Debate: Una colección sin complejos
De la «redecoración» del Museo Reina Sofía se ha hablado por fascículos y en píldoras. Llevamos meses, desde que saltó la noticia a la prensa, con la entrada de Goya en las salas de este centro y, más recientemente, la de Sorolla. Parece que todo se resumiera en un intercambio de cromos o de figuras de primera fila para hacer la alineación. De si se rompen pactos de Estado o se ponen en marcha revoluciones históricas para saber dónde se coloca la frontera de la modernidad en el arte. Qué fue antes: el huevo o la gallina; tú te quedas con Picasso y yo con Goya? A finales de este mes de mayo se presentará definitivamente la reestructuración de la colección del Museo Reina Sofía y, por fin, se cerrará, al menos esta primera parte escrita a retazos entre unos y otros, soltada con cuentagotas. Prácticamente está todo rematado. Algunas salas quedan por concluir; en otras hay que mover todavía ciertas cosas, pero todo está bien claro sobre el plano que guía esta visita previa a la apertura al público.
Planetas y satélites. Manuel Borja-Villel necesita, o se apoya, de un bolígrafo y un papel cada vez que habla. En él dibuja ese esquema de núcleos centrales y de satélites que giran a su alrededor que ha trazado para reestructurar una colección sobre cuyas carencias y defectos todos han coincidido. Los fondos del Reina Sofía han estado siempre cojos, pero eso no quiere decir que el recorrido del arte español del último siglo haya sido cojo. Digamos que distinto, y todavía por valorar y denominar. En resumen, ésta es la clave sobre la que se construye el nuevo recorrido expositivo ideado por Borja-Villel. ¿Pretende reescribir la Historia reciente? Sí, y sin pudor alguno. De ahí que sea posible apoyarse en Goya o en Sorolla, en tanto en cuanto ellos no son más que dos granos de arena en una montaña. Por mucho que sus nombres resuenen desde las páginas de los periódicos.
¿Pretende salirse de las lecturas hechas al amparo de los centros dominantes de París o Nueva York, de lo establecido, de lo que se ha llamado una escritura lineal de los hechos? Sí, y gracias a ello es posible valorar desde otra perspectiva a artistas patrios que por sí solos -y por mucho que otros se hayan empeñado- no aguantan el tipo más que dentro de esta contextualización. En el discurso aplicado por Borja-Villel, al cabo, hay un deseo de documentar por qué y cómo sucedieron los hechos en el contexto de un arte que no se puede entender si no es dentro de la vida misma, de la sociedad en su conjunto, dentro y fuera de nuestras fronteras. El arte no ha sido ni es un ente aislado aunque así se haya querido ver. Por ello, en todo el recorrido descubriremos una mezcla continua de lenguajes: el cine se intercalará con la pintura, y ésta a su vez con la fotografía y la escultura, pero no desde espacios y salas cerradas a cada uno de ellos o a cada uno de los artistas que han aportado trascendencia a estas disciplinas, sino desde un hilo conductor que nos hace ver cómo la Historia no se escribe (o no sólo se escribe) con nombres propios. Quizá, si hubiera que buscar una palabra clave ésa es documentar una y otra vez los hechos. Empezamos el recorrido documentando y lo acabamos de la misma manera.
Rescate de obras. Borja-Villel lleva este discurso muy aprendido y ensayado. En realidad, «ha practicado» con él y sobre él en algunas de las exposiciones montadas en el MACBA (Bajo la Bomba, en 2007, por ejemplo). Ahora lo pone en marcha a lo grande, porque para ello no sólo ha contado con lo ya conocido de los fondos del Reina Sofía (lo bueno de Juan Gris, Miró, Dalí, Picasso?.), sino que también ha rescatado piezas inexplicablemente «perdidas» en sus almacenes (un magnífico Julio Romero de Torres que le saca de su tipismo y topiquismo; de Torres García, de Vázquez Díaz?); otras las ha pedido prestadas a distintos museos del Estado (como los famosos grabados de Goya o el sorolla, o películas de la Filmoteca Nacional?), en su ya conocido trabajo en red, si de lo que se trata es de documentar el discurso transversal del arte del últimos siglo en España y desde España; otras forman parte de las adquisiciones recientes del museo (éstas se localizan por la cartela específica, para quien quiera resolver dudas, y podemos destacar a Medardo Rosso y Marcel Broodthaers).
La no cronología al uso que impone este discurso también guarda una cronología implícita que se agrupa en tres macrocosmos (los años treinta, los sesenta y los ochenta hasta nuestros días) de lo que salen distintas posibilidades y bifurcaciones narrativas. La gran Historia del Arte se escribe conforme a una multiplicidad de historias que se desarrollan en pequeñas salas como la que expone la Danza Serpentina de Loïe Fuller, con varios trabajos de Sonia Delauny, por poner un ejemplo de los más exquisitos y logrados que también sirve para representar esa ruptura de moldes que aporta la no existencia de espacios específicos reservados a un solo artista. Pocos son los que han logrado este privilegio, que sorprenderá a unos y, a otros, no tanto: Oteiza es uno de ellos, y su figura emerge con justicia en el discurso del arte contemporáneo español e internacional. Algunos notarán como otros han pasado a un relativo segundo plano (tal es el caso de Chillida). A las críticas que puedan venir por ahí, el Director del Museo Reina Sofía dice estar preparado, como a las que puedan apuntar hacia el camino cerrado a un realismo que se agota en sí mismo, en una retórica que no ha aprendido nada del pasado ni del presente, y que la propia fotografía ha superado con creces. Podemos insistir en que lo de Goya y Sorolla es anecdótico, pese a lo noticiable. La cantidad de novedades que se pueden encontrar superan estas líneas y se agolpan en el recorrido por las distintas plantas y salas, porque si el planteamiento no es líneal, el montaje tampoco, disfrutando de las interrupciones que conllevan la suma de micronarraciones o lecturas. Por ahí puede venir un cierto lío si no se identifica bien el argumento.
Superar lo provinciano. «Los referentes que nos han servido para construir el discurso de la Colección son historiadores y críticos como Aby Warburg, Carl Einstein y Walter Benjamin -apunta Borja-Villel-. Ninguno de ellos respondía a una visión positivista de la Historia por la que las formas, fuesen sociales o estéticas, evolucionan de un modo lineal, y en las que cualquiera que se alejase de las estructuras hegemónicas era considerado retardado o provinciano». La primera percepción no es provinciana. Todo lo contrario. Pese a lo mejorable, el Museo Reina Sofía y su colección, por fin, parecen otra cosa bien distinta que el cajón de sastre de los pasados años.


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