Patrimonio: Un recorrido por los tesoros culturales de la Argentina

El arquitecto Fabio Grementieri, el periodista Pablo Zunino y el fotógrafo Xavier Verstraeten visitaron todas las provincias para registrar las joyas edilicias y naturales. En veintiséis viajes descubrieron lugares secretos y olvidados, y construcciones históricas que reclaman políticas de preservación

Por Natalia Blanc
De la Redacción de LA NACION


Un matadero municipal en Guaminí, provincia de Buenos Aires, de 1937; un molino del siglo XIX en Jachal, provincia de San Juan; una vista panorámica de la estancia María Behety, en Río Grande, Tierra del Fuego; tres bóvedas de fundición metalífera de finales del siglo XVIII ubicadas en la ciudad mendocina de Uspallata; hornos de carbón vegetal emplazados en la localidad de Taboada, Santiago del Estero; una enorme chimenea de ladrillo de un aserradero abandonado en el pueblo San Francisco de Laishi, de Formosa: éstas son algunas de las quinientas imágenes que ilustran Argentina, p atrimonio cultural y natural. Álbum del Bicentenario (Ediciones Verstraeten), con textos del arquitecto Fabio Grementieri y el periodista y psicoanalista Pablo Zunino, y fotografías de Xavier Verstraeten. El libro establece un registro de las joyas que enriquecen a los argentinos, al tiempo que demandan atención y ciudado.

Con dos ediciones de lujo, una en español y otra en inglés, y más de cuatrocientas páginas, el trabajo fue patrocinado por Nelly Arrieta de Blaquier. Durante más de dos años, los autores realizaron veintiséis viajes por el país en un recorrido que superó los cien mil kilómetros. El resultado es una interesante síntesis de aquello que encontraron en sus travesías: desde restos de asentamientos precolombinos hasta desarrollos urbanos de finales del siglo XX. A modo de separador de los capítulos, también incluyeron fotos del Valle de la Luna, el volcán Lanín, los esteros del Iberá, entre otras bellezas naturales que Grementieri (reciente ganador del premio Henry Hope Reed por su labor en favor de la preservación del patrimonio arquitectónico de la ciudad de Buenos Aires) había conocido de chico.

-¿Cómo surgió el trabajo?

Fabio Grementieri: -Hace cuatro años nos juntamos con Xavier para darle forma a una idea: armar un panorama del patrimonio cultural inmueble, que es menos reconocido que el patrimonio natural. Enseguida se sumó Pablo y entre los tres estudiamos el tema de la financiación para poder realizar los viajes, ya que nos habíamos propuesto cubrir todo el país. Decidimos llevarle el proyecto a Nelly Arrieta de Blaquier, que se mostró muy entusiasmada y nos brindó apoyo financiero a lo largo del proceso.

-¿Por dónde comenzaron? ¿Hicieron un relevamiento para definir los itinerarios?

Pablo Zunino: -Eso nos hubiera llevado mucho tiempo. Decidimos partir el mapa de la Argentina y plantear una edición poco estándar para que el libro fuera único. El desafío era lograr que no resultara un mamotreto ilegible. La primera decisión, en ese sentido, fue trabajar por temas. La segunda, para un libro con imágenes tan potentes como éstas, fue que a cada tema le correspondiera un título y un texto breve. Así, el libro puede leerse de punta a punta o por unidad de sentido. La clasificación de imágenes, la ruptura del mapa y el armado de los collares patrimoniales que enhebran gemas muy distantes entre sí aumentó mucho el trabajo. Pero también lo enriqueció.

-La realización fue una verdadera road movie.

P. Z.: -Sí. Manejamos en ripio, montañas, valles, badenes. Recorrimos las rutas más recónditas de la Argentina. Eso requería, además de que el clima nos ayudara, que estuviéramos muy organizados.

-¿Iban en busca de sitios específicos o a la pesca de lo que encontraban?

F. G.: -Hubo de las dos cosas: fuimos a buscar muchos lugares y otros aparecieron en el camino. La gente de cada pueblo nos preguntaba si conocíamos determinadas construcciones. A veces llegábamos a un lugar y estaba cerrado. Entonces una vecina nos decía que si tocábamos el timbre unas casas más allá y preguntábamos por la señora Chola, por ejemplo, ella nos podía conseguir la llave del lugar. Llegábamos y doña Chola estaba durmiendo la siesta. Justo cuando nos atendía, se largaba una tormenta terrible que nos impedía trabajar.

-¿Cómo fue la trastienda de los viajes?

Xavier Verstraeten: -Optamos por alquilar dos autos, uno en el Norte y otro en el Sur. Viajamos en avión hasta cada destino y allá nos esperaba uno de los autos.

F. G.: -Hicimos los recorridos cortos en auto desde Buenos Aires. Conocimos toda clase de hoteles, algunos eran el emporio del cascarudo.

-¿Cómo reaccionaban los pobladores de los distintos lugares?

P. Z.: -Hubo mucha colaboración por parte de la gente y mucha curiosidad. Notamos un fuerte sentido de pertenencia. En los únicos sitios donde no recibimos ayuda fue en los cementerios. No están concebidos como lugares públicos.

-¿Qué hacían en esos casos?

F. G.: -Una puesta en escena, un paso de comedia. Yo me peleaba con los cuidadores, mientras Xavier sacaba las fotos y Pablo trataba de calmar a todos. Otro problema fue el clima. A veces nos ayudaba el sitio del Servicio Meteorológico o el Weather Channel. En el bosque petrificado de Chubut había un viento de 120 kilómetros por hora. En el Parque Nacional del Chaco hacía 50 grados y estaba lleno de mosquitos, con una luz del mediodía que rajaba la tierra.

X. V.: -El tema era la luz para sacar las fotos con las mejores condiciones, algo que no siempre logré.

-¿En qué estado encontraron las construcciones históricas?

F. G.: -Está todo mucho peor de lo que yo recordaba de mis viajes anteriores. Hay cosas que desaparecieron, otras que se transformaron, otras que están arruinadas, otras convertidas en parques temáticos. A mí me sorprendió el ferrocarril. Casi todas las estaciones están desmanteladas, al igual que los talleres, los viaductos y otras obras de ingeniería. Quedaron las ruinas de la civilización ferroviaria.

P. Z.: -El otro capítulo donde se ve que nuestro patrimonio está al borde de la ruina es el industrial.

-Eso muestra lo que pasó en la Argentina. Sin hablar de política, el libro refleja un modelo de país, que tiene una fábrica abandonada en un pueblo de provincia, con un árbol que asoma por la chimenea.

F. G.: -Siempre tuve en mente que este libro sirviera para advertir que hay un patrimonio construido muy importante en la Argentina. Como su conservación es un asunto delicado, debe haber una política de Estado. Por ahora, no la hay.

-¿Las imágenes seleccionadas reflejan la identidad nacional?

P. Z.: -No quisimos meternos con el tema de la identidad porque es un concepto un poco trillado. Identidad quiere decir lo idéntico a sí mismo, lo homogéneo, lo uniforme. Justamente lo que muestra este libro es un conjunto de singularidades entrelazadas.

-¿El patrimonio natural está tan desprotegido como el cultural?

F. G.: -Desde que empezó el tema de la ecología, hay mayor conciencia. Pero es un recurso para el turismo. Cuando los lugares se ponen de moda, empiezan a surgir una suerte de instalaciones artificiales. Algunos sitios parecen Disneylandia.

-¿Qué lugares los sorprendieron más entre aquellos que no habían planeado encontrar?

F. G.: -Muchísimos. Por ejemplo, una casa de estilo portugués, de fines del siglo XV. Podría estar en la costa de Portugal pero está en Bragado, provincia de Buenos Aires. También descubrimos dos bibliotecas públicas, una al lado de la otra, en la ciudad entrerriana de Concepción del Uruguay, ambas construidas a comienzos de 1900.

P. Z.: -A mí me sorprendió el teatro de Olavarría, que no conocía. La sala de referencia es el Gran Rex, que a su vez se inspiró en el Radio City Music Hall, de Nueva York. Personalmente, fui de sorpresa en sorpresa. Creo que conocía el tres por ciento de todo lo que vi. Fue una experiencia única.

-¿Cómo fue el proceso de escritura?

P. Z.: -Escribimos los textos a cuatro manos con Fabio, durante siete semanas en Puán, en la casa de Dolores Bengolea. Algunos son más narrativos, otros más estructurales, algunos tienen hasta un principio de ensayo. Durante los viajes llenamos casi treinta cuadernos de anotaciones e ideas. El armado final llevó entre cinco y seis meses.

-¿Qué lector imagina cada uno?

F. G.: -Para mí, que me intereso en el cuidado del patrimonio, el libro debería tener un valor político y llegar a los senadores, diputados, funcionarios, gobernadores, para que se enteren de que, de todo lo que se levantó en cientos de años en el país, todavía hay mucho en pie.

P. Z.: -Yo me imagino a todos aquellos lectores a quienes les gustan las cosas bellas. En el libro se muestran bellezas de muy distinto orden, hasta la de los lugares que agonizan.

X. V.: -Para mí, es un experimento, una apuesta de altísimo riesgo que valió la pena hacer y que va a quedar para la historia.

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