de piedra, se llega a un patiecito que no es el de una casa, sino el de un conventillo, apenas más grande, con su ropa colgada, sus flores en macetas, sus piletones de cemento y sus flores en latas oxidadas, sus fuentones de ropa. Hay otra placa, sí, mucho más pretenciosa, que dice: "Aquí nació Amália Rodrigues el 23 de julio de 1920", en letras doradas sobre mármol rosa, y firmada: ALCAIDIA DE LISBOA.
Pero ¿qué quiere decir "aquí"? ¿La muchacha campesina que subía por la Rua Martín Vaz fue aquí donde desistió y se tendió a parir a Amália? ¿O vivía la comadrona y con el calor de julio la dejó salir? Pero es bueno nacer de cara al cielo, en este nido popular, en este olor a pobreza y a familia, en este cielo de la Morería.
Ay, Morería (III)
En torno a aquel patio en que nació Amália ya todo es Amália pura. La Igreja da Pena, donde fueron a bautizarla tantos días después que ya nadie podía recordar en qué día preciso, tan alta en la calle estrecha que no se consigue fotografiarla entera ni aun tendiéndose en la vereda opuesta. Las calles de nombres como estigmas: calle de la Pena, asilo de la Pena, callejón de la Pena. La casa, muy próxima, en donde murió Camões, esperando a que allí mismo naciera quien habría de cantarlo. Y la gente, obreros, que van entre un olor de pescados asados en la calle, en pequeños espetones, sobre braseros y parrillas diminutas, entre lluvia y lluvia.
En torno a aquel patio en que nació Amália ya todo es Amália pura. La Igreja da Pena, donde fueron a bautizarla tantos días después que ya nadie podía recordar en qué día preciso, tan alta en la calle estrecha que no se consigue fotografiarla entera ni aun tendiéndose en la vereda opuesta. Las calles de nombres como estigmas: calle de la Pena, asilo de la Pena, callejón de la Pena. La casa, muy próxima, en donde murió Camões, esperando a que allí mismo naciera quien habría de cantarlo. Y la gente, obreros, que van entre un olor de pescados asados en la calle, en pequeños espetones, sobre braseros y parrillas diminutas, entre lluvia y lluvia.
Fotos
Amália en el camino de campo, sonriendo en medio de unos cuarenta adolescentes escandalosos: iban de viaje de egresados y mandaron detenerse al chofer del autobús para fotografiarse con ella.
Amália comiendo, muy abrigada, después de un paseo por el campo, en la sala de su casa: la olla, llena de comida, de la que asoma un cucharón, en la mesita ratona.
El cielo de un anochecer sobre el campo: la luz dorada, ahogada de nubes densas y oscuras, se cuela en largos rayos que no llegan a la tierra. "La última imagen que Amália se llevó de este mundo."
Amália en el camino de campo, sonriendo en medio de unos cuarenta adolescentes escandalosos: iban de viaje de egresados y mandaron detenerse al chofer del autobús para fotografiarse con ella.
Amália comiendo, muy abrigada, después de un paseo por el campo, en la sala de su casa: la olla, llena de comida, de la que asoma un cucharón, en la mesita ratona.
El cielo de un anochecer sobre el campo: la luz dorada, ahogada de nubes densas y oscuras, se cuela en largos rayos que no llegan a la tierra. "La última imagen que Amália se llevó de este mundo."
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