Literatura: Prada, partes de batalla

Por Sergi Doria

En Memorias de Adriano, la memorable novela de Marguerite Yourcenar, las reflexiones del emperador revelan un presente marcado por la inconsciencia de la esclavitud. Adriano viene a decirnos que tal vez la esclavitud de Roma era execrable, pero los esclavos tenían conciencia y, por ello, podían aspirar a liberarse de las cadenas; lo peor vendría cuando los hombres, sometidos a una esclavitud más sofisticada, se creyeran libres y, por tanto, dóciles al sometimiento. «A la servidumbre del espíritu o de la imaginación, prefiero la esclavitud de hecho», apostillaba.

Era el retrato-robot del hombre-masa que diseccionó Ortega, aquel que no admite limitaciones a sus apetitos más primarios. Cómodamente instalados en los tópicos progresistas y en la placenta de la telebasura, los ciudadanos-consumidores se enajenan de una tradición que identifican con la carcundia. Mientras pacen en la Memoria Histórica Oficial de trazo grueso y guión de telefilme, se «ejercitan espiritualmente» en la ética indolora de la «autoayuda» y el masaje budista de fin de semana.

Masa moldeable. Siguiendo la senda de Yourcenar y Ortega; deudor de Chesterton y de aquel Léon Bloy exegeta hace un siglo de lugares comunes, Juan Manuel de Prada viene librando una batalla contra esa «nueva tiranía» que él metaforiza en el Matrix progre, ingeniería social que uniforma a los individuos «convirtiéndoles en masa amorfa, indistinta y fácilmente moldeable». Un Matrix que es un túrmix ideológico: disimulado bajo una democracia igualitarista con más derechos que deberes, sus prebostes no se cansan de presumir del amor a la Humanidad. Un Matrix, en definitiva, sin campos de concentración ni burocracias policiales. Como apuntó Neil Postman en Divirtámonos hasta morir, entre la pesadilla orwelliana de 1984 y Un mundo feliz, de Huxley, el tiempo ha dado la razón a la segunda utopía. Riendo a todas horas se soslaya la «funesta manía de pensar».

De Prada llega a similar conclusión al distinguir dos métodos «eficazmente quirúrgicos» que desactivan toda crítica al statu quo progresista: la «desvinculación», que nos aleja de los orígenes espirituales, y la «fisiologización» del estímulo pavloviano, que metaboliza pulsiones primarias y hace salivar la libido. Hace trece años que el autor desvela embelecos en ABC y XL Semanal; más recientemente, desde L'Osservatore Romano, promueve la ortodoxia, que el polemista Leonardo Castellani distingue como «única forma de heterodoxia» posible en nuestro tiempo.

Artillería dialéctica. La rebelión pradiana contra La nueva tiranía consta de 135 artículos o «partes de batalla». La deconstrucción del Matrix progre se pertrecha de apologética: el cristianismo como «revolución eterna» que da sentido a la vida «restituyéndonos nuestra naturaleza».

De Prada fulmina con su artillería dialéctica los eufemismos y sofismas que adulteran el lenguaje y sustentan la hegemonía gauchista. Promocionando bellas palabras como «paz», «democracia», «libertad de opinión» o «derechos humanos» sin acabarlas de concretar y supeditándolas al relativismo, «la izquierda actúa como si estuviese investida de una suerte de impunidad moral, trasladando sobre su adversario político una suerte de culpa ontológica o conciencia de pecado original», denuncia el autor. En el caso español y su circunstancia histórica franquista, ese círculo vicioso aherroja toda opción conservadora. La derecha, advierte, «es camastrona y posibilista; ha aceptado servilmente que debe desenvolverse en un medio adverso en el que las reglas del juego, los paradigmas culturales y en definitiva la visión del mundo los determina la izquierda y que a ella no le resta otro papel que aprovechar las ocasiones propicias para asomar la cabeza».

Un canon propio. Arropa su argumentario político De Prada con un canon que define unas señas de identidad. Elogia la literatura infantil del conejo Bugs Bunny frente al buenismo tontorrón; defiende la dificultad en la recepción literaria y cinematográfica contra quienes hablan de películas «lentas» y novelas que «no enganchan»; prefiere en el arte la imitación del artesano a la presunta originalidad de efectos especiales y transgresiones «vanguardistas».

La crítica al Matrix progre se sostiene sobre el «Genio del Cristianismo», que se reveló al escritor en la primavera de 2005, cuando cubrió con sus crónicas vaticanas la muerte de Juan Pablo II. Ser católico, apostólico y romano cimentó «una fortaleza que explica nuestra genealogía espiritual y nos defiende contra la intemperie a la que quisiera arrojarnos la nueva tiranía», concluye.

El escritor vindica las raíces cristianas de una Europa tentada por la «dictadura del relativismo»; denuncia el hostigamiento a la familia, la «demogresca», la «memoria del rencor» que rotura la Guerra Civil en parques temáticos, el adoctrinamiento de la Educación para la Ciudadanía y los mitos arrumbados, como el Mío Cid, que perjudica el mirífico parloteo de la Alianza de Civilizaciones. Abomina de la cirugía estética y los homínidos rijosos de los reality-shows tomados como modelo de popularidad; deplora el culto a los centros comerciales: el laicismo-consumismo de Santa Claus y Halloween que desbanca a los Reyes Magos y Todos los Santos; el aborto y la eutanasia se le antojan ejercicios de cinismo disfrazado de filantropía. Restaurando etimologías y pertrechado de apologética, Juan Manuel de Prada convoca en sus artículos a una revuelta contra la mistificación semántica y moral.

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=11863&num=901&sec=32

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