Cultura: La historia vuelve a comenzar
A raíz de la muerte de Samuel Huntington, Francis Fukuyama reflexiona sobre el terrorismo y la crisis financiera mundial
Por Ennio Caretto
La muerte de Samuel Huntington –ocurrida en diciembre–, autor de El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, ha sugerido a Francis Fukuyama, el autor de El fin de la historia, algunas reflexiones sobre la victoria de la democracia en los conflictos ideológicos del siglo pasado. Esas reflexiones confirman su abandono de la escuela idealista o neoconservadora de política exterior y su pasaje a la escuela realista, y reviven la áspera polémica de hace dos años acerca de la dirección que debe adoptar Estados Unidos.
Fukuyama retoma la discusión, repitiendo que cuando se publicó El fin de la historia, fue malentendido: "No escribí que después de la Guerra Fría no había ocurrido nada más, sino que las ideas liberales y democráticas habían derrotado a las ideas nazis y comunistas". Según el historiador y filósofo político, amigo y crítico de Huntington, hoy la historia recomienza, pero no a partir de la guerra contra el terrorismo sino de la crisis financiera y económica global y del desafío a la democracia que representan regímenes como el de Rusia y China, donde el libre mercado prospera bajo gobiernos represivos.
"Samuel Huntington –dice Fukuyama– fue el politólogo más influyente de nuestro tiempo, cambió la manera en que pensamos la político y, sobre todo, la seguridad. Creía firmemente en el papel clave de la religión y de la cultura en el desarrollo de las naciones y de las relaciones internacionales, e identificaba en el angloprotestantismo el origen de la democracia. Para él, la globalización era casi una fuerza superficial que no podía garantizar la prosperidad y la paz. Yo disentí en parte: desde el punto de vista histórico, es cierto que la democracia emerge en nuestra sociedad, pero es un valor universal, no exclusivamente cristiano; veamos los casos de Corea del Sur, de Taiwán, de Indonesia. Y, como fuere, él mismo refutaba que el deber de los Estados Unidos fuera exportarla, como pretendió hacerlo el presidente Bush. El choque de civilizaciones no es un concepto válido para todo el mundo, por ejemplo, para la India o para los países multiculturales, sino tan sólo para los extremistas islámicos y los nacionalistas rusos." Huntington, agrega Fukuyama, subestimaba otros factores igualmente importantes o más, como los comerciales, financieros o económicos, que hoy están en primer plano.
La situación actual, prosigue, plantea a Occidente dos desafíos imprevistos, uno interno y otro externo. "La crisis también tiene consecuencias políticas", aclara Fukuyama. "En lo interno, se ha cerrado después de casi treinta años el capítulo conservador, con el fracaso de la revolución reaganiana en Estados Unidos y thatcheriana en Europa, definida como arrolladora por nuestro presidente y la primera ministra inglesa en la década de 1980. En la mayoría de las naciones occidentales los gobiernos de izquierda depondrán a los de derecha, como ha pasado entre nosotros con Obama, en busca de fórmulas diferentes en un clima de menores expectativas."
"En el aspecto externo, se plantea el problema de un modelo alternativo al anglosajón. El mundo se está preguntando por qué debe seguir un liderazgo tan comprometido." Según Fukuyama, la crisis está destinada a agravarse, y ante esa posibilidad, Occidente corre peligro de desmembrarse: "Algunos de sus miembros podrían volverse proteccionistas y aislacionistas".
La crisis financiera y económica de hoy, señala el estudioso, se produce mientras regímenes autoritarios desarrollados no dejan de contraponerse a Occidente. Este fenómeno, advierte Fukuyama, no se limita a Rusia y China, sino que está protagonizado por otras naciones como Irán y Venezuela. Sin embargo, esos regímenes no tienen la cohesión ni las ideas de la Alemania nazi ni de la URSS ni de la China de Mao, que tenían una perversa capacidad de contagio mundial. Sólo tienen en común con ellas la ausencia de democracia, "y por lo tanto es impensable un retorno de la historia a la Guerra Fría o a la guerra entre Estados del siglo XIX". "Pero existe el grave peligro –prosigue Fukuyama– de que esos regímenes sigan haciéndose cada vez más ricos y poderosos. Si el crecimiento dependiese de la fuerza bruta y de la geografía, y no de las instituciones democráticas internacionales, establecer un orden duradero en el mundo se tornaría mucho más difícil".
Todavía no ha llegado el momento inicial de la era de la autocracia, con Occidente en segundo plano y a la defensiva, aclara Fukuyama: "Los bravucones harán sentir su peso, pero la democracia y el mercado sabrán cómo responder al desafío".
¿Y cómo? En la que define como "la incipiente era posestadounidense", la respuesta, replica Fukuyama, sólo puede ser una. "Ningún país, ni siquiera China, está en condiciones de llenar el relativo vacío que está dejando Estados Unidos, y mucho menos de recurrir a la fuerza, como nosotros los estadounidenses lo hicimos con Bush; no obstante, algunas autocracias, como Rusia, por ejemplo, adoptan comportamientos belicosos, como la invasión de Georgia. Ahora bien, en Occidente, el poder del Ejecutivo está limitado por la Constitución. Es necesario introducir algo semejante a escala global para asegurar una división de poderes más tersa, aunque el sistema global no sea del todo democrático." Occidente deberá permanecer unido, restablecer las alianzas, volver al diálogo con los adversarios. Y deberá planear la reforma de las instituciones políticas internacionales, relanzándolas de manera de lograr un equilibrio sostenible. Lo mismo deberá hacer en el terreno financiero y económico, para superar la crisis. "Será necesario coordinarse y cooperar", concluye Fukuyama. "Se espera un año crucial, no se puede adelantar ninguna previsión."
Además de sus ex colegas neoconservadores, el análisis de Fukuyama –que ha suscitado la atención de Obama– ha sido rebatido por historiadores modernistas como Mark Steyn, autor de America Alone, y por partidarios de la diplomacia dura estadounidense como Paul Berman, autor de Terror y libertad. Fukuyama, dicen todos, subestima el radicalismo musulmán: "No tiene en cuenta que Europa corre el riesgo de renunciar a sus valores y dejarse islamizar, al menos parcialmente", protesta Steyn. "Es un optimista, y eso lo vuelve casi ciego", agrega Berman.
Los neoconservadores no le perdonan lo que para ellos es apostasía. Bill Kristol insiste en la difusión global de la democracia, "un ideal bipartidario propugnado a principios del siglo XX por el presidente demócrata Woodrow Wilson, y que ya es parte integral de la política exterior estadounidense". Charles Krauthammer le reprocha que es "demasiado secularizado para entender las razones profundas de la cultura y de la religión", y agrega que pelea "una batalla de retaguardia" volviendo a proponer como puntos de referencia el desarrollo de la economía, las alianzas, las instituciones que emergieron después de la Segunda Guerra Mundial.
[Traducción: Mirta Rosenberg]
© Corriere della Sera


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