Cultura: Integración y resistencia
Así se titula la décima edición de la Bienal de La Habana, que trata sobre el desafío que representa la globalización; en el Museo de Arte Tigre se pueden ver hasta mañana obras de los artistas seleccionados para representar a la Argentina en Cuba
Para LA NACION - Buenos Aires, 2009
El 27 de marzo se inauguró una nueva edición de la Bienal de la Habana, que por sus números redondos y su contexto particular podría juzgarse de especial: el 50° cumpleaños de la revolución, 25 años desde la primera bienal y la décima realizada durante este período. En un momento de transición complicado para la isla, entre el agónico Fidel y el ascendente Raúl, la temática general del evento parece ajustada para reflexionar sobre la historia cubana reciente y de la bienal misma: Integración y resistencia en la era global . Es decir, un leitmotiv que tiene capacidad torácica desmedida para cobijar la historia y actualidad de Cuba, la guerra fría, el embargo norteamericano, la dificultad que tienen los cubanos de emigrar o acceder a Internet libremente, entre tantas otras cosas, y que se puede desparramar hacia una problemática tercermundista general: la eterna lucha centro-periferia, los desplazamientos humanos de los últimos tiempos, la xenofobia, las guerras, la economía, la información, la idea abstracta de límites. Y que, también, podría aportar una mirada deconstructiva sobre una discusión interna, y aún no agotada, de las artes visuales: las bienales.
Entonces, la décima Bienal de la Habana podría convertirse en lo más interesante dentro del rubro en los últimos tiempos, pasar desapercibida o ser un fracaso total, ante el riesgo de querer abarcarlo todo y naufragar en la nada.
En medio de este contexto viaja el envío argentino, seleccionado por el equipo cubano que curó la bienal y compuesto por obras de Ananké Asseff, Diego Bianchi, Martín Di Girolamo, Gabriela Golder, Marcos López, Leonel Luna, Graciela Taquini y León Ferrari como invitado especial. Para que el público argentino pueda ver quién nos representa en Cuba -exceptuando a Ferrari- no hace falta volar: en paralelo a la bienal, el Museo de Arte Tigre (MAT) expone obras de los elegidos.
Queda claro, al recorrer las salas del museo, que la muestra no se deja consumir como una exhibición colectiva con guión unificado. Porque si uno se preguntara, a modo de chiste, en qué se parecen Luna y Di Girolamo, Taquini y Bianchi o Asseff y López, la única respuesta posible es que todos viajan a la Habana bajo un amplio paraguas temático como Integración y resistencia en la era global. Tal vez la forma de ver esta exposición sea como ilustración del envío argentino, pero, para acceder al mismo, vale la pena tener en cuenta ciertas premisas.
Por un lado, al hacerse la muestra en paralelo a la bienal, más de la mitad de las obras que se pueden ver en Tigre, si bien forman parte de una misma serie o hacen referencia a las de la Habana, no son idénticas a las que viajan. Por otro lado, es difícil comprender bajo qué parámetros y con qué función fueron elegidos estos artistas, ya que en La Habana las obras están separadas y en un contexto específico, dialogando con pares de otros países bajo una línea particular dentro de la temática general, mientras que en el Tigre las obras necesariamente están descontextualizadas, formando un único bloque ad-hoc .
La muestra en el MAT es, por ende, simplemente una buena oportunidad para entender qué líneas de producción estética argentina le interesan a los curadores cubanos para esta bienal tan especial.
Cabe aclarar que la bienal de La Habana tiene una estructura distintiva: durante años trabajó únicamente con envíos del Tercer Mundo (este año se abre a más países, desenfocando intencionalmente el mapa del subdesarrollo), lo que permitió que la representación argentina tuviera siempre un buen número de artistas. Por otra parte, la bienal es curada en su totalidad por un equipo cubano, lo que ofrece acceso directo al pensamiento que construyen en otro país sobre el arte argentino y evade todo tipo de manejos políticos y estratégicos que podría tener un envío comandado desde aquí, otorgando la posibilidad de que no sólo aquello seguro y claramente consagrado por el circuito nos represente en el nivel internacional.
Lo más interesante de la selección es la variedad: que el país pueda ser representado por un amplio rango de estrategias estéticas y políticas diversas que conviven actualmente en nuestro circuito. A su vez, hay una equilibrada distribución de lo técnico, con obras en video, fotografía e instalación/escultura (curiosamente, sin pintura o performance ).
Haciendo foco brevemente sobre las obras en particular, todas abordan diversas problemáticas sociales de forma explícita. Taquini y Asseff transitan los caminos de la seguridad y la paranoia; la primera con un video en tono de spot publicitario que trabaja con ironía sobre las bondades del acceso a la vigilancia satelital, la otra con videos y retratos fotográficos de tamaño natural que registran a diversos sujetos con sus armas en un contexto hogareño.
Tanto Luna como López desarrollan un registro de lo popular, relacionando la pintura con la fotografía digital; el primero, mediante un collage compuesto por varias imágenes, recrea sucesos históricos tomados generalmente de cuadros del pasado -en este caso particular, hace referencia a una reunión religiosa andina, como Collority- con actores y problemas político-sociales contemporáneos; el segundo, con una estrategia opuesta, cercana a lo pop como estética en sí para el registro de lo popular, representa rasgos de argentinidad y latinidad con un discurso que coquetea con lo teatral y lo publicitario, donde puede hacer uso de cuadros emblemáticos como La última cena, de Da Vinci, y transformarlo en un asado en Mendiolaza.
Golder, por su parte, indaga sobre el desempleo con una video- performance en la cual diversos desocupados recrean mímicamente su trabajo perdido, resaltando la idea de memoria corporal ante la desaparición de saberes y oficios. Di Girolamo, con sus esculturas hiperrealistas de top models, pone énfasis en los cuerpos anoréxicos causados por ciertas construcciones de la imagen contemporánea de la mujer, manipulación que instala una idea distorsionada y perversa de la belleza o el éxito. Mientras que Bianchi, tal vez el de contenido social menos inmediato y el único que realiza un proyecto específico en Cuba, utiliza elementos cotidianos en desuso, desperdicios naturales y artificiales y diversos rastros del consumismo que toma de los lugares donde expone, con el objetivo "frankesteineano" de darles energía y posibilidad de vida a través de relaciones poéticas, formales, irracionales o a conciencia, para formar un nuevo conjunto.
© LA NACION
Todo comenzó con Lilian Llanes
Impetuosa y visionaria, Lillian Llanes fue la primera directora de la Bienal de la Habana, en su edición inaugural de 1984. Su proyecto tenía un objetivo concreto: crear una plataforma de visibilidad para los artistas latinoamericanos que no tenían presencia internacional. La base de operaciones fue el Centro Wifredo Lam de la Habana Vieja, ubicado a pocos metros de la Bodeguita del Medio, célebre por los mojitos inmortalizados por Hemingway. Con el apoyo del Ministerio de Cultura y mucha energía personal, Llanes logró llamar la atención del Primer Mundo sobre la obra de artistas capaces de crear en condiciones de precariedad y de aislamiento, algo puesto en evidencia en la obra del cubano Kcho, cuya epopeya de los balseros ha dado la vuelta al mundo. Textual: Kcho animó la I Bienal del Fin del Mundo. La popularidad de la Bienal en la región fue inmediata, pero fue necesario remar contra la corriente para lograr que el centro se fijara en la periferia. Coincidimos con Lilian Llanes en la edición de la FIAC, de París, consagrada a América latina a fines de los años noventa. Lilian tenía entonces un peso específico en el circuito internacional; hoy es una persona de consulta y la bienal ha dejado de ser "la hermana pobre" de Venecia y San Pablo. Nombres que eran totalmente desconocidos, como Los carpinteros, integran exposiciones y ferias. La segunda edición, en 1986, fue cubierta por revistas especializadas y rápidamente el "evento" de la isla se convirtió en una meca de iniciados. Si bien el factor político tuvo mucho que ver con el posicionamiento internacional, la fuerza vino de los propios artistas. Para ellos, el mundo era el horizonte del deseo y la bienal, un medio para conquistarlo.
Por Alicia de Arteaga
De la Redacción de LA NACION



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