Música: Rachmaninov, la música del corazón
En una época no muy lejana, y en determinados círculos, hablar mal de la música de Rachmaninov representaba toda una señal de distinción. Quienes lo hacían ofrecían una muestra implícita de gusto selecto y espíritu progresista. Para algunos, Rachmaninov era pura y simplemente el ejemplo de lo que no debía ser el músico del siglo XX: tonal, melódico, subjetivo, rebosante incluso en la corta distancia. Pero había también otros elementos que hacían especialmente sospechoso su caso.
Además de compositor, Rachmaninov era uno de los mayores pianistas de su época, lo que de manera automática sembraba dudas sobre la trascendencia de su labor creadora, como ya había ocurrido con Liszt y Busoni. El hecho de ser un virtuoso del teclado y de escribir música en función de sus espléndidos dedos, conllevaba una impresión de ostentación vacua y superficial.
Romanticismo añejo. Enraizada en un romanticismo añejo, la música de este continuador de Chaikovsky y Rimski-Korsakov suscitaba el entusiasmo de todos los públicos. El anacronismo de Rachmaninov resultaba así doblemente molesto. Por un lado, su figura trastornaba los esquemas de aquellos que creían en un diseño evolutivo de la historia de la música; por otro, su éxito le convertía en involuntario paradigma del triunfo del conservadurismo y la reacción sobre el progreso y la modernidad. La inmensa popularidad de la que gozaban algunas de sus piezas -los Conciertos para piano nº 2 y 3, la Segunda sinfonía- era vista por los más avanzados como la prueba fehaciente de la involución de los tiempos.
Sin embargo, todas estas cuestiones resultaban ajenas a un músico cuya obra se regía por las directrices de una franca y aproblemática espontaneidad: «En mis composiciones, no hago ningún esfuerzo consciente para ser original, o romántico, o nacionalista, o lo que sea. Escribo la música que siento dentro de mí, de la forma más natural que puedo». Oyentes e intérpretes han percibido esta sinceridad y la han correspondido con intensa pasión («Los conciertos de Rachmaninov no se tocan, se viven», confesaba en una entrevista el pianista polaco Krystian Zimerman), pese a que en diversas ocasiones sus piezas muestran defectos tales como la tendencia a la prolijidad, el énfasis o la retórica, sobre todo en el terreno de las grandes formas.
Imagen menos corriente. Los capítulos sinfónico y pianístico constituyen el ámbito más familiar de la producción de Rachmaninov. No obstante, hay otras zonas de su catálogo que brindan una imagen menos corriente del compositor y nos revelan a un artista más complejo y original de lo acostumbrado. Quienes con sólo oír el nombre de Rachmaninov sienten cierta urticaria, pueden empezar entonces por su catálogo operístico, poco convencional tanto en la estructura dramática como en la instrumentación. De los tres títulos principales -Aleko, Francesca da Rimini y el Caballero avaro- este último despunta por la oscura y fascinante ambientación tímbrica, precursora del Castillo de Barbazúl bartókiano.
Cuando Rachmaninov comulga con las atmósferas del simbolismo ruso, logra algunos de sus resultados más valiosos y personales. Así ocurre en la cantata Las campanas, sobre versos de Poe, o en el sombrío poema sinfónico La isla de los muertos, inspirado en el homónimo cuadro de Arnold Böcklin. Estas páginas se caracterizan por un tono lúgubre que, como un hilo conductor, recorre la producción del músico desde la Sinfonía nº 1 (cuyo desastroso estreno, en 1897, a punto estuvo de alejarle para siempre de la composición) hasta las Danzas sinfónicas, su última obra orquestal fechada en 1940. No menos significativa es su libre aproximación al canto ortodoxo, que recupera y actualiza en dos magníficos y majestuosos ciclos corales: las Vísperas y la Liturgia de San Juan Crisóstomo. En este apartado concreto, Rachmaninov anticipa en más de medio siglo el interés de autores como Arvo Pärt o Sofía Gubaidulina.
La integral que el sello Brilliant dedica ahora al músico ruso puede proporcionar una visión ecuánime sobre el músico ruso. Entre lo mejor de la caja, despuntan la bien conocida versión de los conciertos para piano a cargo de Earl Wild acompañado por la Royal Philarmonic bajo la batuta de Jascha Horenstein; la Liturgia de San Juan Crisóstomo por el Russian State Symphony Capella dirigido por Valery Polyansky; los Tríos con piano por el Trío Borodin; los Études-tableaux en versión de Nikolai Lugansky y las transcripciones pianísticas que interpreta Garrick Ohlsson. De buen nivel las sinfonías dirigidas por Gennady Rozhdestvensky con diversas orquestas y, especialmente, los poemas sinfónicos en la lectura de Polyansky con la Orquesta Sinfónica Estatal Rusa- y las canciones para voz y piano.
Grabaciones históricas. De los 31 cedés que conforman la caja, los tres últimos recogen versiones históricas de notable valor. Hay un testimonio de las extraordinarias dotes pianísticas de Rachmaninov tocando el Concierto para piano nº 2 bajo la batuta de Leopold Stokowski (la grabación es de 1929); versiones de los Conciertos para piano nº 2 y 3 por dos gigantes rusos del teclado como Sviatoslav Richter (1951) y Vladimir Horowitz (1930); otra vez Richter y Horowitz son los protagonistas de una miscelánea de piezas pianísticas junto a Vladimir Sofronitzky. Sobre todo este último nos desvela todo lo que de visionario e inquieto puede ocultarse tras la música de Rachmaninov.

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