Cultura: Viena - Valses, cafés y amores clandestinos
En las calles de la capital de Austria aún resuenan ecos del viejo imperio y se respira un clima que, de un modo imprevisto, produce asociaciones con Buenos Aires, como si fuera posible viajar a un tiempo por distintas dimensiones
Por Luisa Valenzuela
Para LA NACION - Buenos Aires, 2008
Soy una viajera impenitente, y quizá fue para satisfacer el vicio que me hice periodista en mi juventud. Como escritora también me salen múltiples viajes, a veces de manera un poco exagerada y agotadora, pero sarna con gusto? Así que hoy, puesta a elegir un sitio en particular, uno muy especial, me sobreviene el mareo. ¿Papúa Nueva Guinea, porque fue el país más insólito que conocí, o la sorprendente tierra de los dogones en Mali? Emplazamientos que me tocaron el alma, pero el alma sigue conmoviéndose y por eso regreso a Europa en la memoria, yo que no me considero particularmente fanática del Viejo Continente. Y elijo Viena para mi crónica, porque en los últimos meses parecerían haberse tendido unos filamentos dorados que unían Austria y la Argentina. Empezando por el extraordinario despliegue de actos en Buenos Aires que, bajo el lema Vecinos Perdidos, trajo una Austria del dolor a nuestras costas, en conmemoración de los setenta años de la fatídica Noche de los Cristales Rotos, con la recreación virtual de la destruida, magnífica sinagoga de Viena. Fue por iniciativa de un joven de 19 años que se armó la movida internacional, en un principio, para reencontrar a quienes lograron escapar del feroz progrom, aquellos que hasta el día de hoy se resisten a volver a su país natal.
Por mi parte, después de muchos años, he regresado a Viena por motivos muy distintos, los lazos de unión entre nuestros dos países me resultaron brillantes. Mi primer viaje fue de deslumbramiento ante el Belvedere, tan blanco y magnífico en su extraña sencillez; en los museos, frente a los Archimboldo o El juicio final de Jeronimus Bosch, y ante el palacio de Schönbrunn. Esas cosas del turista que absorbe cultura a cuatro carrillos. En esta segunda vuelta el viaje fue más interior, personal, un poco egocéntrico si se quiere, aunque trataré de evitar esa trampa mortal. Acabo de regresar de Viena. La emoción todavía palpita, pero detrás de la emoción hay un sabor vienés que sé va a perdurar más allá de todas las manifestaciones del ego. Y que Freud me perdone. Porque ni siquiera pude visitar su casa, a pocas cuadras del hotel donde me hospedaron haciéndome sentir como Sissi (la suite tenía cama imperial, techo con artesonados dorados y hasta un piano de media cola). Faltaba que alguien viniera a tocar valses, El Danubio Azul de preferencia, porque el Danubio no corría demasiado lejos, aunque nunca alcancé a verlo. Vi, sí, desde mi balcón e iluminadas magníficamente por las noches, las dos torres como de encaje de la Votivkirche, la blanca iglesia neogótica construida para celebrar el hecho de que el emperador Francisco José se hubiera salvado de un intento de asesinato. Y más allá, ese edificio como palacio de cuento de hadas que es la Alcaldía de Viena, la Rathaus, reluciente entre un bosque de luminosos faroles en espera de la Navidad. Decoraciones callejeras estacionales, palaciegas hasta el punto de convertir, por ejemplo, el famoso Graben, esa amplia avenida peatonal, en un salón de baile reluciente de arañas como de cristal, hechas sólo de puras luces. Y me tocó pasear por allí bailando por dentro porque, en la Universidad de Viena, una de las más antiguas de Europa, se estaba desarrollando un simposio sobre mi obra. Algo que no me habría imaginado jamás ni en mis más locos ensueños. No puedo hablar con humildad del tema, por eso mismo y con el enorme agradecimiento que corresponde, sólo menciono tres nombres: María Teresa Medeiros Lichem, Gwendolyn Díaz, Erna Pfeiffer. Y no digo más porque no me toca describir un encuentro académico sino una ciudad que sabe abrirse a los recién llegados, al igual que abre allí sus salones la Sociedad Austro-Argentina, para recibirnos con el calor de una amistad bien vienesa ("Probá, probá, acá las masas son increíbles, los dulces no son empalagosos, el chocolate es el mejor", me dice mi amiga Victoria S., que lleva viviendo en Viena casi catorce años y la ama).
Entonces, la ciudad apenas entrevista se convierte en un espíritu que se nos cuela por los poros, es dulce y untuosa pero no empalaga, como su Sacher Torte , embriaga suavemente como el vino blanco o mejor como el Schnaps de primera calidad. Voy captando su espíritu, más allá de una sucesión de edificios a cual más típico, insólitos, algunos antiguos con intervenciones actualísimas al lado de palacios barrocos. He vivido, muchos años atrás, en París, más recientemente en Nueva York. Las grandes ciudades vividas adquieren otra esencia. Para visitar prefiero los lugares recónditos, esos mal llamados primitivos donde los habitantes reactúan sus rituales que les llegan desde el remoto pasado. Lo sorprendente es que Viena parecería abrirse a estas magias sin tiempo en ciertas zonas, en las callejuelas medievales, digamos, o al paso de los fiakers tirados por caballos generalmente blancos, o en los viejos cafés tradicionales. Hacemos un alto en el lujoso y barroco, casi rococó, Café Central, que me trae recuerdos de las viejas suntuosas confiterías de mi infancia: la París, sobre todo, o El Águila, donde me llevaba mi madre a tomar el té y comer locatellis de pavita.
Viena tiene eso. Por alguna razón que no me explico, algo allí me resulta extrañamente familiar. La cultura de los cafés tiene mucho que ver en este asunto. El Havleka, donde solían reunirse todos los grandes intelectuales de la época entre las dos grandes guerras, y que repleto de turistas todavía hoy conserva su bohemia atmósfera oscura llena de sugestión, supo tener su humilde pero igualmente intensa y jugosa réplica en Buenos Aires, en el Bárbaro, nuestro amado Bar- Bar-o de los años sesenta.
Pero en Viena, días atrás, yo asistía al simposio. Y era otro viaje muy intenso porque los efluvios de la ciudad parecían meterse por debajo de las puertas y por las hendijas de las ventanas cerradas, y enriquecían las ponencias. La atmósfera que se vivía allí tenía que ver, claro, con la capacidad de los participantes, pero creo que el aire de Viena nos contagió a todos una muy especial alegría.
Viena es una ciudad autocontenida, impecable, casi se puede recorrer a pie su casco antiguo, los tranvías ultramodernos se deslizan silenciosamente, casi con dulzura, por las calles, los fiakers o mateos agregan su propia nota plácida, casi campesina. Viena es una capital pequeña (no más de un millón setecientos mil habitantes) de un país pequeño y mediterráneo, pero una vez fue capital de un imperio y lo imperial reverbera en las antiguas paredes.
Austria es un país extrañamente católico en medio del mundo germánico, protestante. Quizá por eso mismo, quiero pensar, se cuentan picantes anécdotas de amores clandestinos. Porque la noción de pecado tiñe todo de un color especial y le resta rigidez puritana: los famosos amores de Alma Marie Schindler, más conocida como Alma Mahler; los múltiples casamientos de Adolf Loos, tan, digamos, barrocos en contraste directo con los edificios depurados, bellísimos. Todas esas pasiones son parte consustancial de Viena, del alma vienesa.
A pesar de los horrores que ha sufrido Europa y sobre todo esa región presa del nazismo, soplan en Viena vientos valsescos, románticos. Porque la música está siempre presente. Gluck, Mozart, Haydn, Beethoven: es como recitar un catálogo el nombrar a quienes allí nacieron o vivieron. Hasta Schönberg. Y la famosa Ópera de Viena. ¿De qué hablo? Pasé frente a la Ópera, a los músicos los he escuchado en otras partes del mundo, en Viena sólo tuve el tiempo suficiente para detenerme un instante frente a algún organillero o un violinista que pedía en las calles. Porque pasé allí muy pocos días, hace muy poco, pero sé que me quedarán para siempre adheridos a la piel. Todo está allí como al alcance de la mano aunque no podamos verlo. Hay mil sonidos secretos en esa ciudad mágica que la nieve no absorbe sino que refracta.
Pudimos, eso sí, llegar en tranvía hasta Grinzing donde están las tabernas de vino, las célebres Heuringer. Según nos contaron en Zimmermann, en otros tiempos los peregrinos iban hasta los viñedos circundantes con sus viandas, y en el otoño se los convidaba a pasar a las tabernas para degustar el vino nuevo, siempre blanco. Nosotros, en el salón de vastas mesas de roble bajo las enormes vigas, en el lagar donde se conserva aún la antiquísima y enorme prensa de madera, degustamos el vino y ya que no trajimos vianda, se nos sirven enormes fuentes de milanesas. Idénticas a las nuestras y no son de Milano, no, son las verdaderas "milanesas", es decir las wie nerschnitzel, la carne empanada de Viena que los argentinos solemos devorar con gusto: más cabos de afinidad para atar estos lazos de unión de los que hablé al principio.
Para concluir, me quedan sólo dos temas pendientes:
1) en mi infancia recuerdo haber tenido una pesadilla recurrente en la cual aparecía un águila de dos cabezas que se posaba en el banco de mármol de la terraza de casa. Alguna noche creo haber subido para cerciorarme de que el águila no era real.
2) Cuando fui a vivir una temporada en Barcelona, quise alquilar un departamentito en el Barrio Gótico o en el Chino, en alguna calle de nombre bien catalán y autóctono, como Ciegos de San Cucufat. Todos los departamentos que encontraba por allí eran tenebrosos. Hube de optar por vivir en un barrio burgués, pero me dediqué a escribir sobre los barrios imposibles.
Ahora sé dos cosas. Una, que la de mi infancia no era una pesadilla, era el águila imperial que desde algún caduco y polvoriento blasón me estaba llamando a la Viena luminosa de hoy.
Y dos, que cuando se quiere mucho conocer un sitio a fondo y no se puede, se escribe sobre él. Como lo hago hoy, escribiendo sobre Viena que apenas pude rozar con la punta de los dedos pero que me conmovió profundamente.


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