Literatura: Deseo
El caso es que, por un motivo o por otro, ambos, desafiándose mutuamente, labran su desdicha, que no es otra que la de atizar hasta el paroxismo su respectivo deseo. Despojando esta enardeciente historia de las prolijas digresiones sociológicas, a las que era tan aficionado Balzac, el cineasta francés Jacques Rivette rodó, hace un par de años, la película titulada asimismo La duquesa de Langeais, donde, a fuerza de concentración, la asfixiante locura de este trágico dueto erótico se nos muestra más en carne viva, y, de esta manera, salta, a su vez, más a la vista la insondable trampa de la pasión erótica como interminable y agotador combate entre dos egos.
En la antípoda del enamoramiento, esa ilusión que espolea el deseo, está el amor, pero no sólo porque lo que el primero conjuga en futuro, el segundo lo hace en pasado, sino porque éste es una rara y privilegiada experiencia constructiva, mediante la que dos intentan entregarse mutuamente sin reservas y sin desmayo.
Un gran amor real fue el que vivieron el poeta estadounidense William Carlos Williams (Rutherford, 1883- 1963) y la que fue su mujer de por vida, Florence Herman, Flossie, aunque, al parecer, no se casaron muy enamorados. Así lo puso de manifiesto Williams en varios de sus libros, pero, en el último de los que publicó, Cuadros de Brueghel (1962), hay un poema, maravillosamente conciso, titulado 'Las peonías robadas', incluido en la Antología bilingüe (Alianza), recién editada, que ha vertido a nuestra lengua Juan Miguel López Merino, donde el poeta cuenta cómo les unió a él y a su mujer el dolor por unas flores que adoraban y les fueron arrebatadas: "... Pero una noche / nos las robaron / compartimos la pérdida / ninguno pudo pensar / en nada más / durante todo un día / nada podría / habernos unido tanto / llevábamos / casados diez años".
http://www.elpais.com/articulo/arte/Deseo/elpepuculbab/20090404elpbabart_4/Tes


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