Cultura: India, El boom de una cultura que dejó de ser exótica

El arte se acomoda en ferias y subastas y subraya el crecimiento desigual del país. El éxito de "Slumdog Millionaire" marca una nueva fascinación occidental por lo indio. El arte se acomoda en ferias y subastas y subraya el crecimiento desigual del país, entre el software y la miseria.





Primer acto: la escena final de la película Slumdog Millonaire rubrica una función que ha puesto el foco sobre la explotación de la pobreza en Munbai (Bombay) con una coreografía a puro hip-hop indio donde héroes y villanos se reducen a "elenco", respetando un código totalmente ajeno a la dramaturgia legada por Hollywood.

Segundo acto: en el momento culminante de la última edición de los premios Oscar, el director inglés Danny Boyle invita al escenario al nutrido "elenco" indio que empujó su nombre hacia lo más alto. Una pequeña fiesta en tiempo real, en el intersticio de la realidad y la ficción.

Okey, la obra bien podría llamarse Boombay--el boom tras Bombay, digamos-- y lo que está mostrando es la punta del iceberg de un nuevo, el último, capítulo de la fascinación de la cultura popular de Occidente con la India, desde Sandokán a esta definitiva entrada del universo "Bollywood" en las narices de la fábrica de sueños que conocemos como Hollywood.

No es, como explica el escritor español Javier Moro la India exótica de encantadores de serpientes y gurúes espirituales (de la búsqueda hippie a la pax new age) sino otra, amenazante, que no para de sumar nombres de raíz tamil, urdu o bengalí en esas listas casi anónimas que son las autorías colectivas de los programas de software.

El éxito de Slumdog, cuya producción mixta es otro capítulo en la perversa relación que Inglaterra y la India arrastran desde los tiempos de Victoria, fue precedido por señales concretas. A ver: India fue el país invitado de la Feria de Frankfurt en 2006 (con 600 millones de lectores y 80.000 libros nuevos por año es definitivamente un mercado a conquistar) y respondiendo a su creciente demanda en las subastas internacionales, la madrileña feria Arco le cedió su lugar de privilegio en la última edición de 2009, poniendo a una veintena de galerías especializadas en arte indio contemporáneo a consideración de críticos, marchands y público.

A estas estrategias institucionales aún en su devastadora desigualdad, India no deja de ser la cuarta economía del mundoviene a sumarse una pieza cuyo capital simbólico no debiera pasar desapercibido. Mañana mismo, los televisores del mundo estarán sintonizando, un año más, la serie Lost. Quienes viven pegados a "la isla" saben que, en la saga, el nombre del misterio es "Dharma", un colectivo científico que hace equilibrio entre la exploración y la conspiración. Ese nombre que hasta inspira sitios de internet propios es nada menos que la voz sánscrita (una de las lenguas más antiguas de la India) por "iluminación de Buda". Hasta ahí llegamos.

Gracias al éxito de Slumdog... la idea de bomba no refiere a la India solo para atisbar la cornisa nuclear que la separa de su vecina Pakistán. "Bomba india" es ahora sinónimo de Freida Pinto, la "Latika" de la película. Su personaje, a merced del amor y la explotación, podría encarnar la extrañeza que genera el fenómeno Bollywood de este lado del mundo. Con catorce millones de espectadores diarios, es una factoría con una vida paralela a Hollywood que desde los años cuarenta ha explotado mercados esquivos (o vedados) para Los Angeles como la Unión Soviética, Nigeria, Irán y China. Recomendadas por sus "virtudes humanas" en los viejos países de la Cortina de Hierro, las historias del cine indio tienen otra misión que las del cine occidental. En un sub continente que resulta un temerario mosaico étnico-religioso, Bollywood proyectó dos épicas ancestrales: el Mahabharata y el Ramayana. Así, apunta Moro, es como "el cine es en Bombay la única religión común a todos". No es poco: India se divide en 6400 castas y jatis (comunidades sociales).

Slumdog... unió a los indios en el festejo pero también parte aguas en la intelligentsia anglo india. Salman Rushdie se apresuró a minimizar su impacto cultural cargando contra la novela de Vikas Swarup que Boyle adaptó para el Oscar. "Es cursi", sentenció. Como caja de resonancia del universo indio, Londres midió la polémica en el diario The Guardian. Nirpal Dhaliwal señaló que "una película así solo pudo haber sido hecha por un occidental" subrayando a qué punto los directores de Bollywood son reacios a mostrar la India real. Otro crítico anglo-indio, Hirsh Sawhney, en cambio, acusó a Slumdog... por su encuadre pornográfico de la pobreza. Su analísis puede entenderse desde Latinoamérica: "los espectadores pueden ser tentados a pensar que los barrios miserables son producto de la explotación de mendigos y las guerras entre pandillas de musulmanes cuando hay otros factores internacionales: ministros corruptos, corporaciones multinacionales gigantescas y los sospechosos programas de ajuste estructurales del FMI".

Como fuera, Bollywood nunca estuvo tanto en los ojos de Occidente aunque la mayoría de sus héroes (desde el pionero Ardeshir Irani a la starlet Aishwarya Rai) sean casi desconocidos fuera de India y su delta cinematográfico.

No sucede así con un gigante del arte contemporáneo como Anish Kapoor, uno de los máximos renovadores de la escultura con obras comisionadas para las ciudades de Chicago, Nueva York y Berlín. Educado en Londres, Kapoor representó a Inglaterra en la Bienal de Venecia de 1990 y consiguió desviar la atención hacia la escena de Bombay que creció en paralelo a los call centers y los laboratorios de software. Hasta la última recesión, el mercado para los artistas indios contemporáneos creció a un ritmo sin precedentes por cinco años. En 2008 la obra Birth (nacimiento) de F.N. Souza alcanzó el récord de precio para el arte indio: 2,5 millones de dólares. Y TV Santhosh, con una obra basada en el ataque terrorista a Bombay de noviembre de 2008, es el nuevo favorito de Charles Saatchi (el marchand que lanzó a Damien Hirst a la fama).

Jagroop Mehta, de la galería Aicon de Londres, señala a Debanjan Roy como una revelación del arte indio. Su serie India Shining explota la figura más conocida de Gandhi en una serie de esculturas al rojo vivo que lo pasean por situaciones metropolitanas: chequeando llamadas a un celular o tecleando una laptop, como en la foto que ilustra esta producción.

La imagen es ya un hito inconográfico de esta India del siglo XXI. En el futuro podría hablar por los anónimos creadores de software captados por Sillicon Valley; por ensayistas renovadores como Raj Patel (su notable Obesos y Famelicos ya está en Buenos Aires); por novelas críticas como Karma Cola (Gita Mehta); por la entronización india en el canon del cine. Quien sabe si no le toque además señalar un fenómeno porteño: ¿Se viene Palermo Bollywood?

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