Música: El avance de la cultura electrónica

La aparición de Un día, nuevo disco de Juana Molina, actualiza la discusión sobre el estado y el valor de un estilo musical que se acerca sin prejuicios a los diferentes ritmos del folklore argentino

Por Leonardo Tarifeño
De la Redacción de LA NACION


La aparición de Un día , el nuevo CD de Juana Molina, actualiza la discusión sobre el estado y el valor de la música electrónica experimental en la Argentina. ¿Se puede hablar de una escena local o sólo hay algunos artistas desperdigados que hacen su trabajo de manera independiente y con escasa relación entre sí? ¿La cultura electrónica ha estrechado sus vínculos con otros universos musicales, como el rock, el folklore o el emergente hip hop ? ¿Y por qué da la impresión de que entre nosotros, a diferencia de lo que ocurre en otras capitales, la experimentación sonora apunta poco y nada a la pista de baile? Con estas preguntas en el aire, puede escucharse Un día como un mapa sonoro de la electrónica nacional. La canción que abre le da título al disco y tiene todo para constituir los seis minutos más exasperantes de la música argentina reciente. El ritmo se repite con mínimas variaciones que aseguran un efecto entre la hipnosis y la desesperación. La voz, lánguida y como recién llegada del más allá, dibuja la sombra de una canción de cuna para fantasmas pampeanos. Escucharla asegura el trance; y para bailarla, deberían ser las 6.15 de la mañana y alguien tendría que haber llegado con un cargamento de cervezas. No es -aunque parece- minimalismo rural; "Un día" basa su potencia en la repetición, pero sobre todo en una dosis de estrés vaporoso que estalla hacia diferentes direcciones.

Lo extraño del asunto es que, a pesar de la marca personal, casera e incomparable de Molina (¿a qué suena?, ¿a una pesadilla de Brian Eno?), hay en este trabajo un pulso polirrítmico que lo acerca al folk y a la intimidad tecnológica, muy probablemente la huella más visible en el panorama de la electrónica experimental local. O mejor dicho: justo lo que parece ocurrir con otros músicos no del todo próximos al sonido de Molina pero sí a la matriz folklórica que asoma en "Lo dejamos" y "No llama" (de Un día ), en definitiva el hogar cultural de Gaby Kerpel (alma musical de De la Guarda y Fuerzabruta) y del proyecto Tremor, de Leonardo Martinelli, Gerardo Farez y Camilo Carabajal. Lo de Molina no es sólo producto de una singularísima e intransferible personalidad musical. Es un raro identikit sonoro, una foto en movimiento de la electrónica experimental argentina.

Carnabailito , de Kerpel, y Viajante , de Tremor, son dos apuestas todavía más arriesgadas que la de Un día . En Molina, la música es un paisaje nervioso pero delicado, como el encefalograma de quien se guarda sus rencores para hacerlos explotar en medio de una discusión cualquiera. En la vereda contraria, Carnabailito pone sus fichas en la expansión, abre una ventana sonora al mundo para que del otro lado sólo aparezca la ominosa llanura de la pampa, el "vértigo horizontal" del que alguna vez hablara Pierre Drieu La Rochelle. ¿Cómo se musicaliza el vértigo? La música de Kerpel mira hacia el exterior (así como la de Molina enfoca hacia adentro) y lo que encuentra es el bombo y el charango, el malambo y la arena de un folklore que se adivina más seco que fértil. Su válvula de escape son los ritmos ya establecidos, pero curiosamente folklóricos antes que electrónicos. La baguala por sobre el house , la cueca en lugar del drum´n´bass , la vidalita antes que el minimal techno . El resultado es un proyecto que combina la música de raíz argentina con una experimentación más tecnológica que electrónica, donde la fusión entre ritmos y culturas siempre está por hacerse. "Mi relación con el folklore viene de una idea de investigar esa música -dijo alguna vez-; sentí que era un elemento interesante y atractivo, y además soy argentino, tiene un lugar dentro de mí. Pero es una decisión: no soy folklorista ni mucho menos, y mi acercamiento a esa música es un poco artificial." Como Un día , y en contra de lo que sugiere su nombre, Carnabailito tampoco está hecho para la pista de baile; lo suyo es la metáfora, la matemática, la estela imborrable de un folklore futuro. Nada que se disfrute con ligereza y amor por el placer ligero.

Viajante , de Tremor, podría verse como el reverso electrónico de Carnabailito . Aquí, la potencia contemporánea y tecnológica aparece en primer plano. El mejor ejemplo es "Malambo" (el primer corte), que tiene mucho de folklore de diseño y se aleja de las rigideces para ensayar un espíritu más libre y lúdico. Ese aire desestructurado permite que Tremor juegue con los ritmos y no se esclavice a un interés más cultural que musical; por otro lado, también hace que su mira aparezca algo desenfocada y no quede demasiado claro hacia dónde se dirige. Como en Kerpel, el esfuerzo de Tremor se redondea en el concepto y no tanto en su realización. Pero lo que en Carnabailito era un marco folklórico de resonancias electrónicas en Viajante se disuelve para crear el retrato opuesto. Ambos se apoyan en la incertidumbre, son apuestas in progress ; los dos, a la manera de Molina, condensan y realzan los vértigos y los rezagos de la electrónica local.

Si algo define a nuestra música experimental electrónica es su difícil relación con la cultura del baile. Decir que buena parte de la música electrónica apunta a la fiesta y el dancefloor no es ningún descubrimiento, pero entre nosotros es una frase hueca y polémica. En el mundo, los DJ y productores "puros", de Paul Oakenfold a Fatboy Slim (como Hernán Cattaneo y Dero en la Argentina), son héroes de discoteca y raves ; quienes buscan una combinación de las nuevas posibilidades tecnológicas con las raíces musicales de una cultura siempre son artistas poco masivos, pero también apuntan sus consolas al efecto de la música sobre el cuerpo. En Sudáfrica, el house y los sonidos folklóricos se fusionan en el kwaito ; en Mali, el ex taxista Issa Bagayogo llegó con Mali Koura al primer puesto de los rankings de world music gracias a un ritmo que cruza la instrumentación electrónica con el pulso bambará de su Bamako natal. En México, los miembros de Nortec evocan el soundtrack de la fronteriza Tijuana con loops y samplers que convierten las tradiciones rancheras en piezas experimentales, a la vez folklóricas y bailables. Y movimientos similares ocurren con la bossa nova electrónica de Brasil, el flamenco con scratches de los españoles Ojos de Brujo y el electropicalismo de Sidestepper en Colombia, por citar ejemplos de mezclas contemporáneas. Entre nosotros, esa fusión apenas si parece estar en germen.

A diferencia de lo que han hecho Nortec en México, Sidestepper en Colombia y Bossacucanova en Brasil, la experimentación electrónica argentina parece instalada en una operación que trabaja con las texturas del folklore pero no lo deconstruye. Su acento hay que buscarlo en la mirada personal, la intriga íntima, el equipaje del músico arrojado a un laberinto tecnológico del que sólo se sale con el hilo de Ariadna del folklore. En México, los músicos rancheros tocan con los DJ y productores de Nortec, y se presentaron juntos en el escenario del Palacio de Bellas Artes (un templo comparable al Teatro Colón). En Brasil, Roberto Menescal es, a la vez, uno de los creadores de la bossa nova y miembro honorario de Bossacucanova, el grupo de bossa electrónica que ya se presentó en Buenos Aires. Y en Colombia, uno de los cantantes de Sidestepper fue durante años la voz de un famoso grupo de salsa. En la Argentina, por ahora, parece que ese intercambio de tribus aún está por darse, lo cual implica un obstáculo musical y cultural si no serio, por lo menos importante. Los prejuicios parecen estar a la orden del día y el movimiento se limita al individualismo en masa. El efecto musical es visible y se advierte en el posible exceso de singularidad que brilla en Molina, Kerpel y Tremor, entre otros.

El artista tal vez más valioso del movimiento ni siquiera vive en la Argentina, su contacto musical con el folklore es relativo y, sin embargo, en su orquesta hay más de un compatriota. Difícilmente pueda decirse que la música de Ramiro Musotto es argentina pero ¿hay algo más argentino que el argentino que vive afuera, hace algo que nunca se hizo entre nosotros y crea un extraño localismo con acento extranjero? Percusionista ocasional de Lenine, colaborador de Forró in the Dark, Lucas Santtana y Chico César entre otros, Musotto vive en el nordeste brasileño y desde allí hace una música que funciona como visa cultural y pasado inventado de raíz afrocubana. Sudaka y Civilización & Barbarie son los discos más logrados que ha hecho últimamente un músico electrónico argentino... aunque se apoye en un folklore de mínimos ecos nacionales. ¿El forró pernambucano y las canciones tradicionales cubanas son más permeables que el folklore argentino a la mezcla, el cambio y la deconstrucción? El trabajo de Musotto activa esa pregunta, que también sobrevuela Carnabailito y Viajante .

A mitad de camino entre la exuberancia de Musotto y el ascetismo de Molina y Kerpel, personalísimo y siempre dúctil, Axel Krygier es quizás el músico más versátil y complejo de la escena electrónica local. Ex miembro de La Portuaria, cada disco suyo abreva en diferentes ritmos, tradiciones y épocas. Zorzal y Echale semilla se acercan al folk , no le temen al baile y se dejan influir por el jazz y el rock; Secreto y Malibú , creado para el espectáculo de danza homónimo de Diana Szeinblum, Inés Rampoldi y Leticia Mazur, es una joya de sutileza más alegre que agria, a años luz de los barroquismos de Kerpel y Molina. Sintetizadores, acordeones, guitarras, trompetas, flautas, violín, kalimba, udú, piano, saxo y bajo integran una rica gama instrumental, que promete una fusión abarcativa entre la electrónica y el folklore. Tal vez la única posible, en caso de que sea posible en la Argentina.

Comentarios

Unknown ha dicho que…
hola chicos, gracias por postear mi nota, espero que les haya sido útil, muy lindo el blog, va un abrazo y seguimos en kontakt, abajo les paso la dirección del mío personal, saludos y abrazos de aquí al lado!,
L.
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