Cultura: Literatura india, adiós al exotismo
Siete serán las cartas que Balram Halwai, el protagonista de Tigre blanco (Miscelánea), la novela del autor indio Aravind Adiga que se alzó con el último y prestigioso Premio Booker, le dirige al primer ministro chino Wen Jiabao, de visita en Bangalore con el propósito de reunirse con un grupo de empresarios que le relatarán las claves del «milagro económico indio». Unas cartas escritas siempre a medianoche, como aquella legendaria del 15 de agosto de 1947 en que Jawaharlal Nehru proclamó, desde el Fuerte Rojo de Delhi, la ansiada y largamente esperada independencia de India.
Para narrarle la verdadera historia del boom económico indio, que los ha conducido a un fabuloso desarrollo como país, Balram se ofrece a sí mismo, y a la turbulenta historia de su vida y de su país, como ejemplo. Esa India que le ha permitido a alguien como él, gracias a oscuros pactos con el diablo, lograr una insólita ascensión social «desde las tinieblas hasta la luz». Salir de los anónimos subsuelos que se esconden bajo los imponentes edificios de los barrios residenciales de Delhi, donde vive la nueva burguesía del high tech, habrá sido a costa de lo más siniestro e inconfesable: corrupción, traición, robo... y asesinato.
Compañeros de generación. Corresponsal del Times en India, licenciado por Oxford y la Universidad de Columbia, en Nueva York, el recorrido de Aravind Adiga sería similar al de muchos de sus compañeros de generación, moviéndose siempre en una alternancia, más o menos conflictiva o irónicamente contrapuesta, entre Oriente y Occidente. Un joven representante de una de las más poderosas literaturas emergentes de nuestros días, la angloindia -o la india, sin más-, que sería el cuarto autor de esa procedencia en alzarse con el Booker Prize, tras Salman Rushdie, Arundhati Roy y Kiran Desai (El legado de la pérdida, Salamandra), hija de la célebre Anita Desai.
Modernidad y tradición, diáspora y regreso, choque entre la imperiosa necesidad de cambios radicales absorbidos en el exterior y la conciencia paralela de pertenecer y reencontrarse sin cesar con otra medida del tiempo, con otras raíces y ligaduras encargadas de protegerlos frente a la «alienación» y pérdida de identidad propia de Occidente: esos son los temas que abundan en las obras de estos escritores que, por lo general, no tienen necesidad de repetir a cada paso la palabra «multiculturalismo», un cliché demasiado fácil para describir realidades complejas y poliédricas que van más allá de los tópicos de la sociedad de las castas, de la sumisión familiar y del azafrán.
Historias de regresos y confrontación con pasados que hay que reintegrar de nuevo: ahí estaría la excelente novela La cámara de los perfumes (Alianza), primera obra, de raíces autobiográficas, del periodista y editor Inderjit Badhwar, en la que el protagonista retorna a India con motivo de la muerte de su padre, mientras rememora sus años de Universidad en EE.UU., en la década de los 60, cuando su identidad india le confería un estatuto semiheroico entre estudiantes devotos de Ginsberg y Marcuse. Confrontación con un pasado de luchas revolucionarias que otro de esos típicos personajes deseosos de borrar las huellas de su identidad -personajes que tanto abundan en las creaciones del mestizo Hari Kunzru, hijo de británica e indio y autor del éxito mundial El transformista (Alfaguara)-, compondría en Mis revoluciones (Alfaguara).
Fracturas planetarias. Pero también conoceremos viajes problemáticos al pasado, esta vez desde el frenético mundo urbano, representado por megalópolis como Mumbai o Delhi, hasta unos orígenes rurales, extremos que en India significan fracturas planetarias. Así lo narrará S. Shankar en una novela aparecida estos días: El viaje no ha terminado (La Otra Orilla). En ella, Gapalakrishnan, funcionario jubilado de Nueva Delhi, regresa a su pequeña localidad del sur de India para hacerse cargo de un importante puesto simbólico: el de patriarca de su estirpe, vacío tras el fallecimiento de su padre.
Fabulosa vorágine. Otra importante primera novela, la de Selina Sen (Un espejo florece en primavera, Siruela), tendría como trasfondo argumental las muchas veces violentos conflictos interculturales producidos tras la partición de 1947, que separó India de Pakistán, y de nuevo a Bangladesh como Estado independiente en 1971, provocando la mayor migración en la historia del subcontinente asiático. Aunque otro centro neurálgico y narrativo que se repetirá estos últimos años es ese monstruo fascinante constituido por la gigantesca ciudad de Bombay, o Mumbai, como es llamada ahora. Una vorágine fabulosa que va desde las estrellas rutilantes del Bollywood local o los fastuosos hoteles de factura colonial, hasta la más pavorosa e inimaginable pobreza y marginalidad de los sórdidos y atestados barrios de desheredados que circundan obscenamente ese mundo de lujo y refinamiento. Así lo narrarían la monumental y genial obra de Suketu Mehta Ciudad total. Bombay perdida y encontrada (Mondadori); el no menos grandioso thriller de uno de los más relevantes autores indios de nuestros días, Vikram Chandra (Juegos sagrados, Mondadori), o la excelente e innovadora concatenación de historias, verdadero alegato contra cualquier tipo de fanatismo religioso, de otro de los más celebrados jóvenes escritores actuales, Altaf Tyrewala, autor de Ningún dios a la vista (Siruela). Una megalópolis que también serviría de turbulento decorado para la novela ¿Quién quiere ser millonario?, de Vikas Swarup (Anagrama), en la que se ha basado la película Slumdog Millionaire.
Pesos pesados. Dos obras de dos de los principales autores angloindios del momento aparecerán próximamente en nuestra lengua: la última y esperada novela de Salman Rushdie, La encantadora de Florencia (Mondadori), en la que su autor emprende el viaje que llevó a Marco Polo hasta el Kublai Khan, pero de forma inversa, con la invención literaria de un indio que sale al encuentro de Europa. Y, en Salamandra, unos sutiles y magníficos relatos (Unaccustomed Earth) de la neoyorquina Jhumpa Lahiri, nacida en el seno de una familia bengalí. Un libro sobre ese tipo de pequeños detalles escapados de los clichés habituales o, si se prefiere, de ese «exotismo de pacotilla», como lo llama Rushdie.

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