Arte: "El Garage" de Moscú quiere convertirse en el epicentro del arte moderno

De la mano de la joven Daria Zhukova y gracias al dinero de su novio, el magnate ruso Roman Abramovich, el Centro de Cultura Contemporánea El Garaje (CCCG) busca ser el lugar de referencia para los artistas contemporáneos. Aquí, una recorrida por los de 8.500 metros cuadrados de un viejo galpón para autobuses reciclado gracias al impulso de esta nueva zarina del arte.

Por: Monika Zgustova
La noticia sobre la inauguración, en Moscú, d el Centro de Cultura Contemporánea El Garaje (CCCG), cayó como un rayo entre la intelectualidad moscovita: durante días no se hablaba de otra cosa que de Roman Abramovich, el multimillonario propietario del Chelsea, y de Daria Zhukova, su novia, que con el dinero de éste se ha propuesto convertirse en la mecenas del arte ruso.

Desde lejos, pequeñas flechas, colocadas en el barrio residencial y universitario, donde hace siglo y medio vivió Dostoievski, indican el camino hacia el edificio que alberga el centro. Se trata de una antigua cochera de autobuses, diseñada en los años 1926-1927 por el conocido arquitecto vanguardista Konstantin Melnikov, transformada hoy en centro cultural y galería de arte con una superficie de más de 8.500 metros cuadrados. Los encargados de la acertada remodelación del gigantesco garaje constructivista aprovecharon la estructura y la fachada existentes y renovaron por completo su interior.

Unos fornidos guardas con cara de pocos amigos acompañan al visitante al museo. En el Moscú de estos días uno se encuentra con ese tipo de guardas a cada paso, plantados junto a gigantescos Bentley, Audi Q7, Mercedes clase S y BMW serie 7, estacionados agresivamente en medio de las aceras, esperando a que su amo salga de un lujoso restaurante o de un club privado. El contraste entre el rudo ambiente de la calle y la sobria atmósfera de la galería es notable.

Primeras exposiciones

La exposición con la que El Garaje inauguró sus airosas salas tenía un título intrigante: Una historia de arte alternativa. En la entrada se podía leer que la muestra contaba con tres artistas, Charles Rosenthal, un judío ruso que tras la revolución de octubre cambió su nombre, Salomón, y se exilió en Francia; Ilya Kabakov, su discípulo; e Igor Spivak, un joven artista ucraniano.

El espectador descubría que Rosenthal, muerto en 1933, fue un artista que partió del suprematismo de Malevich y su obra, bajo la influencia de los intelectuales franceses deslumbrados por la revolución, fue invadida por el espíritu de la era posrevolucionaria y el realismo socialista. Kabakov, su discípulo, nacido en 1933, pintó la realidad comunista que le rodeaba con mirada crítica y sin el romanticismo soñador de su maestro. Para Spivak, representante de la joven generación, el realismo socialista no es sino un pasado remoto, aunque heroico; para dignificar la sangre que sus abuelos vertieron en aquel sueño, el artista usa el rojo en sus dibujos.

Tres pintores, tres generaciones, tres visiones de una misma ideología. Así es como el espectador percibía la exposición: hasta los comentaristas de los medios internacionales cometían el error de hablar de tres pintores. Porque se trataba de uno solo: el trío de pintores es una invención, una mistificación de la pareja de artistas conceptuales rusos, residentes en Nueva York, Ilia y Emilia Kabakov.

Tras haber contemplado la remarcable exposición generosamente expuesta en las muchas y espaciosas salas de la galería, el visitante pasaba por el café que ofrece ensaladas, pastas, vino, té y café. Al mediodía está incomprensiblemente vacío.

Al estudiar los precios uno cae en la cuenta: un café cuesta 300 rublos, o sea 9 euros, un té 15 euros, una ensalada 28. Aunque Moscú es una de las ciudades más caras del mundo, los precios de este café no están pensados para los intelectuales, los jóvenes y los aficionados al arte de clase media - los visitantes más frecuentes de una galería de arte- que, por regla general, no disfrutan de semejante poder adquisitivo. Parece que hoy en Moscú si algo quiere hacerse apreciar debe ser carísimo.

Así pues, en vez de tomarse un vaso de vino por 20 euros, el visitante se decide por descansar en el artefacto expuesto en el hall: un tranvía mágico cuyo interior le transporta treinta, cuarenta y cincuenta años atrás, a plena época del socialismo real en el que coros de juventudes comunistas cantaban canciones sobre la construcción del futuro brillante y los pintores y escultores representaban a los obreros y los campesinos cantando, bailando y sonriendo felices en su trabajo.

Al salir del elegante interior de la galería al visitante le vuelve a invadir la realidad moscovita: esos musculosos y rudos guardas que más que vigilantes de un centro de arte parecen guardianes del Gulag. Sin embargo, la mecenas Daria Zhukova, que vive entre Londres y Moscú, niega esa realidad, afirmando que, fuera de los espectaculares atascos moscovitas, que no se producen en Londres, apenas hay diferencia entre las dos ciudades.

Recelos y reflexiones

¿Quién es esa nueva musa de Abramovich, por la cual el ex gobernador de Chukotka y ex tesorero de la familia del presidente Boris Yeltsin abandonó a su numerosa familia? Daria es una cosmopolita hija de la abundancia: su padre, el también millonario ruso Alexander Zhukov, supo ganar importantes fortunas aprovechando sus relaciones con las empresas transportadoras de gas, petróleo y armas. Precisamente fue detenido en Italia por tráfico de armas.

Daria, anteriormente amiga del tenista Marat Safin, ha creado, junto a una amiga, hija de un millonario de Hong Kong, una marca de ropa informal. Fue bajo la influencia de ella que Roman Abramovich empezó a invertir en arte, siguiendo así las huellas del gran mecenas del arte ruso prerrevolucionario Mamontov, quien, a comienzos del siglo XX, compraba lienzos de los grandes pintores rusos para ofrecerlos a la galería Tretiakov de Moscú. En la primavera del pasado año, Abramovich compró una pintura de Lucian Freud por 21,5 millones de euros y un tríptico de Francis Bacon por 53 millones, reventando así los precios en el mercado del arte.

Lo cierto es que los medios culturales de Moscú observan la actividad de El Garaje con desconfianza por tratarse, en su opinión, de dinero ganado de modo sospechoso. Sin embargo, la directora de la galería, Mollie Dent-Brockenhurst, quien dirigió la prestigiosa galería Gagosian de Londres, es toda una garantía de calidad. El Garaje no deja de ser una muy valiosa aportación a la vida cultural rusa. Y el hecho de que su primera exposición reflexionara desde la ironía sobre el periodo soviético es una saludable declaración de intenciones.

© La Vanguardia y Clarín

Comentarios

Entradas populares