Arte: Tehching Hsieh «El aislamiento es mi veneno»

Por Anna Grau

No hace mucho, Nueva York despertó en mitad de la noche llamando a uno de los artistas guardianes de su juventud. Después de muchos años de semiolvido y deserción, hubo un estallido de exposiciones en el MoMA y el Guggenheim sobre Tehching Hsieh, a quien Marina Abramovic aclamó como «el maestro de la performance». Fue en 1974 cuando Hsieh, nacido en 1950 en Taiwán, que se había metido a marinero con el claro propósito de emigrar, saltó de su barco a un muelle de Delaware, echó a andar, paró un taxi y se hizo llevar hasta Nueva York.

No tenía papeles, ni dinero; no hablaba inglés (idioma que aún se le resiste) y decir que su arte provocaba era decir poco. Su primera gran performance empezó el 30 de septiembre de 1978 y acabó el 29 de septiembre de 1979. Durante todo ese tiempo, Tehching Hsieh -que aún tenía la ¿coquetería? de hacerse llamar Sam Hsieh- permaneció encerrado y aislado de todo contacto humano, sin libros, ni radio, ni teléfono, ni siquiera una hoja de papel, en una jaula fabricada por él mismo que ahora se expone en el MoMA.

«Es la primera vez que exhibo esta jaula en treinta años», nos comenta en su loft de Brooklyn donde nos recibe al lado de su jovencísima esposa china, Qinqin Li. Esos treinta años le preocupan: «No quiero que la gente vea esto con perspectiva histórica, no quiero que nadie redescubra mi obra 30 años después...Hace tres décadas yo no era famoso y mucha gente no se enteró de lo que hice. La obra hay que verla en tiempo presente. Lo que cuenta es el impacto que tiene ahora».

El gesto perfecto. En los setenta y los ochenta, el público estaba más habituado a este tipo de performances, al arte concebido no como una factoría de objetos, sino de gestos, de los que a veces puede quedar incluso un testimonio desgarradoramente cutre. Entre lo pobre que Sam/Tehching Hsieh era en los setenta y los gustos antiglamour de la época, los testimonios de la aventura de la jaula son un puñado de carteles ciclostilados que parecen octavillas del partido comunista albanés. También queda la carta escrita a máquina del notario que dio fe del encierro y sellado de la jaula...Y, por supuesto, la jaula misma.

La jaula es lo que el público quiere ver primero, lo que da mayor morbo. Espíritus de curiosidad más atlética se curten en cambio ante la autopista de instantáneas del artista que recorre la pared del MoMA, dejando constancia de su mínima transformación día tras día de aquel año de reclusión. No cambia nada. Sólo le crece el pelo. Las instantáneas las tomó el amigo que iba cotidianamente a llevarle comida y a retirar sus heces, pero que nunca le dirigió la palabra.

¿Genio o loco? Una se acerca a las fotos buscando la llave del misterio. ¿Es Tehching Hsieh un genio o un loco? ¿Cómo resistió aquello? Y no sólo aquello: sus siguientes performances consistieron en pasar otro año entero golpeando a cada hora -del día y de la noche- un reloj; otra viviendo como un vagabundo, hasta el punto de no penetrar en ninguna estructura habitada, ni en el metro ni en un bar, por cierto, el año en que el río Hudson se heló; y otro año más, atado a otra compañera artista por una cuerda de dos metros.

«No quiero que nadie me tome por Superman. Lo que busco es mucho más universal», advierte. Aunque es el primero en admitir que, en su caso, al concepto hay que añadirle -¿cómo decirlo elegantemente?- un grado de cojones que le distancia de lo banal y lo freak.

Precisamente en EE.UU. acaban de trascender informes sobre lo devastador de la reclusión solitaria prolongada a la que han sido sometidos varios presos de Al Qaida, y no sólo éstos. El excandidato presidencial John McCain, antiguo prisionero de guerra en Vietnam, dice que el aislamiento es la peor tortura que existe. Hay a quien le bastan pocos meses así para ser carne de psiquiátrico de por vida: «Yo pude hacerlo porque mi vida no era normal», explica Tehching Hsieh. «Yo era entonces un ilegal, no tenía papeles, ni trabajo, ni podía esperar nada del gobierno. Mi vida era un completo riesgo, y ya venía de Taiwán familiarizado con el aislamiento. Éste era un veneno al que yo estaba acostumbrado». Sí: reconoce que el experimento puso a prueba su capacidad de autocontrol, de «entrar y salir de la nada». Eso es exactamente lo que trasluce en las fotos: una especie de plenitud de la nada. De comunión con ella.

«Mi arte no es sobre el tiempo, sino que utiliza el tiempo como medio, como soporte», argumenta. «A mí lo que me interesa es el tiempo puro». Se toma mucho trabajo para romper la dura cáscara de lo obvio: «El tiempo no es un producto; es la esencia misma. Tú puedes no hacer nada, puede no pasar nada, pero el tiempo sigue pasando».

Algo universal. Eso es así universalmente, tanto para él con las manos cruzadas sobre el pecho en su jaula «como para el artista trabajando en su estudio o para el financiero de Wall Street». Y T. Hsieh se lanza a remedar sobre una hoja de papel una serie de viñetas de Snoopy que vio una vez, donde el perro aparece tumbado de lado en una cama hasta que de repente se tumba del otro. «Y así pasa la vida -recuerda Tehching Hsieh que decía la viñeta-. ¿No es genial?».

A sus 58 años, ya con gafas y pelo cano, sigue ajeno y alerta. No reniega de las similitudes entre sus fotos en la jaula y las de algunos presos de Guantánamo, pero rechaza considerarse un artista político. Exige incluso un plus de respeto para los verdaderos presos, «que no han eligido ni controlan esa situación, por lo que es normal que opongan resistencia al aislamiento».

¿Es entonces su aproximación más filosófica? ¿Más oriental? Sin duda, pero Tehching Hsieh nos advierte de que él carece de cualquier «background budista o similar», y lo atribuye todo más «a mi carácter que a mi procedencia». Reivindica haber leído a Heidegger y no acabar el instituto. Parece normal y confiado en sí mismo.

Su normalidad es casi enfermiza, por no decir sospechosa. «Hay quien está convencido de que hay alguna bomba oculta en alguna parte, que tengo que ser un masoquista o estar loco». Se ríe. «Simplemente soy mitad filósofo mitad vagabundo, dejando pasar el tiempo».

¿Y qué ha aprendido Tehching Hsieh del tiempo a través de todos estos años?: «Lo que he aprendido no está necesariamente en la obra», concluye descolocándonos. ¿Pero qué pasó exactamente dentro de aquella jaula?: «Nada. Que pensé mucho. Lo importante es el pensamiento».

Entonces era eso.

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=11840&num=900&sec=36

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