Debate: ¿Por qué era necesaria una Cátedra en el Prado?
La pinacoteca inicia con esta nueva propuesta un serio compromiso didáctico que lo sitúa a la altura de los otros grandes museos del mundo
MARTA CABALLERO
La visita a España del señor Philippe de Montebello ha causado mucho interés periodístico los últimos días. Tal es la relevancia del personaje, que los motivos que le han hecho moverse de Nueva York a Madrid han quedado en un segundo plano a favor de largos cuestionarios en torno a su experiencia al frente del Metropolitan. Y no era para menos. Pero lo cierto es que este catedrático aristócrata, cuya sapiencia y experiencia se aprecian a la legua, venía a ser el maestro ceremonias de la inauguración de algo grande en el Museo del Prado.
Con un auditorio abarrotado de expectantes estudiosos y profesionales, quedó inaugurada este jueves la Cátedra El Prado, una iniciativa que se dibuja como una de las actuaciones de mayor relieve dentro del nuevo centro de estudios de la pinacoteca, ubicado en el Casón del Buen Retiro, y que ha sido posible gracias a la generosa donación del Rey.
Antes de la intervención de Montebello, los gestores del Museo hablaron sobre la importancia y la razón de ser del nuevo proyecto, una práctica habitual en los homólogos más importantes del mundo. El primero en tomar la palabra fue Plácido Arango, presidente del Patronato del Museo, quien explicó que la Cátedra supone un compromiso de la institución con la investigación y la formación, cuestiones que son, asimismo, una forma de vincularlo a la sociedad y de hacer de él "una institución abierta a la colaboración con la comunidad científica". Lo hará, aportó Arango, con la incorporación de una persona destacada del mundo de la museística durante un periodo de tiempo, cuya presencia sea un estímulo para el Prado, y a través de una reflexión sobre los retos de los grandes museos en las próximas décadas.
El museo abrirá los fondos de su centro de estudios al público
Gabriele Finaldi, segundo orador de la tarde, comunicó además que la cátedra es la primera actuación pública del centro de estudios del museo, y adelantó la segunda, que empezará la semana próxima y que consiste en la apertura de los fondos del centro de estudios al público. Además, se diseñará un ciclo de conferencias destinado a jóvenes menores de 30 años.
El director del Museo, Miguel Zugaza, ahondó en las motivaciones de la institución que dirige para levantar la nueva iniciativa: "El mundo ha cambiado mucho, y con él los museos, somos conscientes del pasado pero hay muchas dudas con respecto al futuro". Las incógnitas residen en la función de los conservadores, ¿deben convertirse en conserjes acartonados que salvaguarden el patrimonio? ¿Deben, por el contrario, asumir las necesidades de una sociedad globalizada y erigirse en touroperadores que colmen de mimos al público de masas para atraerlo a sus salas?
Ante estos interrogantes surge la necesidad de establecer un debate con quienes vienen de vuelta. De Montebello tiró la primera piedra, y se fue con un aplauso digno del estreno del año, tras un sólido discurso en impecable español, pero más adelante asistirán a la invitación de la Pinacoteca Michelle Laclotte (director del Louvre entre 1987 y 1995), Maxwell L. Anderson (director del Museo de Indianápolis), Mark Jones (director del Victoria and Albert Museum de Londres, Keith Christiansen (conservador del Metropolitan) y Thomas P. Campbell (actual director del MET). El balance lo harán Montebello y Zugaza en el mes de octubre con una conferencia debate.
La visita a España del señor Philippe de Montebello ha causado mucho interés periodístico los últimos días. Tal es la relevancia del personaje, que los motivos que le han hecho moverse de Nueva York a Madrid han quedado en un segundo plano a favor de largos cuestionarios en torno a su experiencia al frente del Metropolitan. Y no era para menos. Pero lo cierto es que este catedrático aristócrata, cuya sapiencia y experiencia se aprecian a la legua, venía a ser el maestro ceremonias de la inauguración de algo grande en el Museo del Prado.
Con un auditorio abarrotado de expectantes estudiosos y profesionales, quedó inaugurada este jueves la Cátedra El Prado, una iniciativa que se dibuja como una de las actuaciones de mayor relieve dentro del nuevo centro de estudios de la pinacoteca, ubicado en el Casón del Buen Retiro, y que ha sido posible gracias a la generosa donación del Rey.
Antes de la intervención de Montebello, los gestores del Museo hablaron sobre la importancia y la razón de ser del nuevo proyecto, una práctica habitual en los homólogos más importantes del mundo. El primero en tomar la palabra fue Plácido Arango, presidente del Patronato del Museo, quien explicó que la Cátedra supone un compromiso de la institución con la investigación y la formación, cuestiones que son, asimismo, una forma de vincularlo a la sociedad y de hacer de él "una institución abierta a la colaboración con la comunidad científica". Lo hará, aportó Arango, con la incorporación de una persona destacada del mundo de la museística durante un periodo de tiempo, cuya presencia sea un estímulo para el Prado, y a través de una reflexión sobre los retos de los grandes museos en las próximas décadas.
El museo abrirá los fondos de su centro de estudios al público
Gabriele Finaldi, segundo orador de la tarde, comunicó además que la cátedra es la primera actuación pública del centro de estudios del museo, y adelantó la segunda, que empezará la semana próxima y que consiste en la apertura de los fondos del centro de estudios al público. Además, se diseñará un ciclo de conferencias destinado a jóvenes menores de 30 años.
El director del Museo, Miguel Zugaza, ahondó en las motivaciones de la institución que dirige para levantar la nueva iniciativa: "El mundo ha cambiado mucho, y con él los museos, somos conscientes del pasado pero hay muchas dudas con respecto al futuro". Las incógnitas residen en la función de los conservadores, ¿deben convertirse en conserjes acartonados que salvaguarden el patrimonio? ¿Deben, por el contrario, asumir las necesidades de una sociedad globalizada y erigirse en touroperadores que colmen de mimos al público de masas para atraerlo a sus salas?
Ante estos interrogantes surge la necesidad de establecer un debate con quienes vienen de vuelta. De Montebello tiró la primera piedra, y se fue con un aplauso digno del estreno del año, tras un sólido discurso en impecable español, pero más adelante asistirán a la invitación de la Pinacoteca Michelle Laclotte (director del Louvre entre 1987 y 1995), Maxwell L. Anderson (director del Museo de Indianápolis), Mark Jones (director del Victoria and Albert Museum de Londres, Keith Christiansen (conservador del Metropolitan) y Thomas P. Campbell (actual director del MET). El balance lo harán Montebello y Zugaza en el mes de octubre con una conferencia debate.
LAS CLAVES DEL DISCURSO DE MONTEBELLO
Abanderado de una moderna objeción al cambio o de un aristocrático desprecio hacia la moda, según lo definió, atinadamente, Zugaza, De Montebello destinó sus energías durante sus 30 años al frente del MET a constatar la fuerza de la institución para ganar el respeto del público, y la historia ya le ha valorado por ello. Sin embargo, en su hermosa charla en el Prado, el ex director del Metropolitan reconoció algunos de sus errores.
Su principal crítica, para sí y para la museística en general, alude a que la importancia de este tipo de instituciones no se mide ni por su tamaño ni por sus programas expositivos, sino por la calidad de sus colecciones. En este sentido, el ponente insistió en que el Prado acierta de pleno en estas cuestiones, siendo un museo que "obedece al espesor con que se presentan sus obras". En su opinión, el recorrido arrastra al visitante de cumbre en cumbre sin tener que hacerlo pasar por tramos pedestres de "obras ordinarias", como en su opinión sucede en otros museos. Así las cosas, continuó el catedrático, por diferentes que sean los museos, las normas y los cánones deben ser comunes y en su misión básica no debe haber "ni cesión ni compromiso".
Diagnóstico: Exposicionitis aguda en el Museo
Se detuvo también De Montebello en la sonada ampliación de la gran pinacoteca española, una acción que no considera "ni un lujo ni un capricho". Pero sobre todo ahondó en el grave error que supone la tendencia en numerosas instituciones de celebrar muestras para atraer al gran público. "Al convertirse las exposiciones en la forma más sencilla de captar visitantes, muchos museos se han sumado al frenesí. Y de aquí se ha pasado a tiendas, cafeterías, objetos de merchandising, técnicas de marketing", aportó. Las banderolas de las exposiciones que lucen algunos museos, el suyo entre ellos, se parecen más "al rubor de la fiebre que al buen color de la salud", admitió y reconoció que en su caso, y a su pesar, no consiguió disminuir el ritmo de exposiciones sino que, más bien al contrario, lo aumentó hasta casi 30 por año. "Me enfadaba el despliegue de medios impecables para las exposiciones mientras la colección se dejaba en segundo lugar. Las muestras suponen una gratificación instantánea para los museos, lo sé: reciben visitantes, salen en los medios y acaban traduciéndose en la subida de sueldo de sus gestores", apostilló. El problema que se establece aquí es cómo reducir el ritmo de exposiciones al que se ha acostumbrado el público, todavía más difícil que aumentarlo.
"Hay que atender incluso a los maestros de segunda, pues son los susurros del arte"
En su opinión, la colección, la adquisición y la política de exposiciones de un centro deben ser indisociables. Sobrecargarlas puede resultar peligroso. Pero aquí también se encuentra la duda a la que se enfrentan los conservadores: "Esperar a adquirir la obra de maestra puede ser peligroso, porque se pierden oportunidades. Y comprar obras para llenar huecos es también un error. Así que el criterio que debe regir es el de pensar dónde y cómo se instalará una obra y, sobre todo, cómo se llevará con sus vecinas de sala". Según su experiencia, no debe desatenderse ningún aspecto en la configuración del museo, ni siquiera a los maestros de segunda fila, que definió como "los susurros de la historia del arte. Deben, así, acompañar a la obra maestra, "una estrella que brilla por sí misma", como "un coro y unos actores que hablan de la época", señaló.
De esta manera, aparece como fundamental la diferenciación entre salas principales y secundarias, que sirven de estudio a los investigadores y que, además, también atraen al visitante. "Es importante invertir en almacenes bien instalados", advirtió.
La obra debe ser constantemente reexaminada
Citando el famoso caso del Coloso de Goya, recientemente descartado como obra del pintor aragonés, De Montebello defendió la importancia de la inversión en la investigación, en el continuo examen de la obra. "El público no entiende que los conservadores investiguen obras pero sí que los científicos gasten horas y dinero haciendo pruebas de un mismo hecho constantemente", comparó.
De vuelta al fenómeno de la exposicionitis, De Montebello aseguró que una de sus consecuencias nefastas es la creación de una nueva política de préstamos que se basa en el "obra por obra". Los interlocutores con los que lidió el ex director del MET rechazaban cualquier argumento intelectual que este les diera para ir al grano y pedir el préstamo de una obra maestra, reduciéndola a simple moneda de cambio. Con todo, no es este conservador un detractor de los préstamos a otros países, ahora que en este mundo existen los petrodólares. No es sacrílego, a su entender, que la globalización haya cambiado los modelos y que ahora países como los Emiratos Árabes quieran llevar a sus pueblos a las grandes protagonistas de la historia de la pintura. "Es su momento", ataja.
Integridad, autoridad, autenticidad
La conclusión de Montebello se centró en el que, hoy por hoy, es el gran reto de los museos: el desarrollo de los públicos, porque no hay uno solo, a través de una mejor experiencia en las salas. "Suponiendo que el arte de un museo esté bien presentado, el siguiente paso debe ser que nuestro personal haga conscientes a los visitantes de la grandeza del arte, porque éste simboliza la capacidad de superación del hombre, ni más ni menos". "Insisto en buscar la manera de atraer a los jóvenes, de ayudarlos a su propio desarrollo intelectual y a que no se sientan desconectados del ámbito del museo. Creo conveniente la creación de salas didácticas por encima del afán de adquisición de obras, para convencer así al visitante y que no diga: esto no es para mí". Todo, sin necesidad de despojar al arte la complejidad que le es inherente, porque para lo fácil ya está el entretenimiento; y concluyó Montebello: "Las claves para que el público deposite su confianza en los museos son la integridad, la autoridad y la autenticidad".
Abanderado de una moderna objeción al cambio o de un aristocrático desprecio hacia la moda, según lo definió, atinadamente, Zugaza, De Montebello destinó sus energías durante sus 30 años al frente del MET a constatar la fuerza de la institución para ganar el respeto del público, y la historia ya le ha valorado por ello. Sin embargo, en su hermosa charla en el Prado, el ex director del Metropolitan reconoció algunos de sus errores.
Su principal crítica, para sí y para la museística en general, alude a que la importancia de este tipo de instituciones no se mide ni por su tamaño ni por sus programas expositivos, sino por la calidad de sus colecciones. En este sentido, el ponente insistió en que el Prado acierta de pleno en estas cuestiones, siendo un museo que "obedece al espesor con que se presentan sus obras". En su opinión, el recorrido arrastra al visitante de cumbre en cumbre sin tener que hacerlo pasar por tramos pedestres de "obras ordinarias", como en su opinión sucede en otros museos. Así las cosas, continuó el catedrático, por diferentes que sean los museos, las normas y los cánones deben ser comunes y en su misión básica no debe haber "ni cesión ni compromiso".
Diagnóstico: Exposicionitis aguda en el Museo
Se detuvo también De Montebello en la sonada ampliación de la gran pinacoteca española, una acción que no considera "ni un lujo ni un capricho". Pero sobre todo ahondó en el grave error que supone la tendencia en numerosas instituciones de celebrar muestras para atraer al gran público. "Al convertirse las exposiciones en la forma más sencilla de captar visitantes, muchos museos se han sumado al frenesí. Y de aquí se ha pasado a tiendas, cafeterías, objetos de merchandising, técnicas de marketing", aportó. Las banderolas de las exposiciones que lucen algunos museos, el suyo entre ellos, se parecen más "al rubor de la fiebre que al buen color de la salud", admitió y reconoció que en su caso, y a su pesar, no consiguió disminuir el ritmo de exposiciones sino que, más bien al contrario, lo aumentó hasta casi 30 por año. "Me enfadaba el despliegue de medios impecables para las exposiciones mientras la colección se dejaba en segundo lugar. Las muestras suponen una gratificación instantánea para los museos, lo sé: reciben visitantes, salen en los medios y acaban traduciéndose en la subida de sueldo de sus gestores", apostilló. El problema que se establece aquí es cómo reducir el ritmo de exposiciones al que se ha acostumbrado el público, todavía más difícil que aumentarlo.
"Hay que atender incluso a los maestros de segunda, pues son los susurros del arte"
En su opinión, la colección, la adquisición y la política de exposiciones de un centro deben ser indisociables. Sobrecargarlas puede resultar peligroso. Pero aquí también se encuentra la duda a la que se enfrentan los conservadores: "Esperar a adquirir la obra de maestra puede ser peligroso, porque se pierden oportunidades. Y comprar obras para llenar huecos es también un error. Así que el criterio que debe regir es el de pensar dónde y cómo se instalará una obra y, sobre todo, cómo se llevará con sus vecinas de sala". Según su experiencia, no debe desatenderse ningún aspecto en la configuración del museo, ni siquiera a los maestros de segunda fila, que definió como "los susurros de la historia del arte. Deben, así, acompañar a la obra maestra, "una estrella que brilla por sí misma", como "un coro y unos actores que hablan de la época", señaló.
De esta manera, aparece como fundamental la diferenciación entre salas principales y secundarias, que sirven de estudio a los investigadores y que, además, también atraen al visitante. "Es importante invertir en almacenes bien instalados", advirtió.
La obra debe ser constantemente reexaminada
Citando el famoso caso del Coloso de Goya, recientemente descartado como obra del pintor aragonés, De Montebello defendió la importancia de la inversión en la investigación, en el continuo examen de la obra. "El público no entiende que los conservadores investiguen obras pero sí que los científicos gasten horas y dinero haciendo pruebas de un mismo hecho constantemente", comparó.
De vuelta al fenómeno de la exposicionitis, De Montebello aseguró que una de sus consecuencias nefastas es la creación de una nueva política de préstamos que se basa en el "obra por obra". Los interlocutores con los que lidió el ex director del MET rechazaban cualquier argumento intelectual que este les diera para ir al grano y pedir el préstamo de una obra maestra, reduciéndola a simple moneda de cambio. Con todo, no es este conservador un detractor de los préstamos a otros países, ahora que en este mundo existen los petrodólares. No es sacrílego, a su entender, que la globalización haya cambiado los modelos y que ahora países como los Emiratos Árabes quieran llevar a sus pueblos a las grandes protagonistas de la historia de la pintura. "Es su momento", ataja.
Integridad, autoridad, autenticidad
La conclusión de Montebello se centró en el que, hoy por hoy, es el gran reto de los museos: el desarrollo de los públicos, porque no hay uno solo, a través de una mejor experiencia en las salas. "Suponiendo que el arte de un museo esté bien presentado, el siguiente paso debe ser que nuestro personal haga conscientes a los visitantes de la grandeza del arte, porque éste simboliza la capacidad de superación del hombre, ni más ni menos". "Insisto en buscar la manera de atraer a los jóvenes, de ayudarlos a su propio desarrollo intelectual y a que no se sientan desconectados del ámbito del museo. Creo conveniente la creación de salas didácticas por encima del afán de adquisición de obras, para convencer así al visitante y que no diga: esto no es para mí". Todo, sin necesidad de despojar al arte la complejidad que le es inherente, porque para lo fácil ya está el entretenimiento; y concluyó Montebello: "Las claves para que el público deposite su confianza en los museos son la integridad, la autoridad y la autenticidad".

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