Literatura: El primer Coetzee

Por Mercedes Monmany

Despiadado, brillante, corrosivo, cruelmente cínico y sarcástico, amargamente crítico y pesimista, tenebroso testigo de cargo, admirable estilista y maestro del lenguaje, acusador visionario e incendiario contra lo más aborrecible e inhumano de nuestra civilización. Así se mostraba ya en 1974, en su primer libro publicado, Tierras de poniente, compuesto por dos duros y descarnados relatos, el futuro Premio Nobel de Literatura de 2003, el surafricano J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940), uno de los más respetados y portentosos creadores de nuestros días.

Secreta sabiduría. Demasiado cultivador de las metaficciones sin género específico, demasiado enrevesado o analítico para alcanzar el beneplácito entusiasta del lector medio, el Nobel sería uno de los galardones mejor recibidos por la comunidad literaria y académica internacional. Personaje huraño y desconcertante, impenetrable esfinge de sabiduría secreta, indiferente a cámaras y celebraciones, aparte de sus magníficas novelas, deslumbrantes ensayos y críticas habituales para publicaciones de prestigio como The New York Review of Books, Coetzee sería también profesor universitario en Ciudad del Cabo, EE.UU. y Australia.

En Tierras de poniente está perfectamente delimitado lo que sería en un futuro el feroz «continente Coetzee», saboteador de todas las verdades, abusos y falsas moralidades públicas y políticas comúnmente aceptadas y santificadas por cada nación y comunidad a lo largo de la Historia, desde la esclavitud, el apartheid de su tierra natal, la brutal colonización del continente africano o las guerras de supremacía occidental, como la de Vietnam.

Pequeño pero contundente libro incómodo, en él se dan ya cita todas las huellas genéticas del autor, sus destemplados diálogos llevados al extremo dialéctico, sus negras obsesiones y su pasión por desdoblarse, por crear otras identidades, por negarse y contestarse a sí mismo, de forma agria y malcarada, a cada página. Tierras de poniente contiene dos magníficas y terribles historias de barbarie radical, insaciable en su monstruosidad ejemplarizante; esa barbarie irracional que desintegra el espíritu humano, haciéndolo retroceder al mundo de las fieras.

La voz del fanatismo. Las historias, ambientadas en dos momentos de la Historia muy distintos, son monólogos alucinatorios y violentos. Con ellos, este escritor iniciaba una práctica, el monólogo o confesión, repetida en muchas de sus obras posteriores. Dos monólogos que otorgaban la voz al ciego fanatismo en el ejercicio del poder, a la misantropía más insensible hacia el dolor ajeno y al odio como quebranto de la voluntad. El primero es el informe o estudio («El proyecto Vietnam») sobre la «guerra perfecta», psicológica y propagandística, a la vez que militar, elaborado por un «mitógrafo» especializado, un alienado funcionario del Departamento de Defensa americano, sutil e impávidamente brutalizado en todas sus opiniones y propuestas, que, en los años 70, perora sobre la guerra de Vietnam con el encargado de revisar el proyecto, un tal «Coetzee» («hombre poderoso, genial y ordinario, completamente desprovisto de visión; me merecía algo mejor»); un supervisor que le dice que se deje de florituras, que deje de lado ese pretencioso y altivo «espíritu de absolutismo y ferocidad intelectual», ya que su público -militares, en su conjunto- lo forman «cortos de entendederas, recelosos y conservadores»; y, sobre todo que, «por el amor de Dios», se deje de notas a pie de página en su trabajo.

Razas inferiores. El otro relato es el monólogo («La narración de Jacobus Coetzee»), escrito en holandés y supuestamente «encontrado», de un antepasado del propio autor, uno de los primeros exploradores y colonizadores de Suráfrica. En él, en este viaje infernal o represalia salvaje a una tribu hotentote que se había atrevido a desafiar y burlarse ingenuamente del poder absoluto del hombre blanco «civilizado» -en ese momento representado por el granjero y tratante de ganado Jacobus Coetzee-, presenciamos una especie de «regresión al cazador» atávico y genocida. Un periplo dantesco como El corazón de las tinieblas, de Conrad, pero ambientado en el mundo afrikáans, del que provenía la familia del escritor.

La brutal colonización e imposición de la autoridad absoluta del hombre blanco sobre otras «razas inferiores» -los bosquimanos o los hotentotes de este relato- enlazará con el desprecio absoluto por «los muertos irrelevantes» de las guerras, como escribe el funcionario Eugene Dawn en su frío proyecto. Lo mismo decían los nazis de los campos de exterminio respecto a los judíos: el término «inocencia» no existe para unas víctimas necesarias que ya han sido escrupulosamente seleccionadas. La inocencia es «siempre relativa» cuando se trata de vietnamitas, afirmará el miembro de un «pelotón de asesinato»: «A cien metros de distancia, ¿quién puede distinguir a uno de esos monos de otro? Lo único que puedes hacer es volarle la cabeza y confiar en haber acertado».

El único error que entorpece el trabajo llevado a cabo es la culpa, «los asuntos de la conciencia», según el funcionario Dawn, brazo ejecutor-intelectual, al que difícilmente ningún tribunal, salvo el divino, podrá llevar nunca al banquillo, al no tener las manos manchadas de sangre. Así lo expresará él mismo cínicamente: «Las acusaciones de atrocidad carecen de fundamento cuando no se pueden demostrar. El 95 por ciento de las aldeas vietnamitas que borramos del mapa nunca estuvieron en el mismo».

El ansia de dominar, de doblegar al otro, ha sido siempre una constante en la obra de Coetzee; a través, por ejemplo, de la censura, centro de su espléndido libro Contra la censura. Ensayo sobre la pasión por silenciar. Se trata, en otras palabras, de la negación y sometimiento forzoso de la opinión, la cultura y el pensamiento, así como de la aniquilación y desgaste de los más débiles y vulnerables («solamente los fuertes pueden mantener el rumbo a través de los baches de la Historia», comenta el funcionario Dawn), ese enemigo exhausto del que se espera «que pierda la fe, se desanime y se rinda».

La devastación humana total y absoluta, el deterioro del cuerpo y del alma asedia a buena parte de los personajes de las novelas de Coetzee (Hombre lento, La edad de hierro, En medio de ninguna parte, Diario de un mal año), seres solitarios, decrépitos o enfermos, asustados, abocados a trastornos y desvaríos causados por una mezcla de miedo, culpas acumuladas y sufrimiento, como este Eugene Dawn de Tierras de poniente que acaba atacando a su familia y posteriormente es internado en un manicomio. O el sentimiento de desolación existencial y de fobia hacia cualquiera con el que no se pueda ejercer una relación «de propiedad», de poder, en el caso del colono Jacobus Coetzee.

El mito de América. El «amor supremo», para él, es el que halla en chicas bosquimanas salvajes, que «quizá estén vivas, pero es como si estuvieran muertas»: esclavizadas, a su servicio, se saben perdidas; han visto cómo ese hombre blanco al que están «atadas, en espera de su placer», ha matado a los de su tribu, como si fueran perros. Por su parte, la esposa de Dawn, Marilyn, que sufre malos tratos psicológicos en su hogar, cosa que ella explica diciendo que «todo el que se acerca a los mecanismos internos de la guerra sufre una visión del horror que lo vuelve depravado», alberga dentro de ella un terror superior a todos: su mayor miedo es, como dice su propio marido con desprecio, «que la saque de los barrios residenciales y la lleve al páramo, el lugar de toda desviación en América». Aunque, como añadirá con suficiencia, el desviado en este caso no es él, ni mucho menos, sino ese «cínico Coetzee» junto con todos aquellos que ya no sienten «el mito de América» corriendo y chisporroteando por su interior.

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=11783&num=899&sec=32

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